<p>Las perlas de tu boca» era el ejemplo cuando nos explicaban qué era una metáfora. De todas las figuras retóricas, la metáfora es el primer peldaño de todo escritor que quiere volar, el que no tolera «tus dientes son blancos». O sea, el que confía en la hondura de la palabra sobre <strong>el miedo a que los lectores se pierdan por el camino</strong>. Lo que no nos contaron entonces es qué herramienta usan los escritores que quieren brillar pero dan por sentado que la crítica y los lectores tienen déficit de atención. O sea <strong>la metáfora multiplicada y explicada a sí misma, también llamada cachopo</strong>: «Si te llenases la boca de perlas blancas yo no notaría la diferencia porque tus dientes son del mismo color».</p>
A la metáfora multiplicada y explicada a sí misma se le llama cachopo. Por ejemplo: «Si te llenases la boca de perlas blancas yo no notaría la diferencia porque tus dientes son del mismo color»
Las perlas de tu boca» era el ejemplo cuando nos explicaban qué era una metáfora. De todas las figuras retóricas, la metáfora es el primer peldaño de todo escritor que quiere volar, el que no tolera «tus dientes son blancos». O sea, el que confía en la hondura de la palabra sobre el miedo a que los lectores se pierdan por el camino. Lo que no nos contaron entonces es qué herramienta usan los escritores que quieren brillar pero dan por sentado que la crítica y los lectores tienen déficit de atención. O sea la metáfora multiplicada y explicada a sí misma, también llamada cachopo: «Si te llenases la boca de perlas blancas yo no notaría la diferencia porque tus dientes son del mismo color».
¿Cómo se adapta todo esto al cine? La película A la caza (William Friedkin, 1980) plantaba a Al Pacino contra un asesino en serie de rostro misteriosamente incierto. Cada vez que aparecía en escena estaba interpretado por un actor distinto. Friedkin se sentía tan cómodo con el truco que algunos actores habían aparecido antes como víctimas. Esta metáfora silenciosa nos avisaba de que en este relato policial el nombre y apellido del asesino eran irrelevantes. La escena final de Ocho milímetros (Joel Schumacher, 1999) tiene la misma intención pero menos fe en el espectador. El villano se quita la máscara, revela un rostro anodino y suelta un monólogo en el que se burla de los que esperábamos una relevación. «No hay misterio», dice. Pero la categoría de cachopo la alcanza El caballero oscuro (Cristopher Nolan, 2008), en la que el Joker aprovecha todas sus apariciones para explicar desde varios ángulos que él no es una persona sino una idea. Por ejemplo, contando una historia distinta cada vez que relata su origen. Lo hace tres veces aunque nadie se lo haya preguntado.
No es casual que Joker (Todd Philips, 2019) sea la película que adelantó por la derecha a Nolan. Nos vuelve a contar tres orígenes distintos del personaje (un comediante fallido, un enfermo mental que no controla su risa, un payaso callejero maltratado) pero esta vez los tres son reales y simultáneos. El cachopismo estalla en el plano final: Joker se pinta una sonrisa con sangre en la cara, algo que se quedaría en metáfora clásica si no fuera porque ya tenía una sonrisa pintada y, encima, está sonriendo de verdad. Estas tres sonrisas superpuestas inauguran la era actual, la Edad de Oro del Cachopo. Seguimos defendiendo que un texto aspire a contar más cosas que las que dice, pero agradecemos que el camino de la moraleja esté señalizado, como en las páginas de pasatiempos, y aplaudimos que el subtexto sea corto y fácil de tuitear como la propia sinopsis. Si hay monstruo, en realidad somos nosotros.
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