<p><strong>Asier Etxeandia</strong> (Bilbao, 1975) habla rápido, habla bien, habla de todo y habla sin filtro. El entrevistado soñado. Tiene planta de modelo y actitud de colega, aspecto de estirado y amabilidad exquisita, fama de caótico y puntualidad absoluta… La disparidad entre lo que es y lo que parece ser se ha trasladado últimamente a sus papeles. «No paro de hacer fascistas, sin ser yo nada de eso», se ríe, antes de hablar del más reciente, en<i><strong> ‘Frontera’</strong></i>, de Judith Colell [ya en cines]. </p>
Está en paz consigo mismo y con la vida, pero no olvida a los monstruos de su pasado: «Me va mucho mejor que a los hijos de puta que me jodieron la vida»
Asier Etxeandia (Bilbao, 1975) habla rápido, habla bien, habla de todo y habla sin filtro. El entrevistado soñado. Tiene planta de modelo y actitud de colega, aspecto de estirado y amabilidad exquisita, fama de caótico y puntualidad absoluta… La disparidad entre lo que es y lo que parece ser se ha trasladado últimamente a sus papeles. «No paro de hacer fascistas, sin ser yo nada de eso», se ríe, antes de hablar del más reciente, en ‘Frontera’, de Judith Colell [ya en cines].
- Este último, al menos, no es pura maldad.
- No, es mucho fachada y no todo es lo que parece, pero es verdad que llevo una rachita tremenda. No sé por qué me ofrecen todo el rato cosas así, tan chungas, pero tampoco voy a ser reductivo. Hay que currar y, a no ser que sea algo terrible o que caiga en estereotipos, encantado de hacerlos. Con este personaje estoy muy satisfecho, la verdad. Tiene viaje interno y sus porqués.
- La película afronta las consecuencias de la Guerra Civil. ¿Por qué esto genera críticas en España y, por ejemplo, a nadie le parece raro que se hagan cientos sobre la II Guerra Mundial?
- Porque en el resto del mundo hay una memoria histórica de la que España carece. Y el cine y la cultura lo que hacen, precisamente, es recordar. Por esa falta de memoria histórica todavía hay gente que dice que con Franco se vivía mejor en este puto país, porque no se ha denunciado de verdad, no se ha afrontado con realismo y porque los franquistas pasaron a ser la misma mierda con diferente disfraz y se aceptó.
- Según nos vamos alejando de la dictadura, ¿se olvida lo que fue?
- No es que se esté olvidando, es como lo del teléfono escacharrado. Hay unas generaciones en las que es cierto que algunos con Franco vivían mejor. Gente sin necesidad de búsqueda interna o a la que todo lo que pasaba le venía bien. Heteropatriarcales del bando ganador a los que lo que les ofrecía Franco les parecía estupendo, pero si tenías cualquier tipo de visión diferente u otro tipo de necesidad, terminabas muerto, en el exilio o en la cárcel. Los que decían que eran católicos, apostólicos y romanos vivían bien, claro, y eran muchos y han ido trasladando una visión distorsionada del franquismo a las siguientes generaciones.
- Mi sensación es que esa generación, la de quienes vivieron la dictadura, ha sido menos nostálgica del franquismo que las actuales.
- Sí, el voto de extrema derecha crece entre los chavales, es cierto. Sinceramente, no tengo explicación para ese auge. No lo entiendo, me parece que… Pues eso, que son imbéciles. Es que no tengo más que insultos para alguien que está en contra de las libertades y del respeto a los demás. Esa es la base del fascismo, machacar y destrozar todo lo que no sea como tú.
- Últimamente, he entrevistado a varias personas que habéis cumplido los 50 este año. Natalia Verbeke, Leonor Watling, Arturo Valls… Muestran distintos grados de aceptación, ¿cuál es el tuyo?
- Muy bueno y me tranquiliza porque a los 40 y tantos tuve una crisis gorda de no aceptación y de intentar ser, sin éxito, lo que era antes. Ya no eres un chaval por dentro ni por fuera y, depende de lo que te dediques, eso afecta. Yo soy un eterno adolescente en todo. A mí no me organizas la vida, me gustan la aventura, improvisar y las emociones fuertes, y el físico cada vez te responde menos. Los gustos te cambian, también tú gustas a otro tipo de gente, ya no aguantas las mismas tonterías que antes… Todo eso me costó, pero esta vez he llegado preparado. El cuerpo te empieza a pedir otra cosa y creo que es buena época para tomar decisiones.
- ¿Y qué decisiones tomas?
- Aún no lo he decidido [risas]. Muchos tíos me han dicho que los 50 o los 60, si estás en el lugar adecuado, con un trabajo, contento con tu pareja o tu soltería, y cómodo en tu piel, son los mejores años. No sé, ojalá. Yo estoy en un momento en el que me llevo muy bien conmigo mismo y me caigo mucho mejor que antes.
- Cuando alcanzas ese estado de paz y haces balance, ¿has tenido la carrera que querías tener?
- Yo no soy muy consciente de lo que he hecho ni de lo que hago porque tengo un síndrome de impostor muy grande que se mezcla con decirme que soy la hostia. Aunque me lo digo para animarme, no porque lo crea en el fondo. Esa batalla me hace pensar poco en lo que he logrado, pero estoy haciendo mudanza ahora mismo, estoy tirando un montón de cosas y, de repente, ayer encontré todos los guiones que he interpretado en mi vida. Los tenía guardados y pensé: «Hostia, tío, he hecho un montón de cosas. No he parado». Me dio seguridad porque la verdad es que no he dejado de currar y he disfrutado. Tengo la suerte de tener una vocación muy grande. Mi trabajo de actor me ha salvado.
