<p>Hace mucho tiempo, cuando <strong>Franco</strong> solo llevaba 47 años muerto, ocurrió algo que prefiguró algunas de las cosas que hemos escuchado en los últimos días. Corría el año 2022, y el Gobierno acababa de aprobar un cambio en el sistema de elección de los candidatos al Tribunal Constitucional. Se trataba de un intento -uno más- de sortear el bloqueo a la renovación de los órganos judiciales provocado por la falta de acuerdo con el Partido Popular. Fue precisamente el PP quien planteó entonces un recurso al Tribunal Constitucional -que aún no presidía <strong>Conde-Pumpido</strong>-, pidiendo que se paralizara la tramitación de aquella reforma ante la posibilidad de que se estuvieran vulnerando derechos fundamentales. El TC concedió las medidas cautelarísimas e impidió que el Senado se pudiera pronunciar sobre ese cambio.</p>
«Cabe preguntarse si el ruido y la furia de estos días por la condena del fiscal general solo forman parte de un episodio que muy pronto será superado»
Hace mucho tiempo, cuando Franco solo llevaba 47 años muerto, ocurrió algo que prefiguró algunas de las cosas que hemos escuchado en los últimos días. Corría el año 2022, y el Gobierno acababa de aprobar un cambio en el sistema de elección de los candidatos al Tribunal Constitucional. Se trataba de un intento -uno más- de sortear el bloqueo a la renovación de los órganos judiciales provocado por la falta de acuerdo con el Partido Popular. Fue precisamente el PP quien planteó entonces un recurso al Tribunal Constitucional -que aún no presidía Conde-Pumpido-, pidiendo que se paralizara la tramitación de aquella reforma ante la posibilidad de que se estuvieran vulnerando derechos fundamentales. El TC concedió las medidas cautelarísimas e impidió que el Senado se pudiera pronunciar sobre ese cambio.
Tanto el PSOE como los sectores cercanos al Gobierno presentaron aquello como un escándalo de la mayor gravedad. La presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet, y el del Senado, Ander Gil -ya les digo que esto fue hace mucho tiempo-, anunciaron solemnemente que acatarían la decisión, sí, pero que estaban muy preocupados. Gil señaló que la decisión del TC era un «paso de difícil retorno en la degradación de nuestro sistema democrático» y acusó al PP de «instrumentalizar» al tribunal para «obtener de él lo que no pueden extraer del debate legislativo ante las Cámaras». Voces cercanas al Gobierno denunciaron una maniobra de la derecha política y judicial contra los órganos de la «soberanía popular». Incluso se habló entonces de «golpismo», y no solamente por parte de Podemos, de ERC o de algún colaborador de RTVE. En el Congreso, el diputado del PSOE Felipe Sicilia comparó aquella situación con el 23-F: «Hace 41 años la derecha quiso parar la democracia con tricornios y hoy ha querido hacerlo con togas».
Es útil recordar ese episodio a la luz de las reacciones oficialistas al juicio al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. En primer lugar, porque recuerda hasta qué punto el discurso que hemos escuchado en los últimos días -esa contraposición entre unos actores «progresistas» que actúan en nombre de la «soberanía popular» y unos resortes del Estado controlados por una «derecha» política, judicial y mediática; nunca, por lo que parece, «popular»- lleva años instalado en los sectores que apoyan el Gobierno. Es más, es un discurso que el PSOE asume, alienta o tolera con cierta naturalidad, una de las opciones que los estrategas de Moncloa parecen tener siempre a mano para intentar ganar el próximo telediario.
Más ilustrativo aún es el hecho de que, hoy en día, casi nadie recuerda aquel episodio de 2022. Las proclamas sobre la gravedad de ese momento cayeron pronto en el olvido. No desempeñó papel alguno en las campañas electorales de 2023. Si tuvo algún efecto, fue solo como parte -y ni siquiera destacada- de la lluvia fina que lleva tiempo erosionando la salud de nuestras instituciones y nuestra conversación pública. Cabe preguntarse, por tanto, si no ocurrirá algo parecido con el ruido y la furia de los últimos días; si, por inverosímil que parezca ahora, las reacciones a la condena de García Ortiz solo forman parte de un episodio que muy pronto será superado. Aunque también cabe preguntar hasta cuándo puede seguir cayendo esa lluvia fina sin que algo se rompa.
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