El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empieza este miércoles su vista oficial a China, un esperadísimo viaje de tres días en medio de una tormentosa relación comercial, la guerra arancelaria o la guerra de Oriente Próximo. Y lo hará acompañado de 16 de los principales directivos del planeta, como Elon Musk, Tim Cook o Larry Fink.
Líderes de bancos, gestoras, empresas de pagos o del sector de los semiconductores se suman a la delegación en busca de suavizar las relaciones con Pekín y hacer grandes anuncios, como la venta de 500 aviones de Boeing
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empieza este miércoles su vista oficial a China, un esperadísimo viaje de tres días en medio de una tormentosa relación comercial, la guerra arancelaria o la guerra de Oriente Próximo. Y lo hará acompañado de 16 de los principales directivos del planeta, como Elon Musk, Tim Cook o Larry Fink.
Los principales puntos de la agenda giran inevitablemente alrededor de los ejes mencionados, pero también sobre el futuro de Taiwán, tecnología y la estabilidad estratégica entre Washington y Pekín, con el papel de Rusia e Irán de fondo. Trump, obsesionado desde hace décadas con el el déficit comercial con China, quiere que Pekín acepte su muro proteccionista, pero sin responder. Al revés, busca que se disparen las compras de productos estadounidenses. Los agrícolas, y en especial la soja. Mientras EEUU amplía sus adquisiciones de minerales y materias raras. Y para eso ha propuesto una especie de junta de inversión y comercio.
China quiere estabilidad, en todos los campos. En las relaciones bilaterales, pero no sólo. Quiere que se levanten los aranceles, las restricciones a las compras de chips y de tecnología avanzada. Que se acaben las tensiones con Teherán y se reabra el Estrecho de Ormuz, de donde sale un porcentaje muy notable del crudo consumido en la potencia asiática. Y quiere que Washington deje de vender armas a Taiwán.
Este lunes, la Casa Blanca distribuyó una lista provisional de los grandes empresarios que acompañarán al presidente a Pekín. El nombre más destacado, por razones obvias, es el de Elon Musk, el fundador de Tesla, SpaceX y propietario de la red social X. El hombre más rico del mundo, caído en desgracia con Trump después de entrar oficiosamente en su Gobierno para desmontar el Estado desde dentro y acabar rebotado. Después de atacarse, insultarse y amenazarse, parece que han reconstruido puentes. Los suficientes al menos para que Musk, con enormes intereses en baterías y coches eléctricos, se sume a la delegación.
También estará el líder saliente de Apple, Tim Cook, pocas semanas después de anunciar su próximo adiós. Junto a ellos, el poderoso Larry Fink de BlackRock, la gestora de activos más grande del mundo. Stephen Schwarzman de Blackstone, la gestora más grande también, pero de activos alternativos. Con ellos, Kelly Ortberg de Boeing; Brian Sikes, de Cargill. Jane Fraser, de Citi. Jim Anderson de la fabricante de semiconductores Coherent. Larry Culp, de GE Aerospace. David Solomon, de Goldman Sachs. Jacob Thaysen de la empresa de biotecnología Illumina. Michael Miebach de Mastercard y Ryan McInerney de Visa. Dina Powell McCormick de Meta. Sanjay Mehrotra, del gigante de los semiconductores y los centros de datos Micron. O Cristiano Amon de Qualcomm.
El gran ausente es sin duda Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia Corp., la empresa más valiosa del mundo y fabricante de los chips avanzados que impulsan el auge global de la IA. EEUU, desde la época de Biden, limita el tipo de chips que se puede comercializar en China. Nvidia, según Huang, tiene un mercado potencial de 50.000 millones de dólares en ventas allí, pero las relaciones son tensas.
Trump cree, con razón, que las grandes empresas estadounidenses tienen más capacidad de influencia sobre Pekín que muchos gobiernos o diplomáticos, incluyendo el suyo. Él presume una y otra vez de su excelente relación con Xi Jinping, a pesar de que el mismo entusiasmo nunca llega de vuelta. Xi, el líder más influyente en medio siglo, y una figura de creciente poder asertivo, no le gusta el estilo de Trump, pero tampoco le intimida. Es casi el único líder mundial que no se ha prestado a su juego ni aceptado sus normas y estilo. Y ahora juega en casa.
La Casa Blanca busca, como siempre, poder anuncios de acuerdos e inversiones rápidas, y llevar a la élite de Wall Street y Sillicon Valley puede ayudarle. Con esos nombres será quizás más fácil clave encontrar puntos de encuentro sobre chips, inteligencia artificial, baterías, vehículos eléctricos o satélites.
Boeing, por ejemplo, estaría a punto de cerrar una de las mayores ventas de su historia, según Bloomberg. Un pedido de 500 aviones 737 Max que se dará a conocer durante la visita de Trump a Pekín. El propio Ortberg declaró el mes pasado que este pedido podría alcanzar una cifra considerable.
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