- ¿De qué?
- De todo. De echar mi vida a perder, del desamor, del abandono, del miedo… De absolutamente todo.
- ¿Has perdido el miedo al fracaso?
- No. Todo se puede ir a la mierda mañana y, de hecho, a veces se va. Ese miedo no se va nunca y es que, además, en este país los actores tampoco podemos tener la vida económica que tienen en Hollywood, que con cinco películas ya tienen tres casas. Los actores en España estamos arruinados, no se cobra tanto, el trabajo va y viene y nos infla a hostias Hacienda. Es imposible crecer económicamente. Yo, que tampoco soy una persona muy ahorradora, vivo al día.
- ¿Lo gastas según llega?
- Me lo pulo todo. Eso sí, no debo nada a nadie, eso es lo que me gusta. De hecho, me deben más a mí porque no hago más que dar, pero no importa [risas]. Yo vivo al día y hay momentos de inquietud, de decir: «¿Qué pasará?». Ahora me he metido en esto de la obra de mi casa y no sé si voy a poder pagarlo, pero al final siempre tengo curro, siempre me apaño y siempre sobrevivo.
- ¿Nunca te has visto al filo de dejarlo y dedicarte a otra cosa?
- No. Si mando mi trabajo a tomar por culo, me mando a mí mismo. Me voy de esta vida. Es para lo único que sirvo… Para esto y para el amor [risas]. Es verdad. No tengo visión de economía ni de negocios ni de futuro, soy un artista de manual.
- ¿Te costó que te entendieran?
- Sí. Al niño con espíritu artístico lo machacan, se piensa que es un fracaso escolar, que tiene la imaginación desbordada, que no está en la realidad… Ahora tengo la suerte de que la gente de la que me rodeo y tiene hijos son un poco como yo, están metidos en este mundo y favorecen eso en los niños. Eso es maravilloso, pero yo no lo tuve y creo que la mayoría de niños no lo tienen. Los educamos en el sota, caballo y rey. Da miedo el exceso de imaginación cuando precisamente es un síntoma de inteligencia emocional.
- ¿Es lo que te pasó a ti?
- Sí. Yo me comí todo el dolor del mundo. Mi infancia a nivel educativo fue una mierda con todas las letras. Lo que hacían era joderme la imaginación y tratarlo como si fuera un estigma, como que algo no funcionaba bien en mí. Atacaban a lo que me salvó la vida. La imaginación era donde yo me refugiaba porque todo lo que había a mi alrededor estaba mal. Era un fracaso escolar, recibía bullying, no me sentía bien en el mundo. Tenía el amor de mis padres, pero para ellos también era difícil entender a un niño como yo, metido en un mundo propio y muy distinto al resto. Desde que tengo uso de razón, con cuatro o cinco años, he querido ser artista y, claro, cuando se lo decía a mi madre no sabía muy bien qué hacer.
- No era lo habitual en un niño de Bilbao de principios de los 80.
- Claro y no era fácil para ellos, pero yo, en vez de cortarme, como me hacía tan feliz, me divertía tanto y me salvaba del resto, me encerraba cada vez más en mí mismo y era la pescadilla que se muerde la cola: me zurraban más en el colegio, sacaba peores notas, me encerraba el doble. Me dieron tantos consejos equivocados… Todo el mundo me decía que tenía que hacer lo contrario de lo que he hecho en mi vida. Fue así hasta que me fui de casa de mis padres, encontré el teatro y aquí estoy. Y me va mucho mejor que a todos los hijos de puta que me pegaron y me jodieron la vida [risas].
- ¿Es dulce la venganza?
- Dulcísima. Mi mayor venganza es que ahora me admiren y que me respeten. Bueno, voy a corregir porque yo no necesito su admiración ni su respeto. Que se conmuevan con lo que hago. Esa es la mayor venganza, la más bonita.
- Ha habido varios momentos en tu carrera en que podrías haberte consolidado como estrella y has dado un volantazo. ¿El éxito te ha importado poco?
- Lo que me importa una mierda es la fama. La odio, es una estupidez. El éxito claro que me interesa, todos queremos éxito. Otro tema es que me obsesione y ahí tienes razón en lo que planteas. Yo no dejo de ser un vago, sigo siendo un fracaso escolar. Si hubiese sido un estudioso de cojones, un actor centradísimo y no hubiera salido tanto de fiesta, sabría inglés, francés y estaría en Hollywood ganando una pasta descomunal, pero es que no soy así y cuando se han abierto esas puertas no he entrado. Yo soy un vividor y me gusta vivir en Madrid. No quiero más.
- La ambición está sobrevalorada.
- Soy ambicioso desde otro lugar. No soy ambicioso de querer más, no he tenido nunca ese motor, ni siquiera cuando empezaba en Bilbao sentía que tenía que venir a Madrid a petarlo y tampoco soy muy estudioso. Todo lo que me hace vibrar tiene que ver con la curiosidad y no con conseguir un objetivo. Yo admiro muchísimo a los compañeros que han cruzado el charco y han estudiado como locos, se merecen el éxito y el dinero, pero a mí lo que me hace feliz es bajar al bar del barrio y tomarme unas cervezas. Ese es mi éxito.
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