<p>Se acabó. Cuando, ya casi terminada la ceremonia y para sorpresa de nadie, Javier Bardem no leyó el nombre de <i>Sirat</i>, quedaba confirmada la más que previsible derrota a la vez que se certificaba el fin de un viaje como poco alucinante que se inició en mayo de 2025. Hace por tanto casi diez meses. Fue en el festival de Cannes del año pasado donde el último trabajo de Oliver Laxe se vio por primera vez para acto seguido ganar el Premio Especial del Jurado. Ahí mismo, sobre la Croisette, se proyectaron cuatro de las cinco producciones nominadas a mejor película internacional. Entre ellas, la que finalmente se hizo con el premio, <i>Valor sentimental,</i> de Joachim Trier. <strong>Poco tiempo antes de que Bardem abriera el sobre, sobre la alfombra roja del Dolby Theatre, el propio Laxe se manifestaba exhausto y con un único deseo en mente: volver a casa.</strong> A su lado, el iraní Jafar Panahi, el responsable de <i>Un simple accidente,</i> otra de las cintas candidatas a esa misma categoría, confesaba no entender muy qué hacía ahí con su país estando como está y que si aguantaba era simplemente por respeto a la distribuidora de la película. Y no lejos, Kaouther Ben Hania, directora de <i>La voz de Hind, </i>también nominada, se lamentaba de que no era justo que ella pudiera asistir a la gala y uno de sus actores palestinos no debido a las leyes de inmigración de Estados Unidos. El brasileño Kleber Mendonça Filho, por su parte, llamaba la atención sobre la contradicción del lujo de la ceremonia y el desastre de todo lo demás a poco que uno se asomara el mundo. Se podría decir que el único plenamente convencido y feliz de estar en la ceremonia de los Oscar era, qué cosas, Trier, finalmente vencedor y con nueve nominaciones en su haber.</p>
La película de Oliver Laxe no logra ni el Oscar a mejor película internacional ni el de sonido y, pese a ello, se convierte en una de las cintas de referencia de la temporada
Se acabó. Cuando, ya casi terminada la ceremonia y para sorpresa de nadie, Javier Bardem no leyó el nombre de Sirat, quedaba confirmada la más que previsible derrota a la vez que se certificaba el fin de un viaje como poco alucinante que se inició en mayo de 2025. Hace por tanto casi diez meses. Fue en el festival de Cannes del año pasado donde el último trabajo de Oliver Laxe se vio por primera vez para acto seguido ganar el Premio Especial del Jurado. Ahí mismo, sobre la Croisette, se proyectaron cuatro de las cinco producciones nominadas a mejor película internacional. Entre ellas, la que finalmente se hizo con el premio, Valor sentimental, de Joachim Trier. Poco tiempo antes de que Bardem abriera el sobre, sobre la alfombra roja del Dolby Theatre, el propio Laxe se manifestaba exhausto y con un único deseo en mente: volver a casa. A su lado, el iraní Jafar Panahi, el responsable de Un simple accidente, otra de las cintas candidatas a esa misma categoría, confesaba no entender muy qué hacía ahí con su país estando como está y que si aguantaba era simplemente por respeto a la distribuidora de la película. Y no lejos, Kaouther Ben Hania, directora de La voz de Hind, también nominada, se lamentaba de que no era justo que ella pudiera asistir a la gala y uno de sus actores palestinos no debido a las leyes de inmigración de Estados Unidos. El brasileño Kleber Mendonça Filho, por su parte, llamaba la atención sobre la contradicción del lujo de la ceremonia y el desastre de todo lo demás a poco que uno se asomara el mundo. Se podría decir que el único plenamente convencido y feliz de estar en la ceremonia de los Oscar era, qué cosas, Trier, finalmente vencedor y con nueve nominaciones en su haber.
Más allá de lo ridículo que resulta para todos, espectadores y cineastas, la longitud interminable de una temporada de premios que repite una y otra vez los mismos nombres en un ritual pazguato de autocelebración, lo cierto es que el viaje de Sirat de mayo a marzo ha sido sencillamente abrumador y hasta deslumbrante. Al shock inicial que produjo la película en Cannes, le siguió la sensación generalizada y cada vez más demandada de novedad. Así lo entendió la distribuidora de la película en Estados Unidos, Neon, que apostó la campaña (todo es producto de planificación, nada es espontáneo) a ese elemento entre disruptivo y desconcertante que provoca una propuesta tan magnética como obsesiva, tan inquietante como inclasificable. En un Hollywood donde la diferencia es celebrada como una oportunidad de negocio (quizá la última en una industria que se desmorona), Sirat fue recibida con un entusiasmo que nada tenía que ver con la recepción de la película en España. Poco antes de la ceremonia, el propio director confesaba: «Desgraciadamente me he tenido que legitimar siempre fuera de España».
Primero, Sirat fue preseleccionada hasta en cinco categorías (casting, película internacional, fotografía, música y sonido) y acto seguido llegaron las dos nominaciones. Junto a la candidatura a lo que antes se llamaba película de habla no inglesa, Laia Casanovas, Yasmina Praderas y Amanda Villavieja fueron nominadas por su trabajo en el sonido. En esta ocasión, el trabajo de Gareth John, Al Nelson, Gwendolyn Yates Whittle, Gary A. Rizzo y Juan Peralta por F1, de Joseph Kosinski, fue el que quedó con la estatuilla. El de estos últimos es básicamente un trabajo espectacular en su brutal ortodoxia, el de Sirat es, en cambio, mucho más sutil y, otra vez, nuevo y diferente a todo. La idea es crear casi un organismo vivo que crece en profundidad y angustia al mismo ritmo que lo hace la propia película.
«Ha sido un viaje muy emocionante desde el principio. Ya en Cannes, notamos algo. Leíamos críticas en las que se mencionaba el sonido expresamente. Eso normalmente no pasa», comentaba tiempo atrás Laia. «El mundo del cine», añadía Yasmina, «es muy curioso. Todo depende del lugar y el momento. He trabajado en proyectos maravillosos en los que pusimos muchas esperanzas y, al final, no pasó nada. No es el caso». Y la tercera (es decir, Amanda) insistía: «Lo fascinante es que se trata de una película en la que el sonido, como se dice, no solo produce un efecto inmersivo, Sirat es muchas más cosas: es hipnótica, es absorbente y, a medida que avanza, muta».
Se ha insistido en el acontecimiento histórico que hubiera significado que un equipo formado íntegramente por mujeres hubiera ganado finalmente. Y siendo cierto, se antoja al menos igual de relevante, también por único e histórico, la forma en la que una propuesta tan arriesgada y tan difícil definir ha dio convirtiéndose en el patrón desde el que medir todos los trabajos de sonido en liza por el Oscar. Los académicos, al final, tenían que decidirse entre la radicalidad de la propuesta de Laia, Yasmina y Amanda o el resto, entendidas todas como distintas modalidades de lo mismo.
Digamos que ese mismo fenómeno ha permeado toda la categoría de película internacional y, apurando, de todos los Oscar en su edición 98. Sirat se ha acabado por transformar en la referencia de película anómala en un mundo que, ahora mismo, pelea contra la normalización y el algoritmo como la única oportunidad de supervivencia. Sirat no ha ganado finalmente ninguno de los dos Oscar a los que optaba, pero su viaje de mayo de 2025 a marzo de 2026 la ha convertido en una de las referencias inexcusables del cine mundial, del cine de hoy. Se va pues de Los Ángeles sin nada y, sin embargo, con tanto.
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