<p>Desde hace unos años, la Academia se ha propuesto que la gala de los Oscar sea una fábrica de potenciales estrellas para alimentar un sistema en plena crisis de identidad. <a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/04/30/6810f01ce85ece941c8b457b.html»>El <i>star system</i> que sostuvo durante décadas el negocio</a> se ha agrietado y amenaza con romperse, la asistencia al cine no remonta, la negociación de los convenios está sobre la mesa nuevamente… Y los grandes nombres son el salvavidas al que se quiere aferrar Hollywood.</p>
La Academia ha premiado en los últimos años a actores y actrices con perfiles de futuro: Mikey Madison, Cillian Murphy, Ariana DeBose…
Desde hace unos años, la Academia se ha propuesto que la gala de los Oscar sea una fábrica de potenciales estrellas para alimentar un sistema en plena crisis de identidad. El star system que sostuvo durante décadas el negocio se ha agrietado y amenaza con romperse, la asistencia al cine no remonta, la negociación de los convenios está sobre la mesa nuevamente… Y los grandes nombres son el salvavidas al que se quiere aferrar Hollywood.
El triunfo de Michael B. Jordan y Jessie Buckley en las dos categorías actorales principales este año son, primero, la constatación de las dos mejores actuaciones del año y, después, un paso más en el proceso de producción de estrellas de los últimos años. Como en 2025 lo fue la victoria de Mikey Madison; en 2024, las de Cillian Murphy y Da’Vine Joy Randolph; en 2022, la de Ariana DeBose, y en 2021, la de Daniel Kaluuya. Nuevos rostros para un nuevo tiempo.
Michael B. Jordan es quizás el máximo exponente del modelo que Hollywood quiere volver a levantar. En 15 años ha pasado de ser un actor prometedor de televisión con series de culto como The Wire a ser una auténtica máquina de facturar con su cine. La pareja que conforma desde hace 13 años con el cineasta Ryan Coogler, con cinco proyectos conjuntos como actor y director, ha acumulado 2.770 millones de dólares en ganancias de taquilla. Y Los pecadores les ha confirmado como piezas clave en el futuro de la industria estadounidense.
Ganar un Oscar antes de los 40 con una historia de vampiros racial consolida además la figura de Michael B. Jordan, que después de la gala del domingo apareció en una hamburguesería In-N-Out de Los Ángeles con la estatuilla en la mano. El actor ha sabido transformar el carisma físico de sus inicios en influencia cultural y representa, para muchos, el modelo de estrella moderna que combina interpretación, producción y liderazgo creativo. La tercera entrega de Creed la dirigió él, tiene una agencia de marketing -Obsidianaworks- y lidera su propia productora, Outlier Society Productions.
Más inesperado es el ascenso de Jessie Buckley, desconocida hasta hace nada y ganadora ahora del Oscar a mejor actriz. Si había una categoría que estaba decidida en la gala del domingo era la que lideraba la protagonista de Hamnet pese al desplome de la película. La extraña mezcla de intuición artística y valentía interpretativa han llevado a la irlandesa a pasar de ser una joven promesa salida de un programa de talentos a consolidarse como una de las figuras más imprevisibles y magnéticas del cine actual. Su paso por ¡La novia!, la recién estrenada película de Maggie Gyllenhaal, es quizás el mejor ejemplo de esto. Un proyecto estridente y punk donde la actriz deja una interpretación memorable.
Además Buckley juega con otro condicionante, que no encaja en los cánones de estrella que la industria estadounidense había buscado históricamente. La irlandesa ha sido de las actrices más combativas con la presión estética a la que se enfrentan las mujeres en el oficio, vive en una granja de siglo XV y tiene un marido que nadie conoce. Alejada de ese ideal hollywoodiense, pero al mismo tiempo con un recorrido que si acaba fructificando en éxito constituirá una de las historias que Hollywood se muere por tener. Más después de que ella misma haya hablado de los proceso de depresión a los que se enfrentó y de que le costó años sentirse útil como actriz.
A sus 36 años, Buckley representa una generación de intérpretes que ha encontrado en el cine europeo y el independiente un espacio para explorar personajes complejos y contradictorios. Lejos del glamour previsible, su carrera avanza guiada por una idea simple pero cada vez más rara: la de una actriz que prefiere el riesgo artístico a la comodidad del éxito. Como ya hiciera Emma Stone, el gran referente de la nueva generación de estrellas femeninas.
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