La historia reciente no ofrece muchos precedentes de cierres de un estrecho a causa de una guerra, pero todos los ejemplos de las últimas décadas apuntan en la misma dirección: el regreso a la normalidad siempre requiere tiempo. Y aunque Estados Unidos e Irán anunciaran pronto un acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz, es poco probable que esta vez sea diferente.
Incluso con un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, sigue pesando la incertidumbre sobre las minas, los daños a las infraestructuras y la carrera por reconstruir las reservas
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La historia reciente no ofrece muchos precedentes de cierres de un estrecho a causa de una guerra, pero todos los ejemplos de las últimas décadas apuntan en la misma dirección: el regreso a la normalidad siempre requiere tiempo. Y aunque Estados Unidos e Irán anunciaran pronto un acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz, es poco probable que esta vez sea diferente.
La experiencia de estos años sugiere que los equilibrios de las rutas marítimas, una vez rotos, son difíciles de recomponer. A finales de 2023, los hutíes —la milicia yemení respaldada por Irán— comenzaron sus ataques contra los mercantes que atravesaban Bab el-Mandeb: situado en el punto de unión entre el mar Rojo y el océano Índico, el estrecho forma parte de la ruta más rápida entre el Mediterráneo y China. El tráfico cayó inmediatamente alrededor de un 70%.
Desde entonces, los gobiernos de la Unión Europea y Estados Unidos han liderado misiones navales de protección en esa zona marítima; Londres y Washington han bombardeado varias veces, y los ataques cesaron formalmente con la tregua en Gaza que los hutíes habían invocado como motivo de su acción. Pero el tráfico por Bab el-Mandeb y, por tanto, por el canal de Suez, sigue un 70% por debajo de los niveles de 2023, según los datos de IMF Portwatch.
Experiencias similares ya se habían visto durante la primera guerra entre Estados Unidos e Irak, cuando se necesitaron al menos seis meses para restablecer la navegación en la parte norte del Golfo porque Sadam Husein había sembrado minas en el fondo marino. Y después de la guerra de los Seis Días entre Egipto e Israel en 1967, cuando el canal de Suez cerró «provisionalmente», la reapertura se produjo siete años más tarde.
Ahora nadie puede prever cuánto tiempo hará falta para volver a una frecuencia normal de tránsito por Ormuz. Antes de la guerra, el estrecho del Golfo era el noveno más transitado del mundo, con 32.000 pasos anuales (el primero es Taiwán, con 88.000 pasos de buques comerciales). Ahora el tráfico ha caído prácticamente a cero la mayor parte de los días.
Que la recuperación no será sencilla ya se percibe en la incertidumbre sobre las minas que Irán ha distribuido en los fondos marinos. Algunas están diseñadas para explotar en cuanto sus sensores detectan la presencia de cuerpos de acero en la superficie: los buques dragaminas italianos serán importantes precisamente porque están construidos en resina, pero no será una operación rápida. Sin duda, las compañías navieras comerciales y las aseguradoras no tendrán prisa por volver a asumir riesgos innecesarios.
Otros factores también sugieren que el retorno a la situación anterior a la guerra podría no ser breve. En pocas semanas de conflicto han resultado dañadas unas 80 infraestructuras de petróleo y gas: tanto en Irán como, debido a drones y misiles iraníes, en casi todos los demás países del Golfo.
Algunas reparaciones requieren pocas semanas, como ya ocurrió con las refinerías rusas alcanzadas por drones ucranianos en 2025 (aunque ahora Kiev es capaz de causar daños más graves). Otras, en cambio, necesitarán intervenciones de entre dos y hasta cinco años para volver a funcionar. Es el caso, sobre todo, de las unidades de licuefacción de la terminal de gas de Ras Laffan, en Qatar, cuyo potencial productivo está actualmente reducido en un 17%.
Por último, también existen dinámicas internas de la propia industria petrolera que apuntan a plazos no inmediatos. Durante estos tres meses, el sistema internacional se ha mantenido en un equilibrio precario en gran parte gracias al uso de reservas.
Los países occidentales han comenzado a liberar parte de sus reservas estratégicas y parece que China también lo ha hecho, a juzgar por la caída de sus importaciones de crudo, de unos 11 millones de barriles diarios a 8,5 millones. También por eso el precio del barril Brent nunca superó ampliamente los 100 dólares: un nivel alto, pero claramente inferior a las previsiones formuladas por los especialistas al inicio de la guerra.
Si las reservas utilizadas han sido aunque solo sea algo más de cinco millones de barriles diarios —por Ormuz pasaban unos 20 millones de barriles al día antes de la guerra—, es razonable pensar que el sistema internacional ya ha consumido alrededor de 500 millones de barriles de reservas estratégicas y privadas de las refinerías. Solo reconstruir esas reservas ya interferirá en el funcionamiento del mercado durante meses.
Sigue siendo, no obstante, extremadamente probable que el precio del petróleo baje primero diez y luego unos 20 dólares por barril si realmente se alcanza un acuerdo. Pero cualquier tregua sigue siendo por ahora provisional, en el contexto de una situación inestable. La superación completa de esta crisis energética podría no estar a la vuelta de la esquina.
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