<p>Yasmina Reza ha convertido en arte la destreza de mirar a través de la fachada del ser humano y colarse por <strong>las grietas que dejan a la luz zonas de sombra.</strong> La vulnerabilidad, el miedo, la mezquindad o la violencia que resquebrajan la apacible atmósfera del salón burgués, la intimidad de la pareja y, ahora, <strong>la solemnidad del tribunal</strong>: el teatro donde se pone en escena el sistema en que vivimos. Autora de algunas de las piezas teatrales más influyentes de la escena contemporánea, Reza (Nantes, 1959) se adentra en <i>Casos reales</i> (Alfaguara) en un espacio de fricción entre la vida y su relato legal. </p>
La escritora francesa publica ‘Casos reales’, donde cruza fragmentos de juicios y escenas de su vida íntima para alumbrar zonas de sombra del alma humana
Yasmina Reza ha convertido en arte la destreza de mirar a través de la fachada del ser humano y colarse por las grietas que dejan a la luz zonas de sombra. La vulnerabilidad, el miedo, la mezquindad o la violencia que resquebrajan la apacible atmósfera del salón burgués, la intimidad de la pareja y, ahora, la solemnidad del tribunal: el teatro donde se pone en escena el sistema en que vivimos. Autora de algunas de las piezas teatrales más influyentes de la escena contemporánea, Reza (Nantes, 1959) se adentra en Casos reales (Alfaguara) en un espacio de fricción entre la vida y su relato legal.
A partir de juicios penales observados durante años, no busca esclarecer los hechos ni dictar sentencia, sino iluminar fragmentos de unos seres humanos cuyas vidas se ven reducidas a la frialdad de un dosier. El resultado es un libro híbrido que cruza procesos judiciales y escenas de su vida íntima. Un álbum de fotografías que capturan instantes en los que el alma humana queda expuesta.
- Casos reales mezcla fragmentos de juicios a los que ha asistido con reflexiones sobre su vida personal. ¿Cómo dialogan esos dos planos?
- No fue una decisión consciente. Durante años escribí textos sobre mi vida, mis hijos, mis amistades, mientras a la vez ponía por escrito retazos de juicios a los que había asistido. Durante mucho tiempo fueron piezas sueltas, guardadas en un cajón. Un día las releí y vi que había una correlación evidente entre ambos mundos. No eran dos planos distintos, sino la misma cosa. Para mí, la justicia no es un espacio separado de la vida. Un tribunal es simplemente otro paisaje de la existencia.
- Usted ha dicho que en un tribunal se manifiesta de forma brutal la imperfección de la vida.
- Sí, absolutamente. Al principio iba a los juicios solo para mirar, no para escribir. Porque cuando te vuelves una persona conocida, el mundo se estrecha a tu alrededor: se reduce a ciertos lugares y ciertos círculos. Yo quería volver a contemplar otras realidades, y en los tribunales ocurre algo muy fuerte: se reconstruye el pasado de las personas. Ante él aparecen los errores, los desvíos, todo aquello que pudo haberse hecho mejor. La imperfección de la vida se muestra desnuda.
- ¿Por qué un juicio y no otro espacio para observar a las personas?
- Porque soy escritora y trabajo con la esencia humana. Siempre me han fascinado los sucesos, y esos casos reales casi siempre desembocan en un juicio. El primero al que asistí fue el de un profesor de Derecho que había matado a su mujer. Un caso muy mediático en Francia al que acudí porque quería ver de cerca al personaje. Y ahí entendí algo esencial: el juicio es un microcosmos de la vida.
- Lo curioso es que ha conseguido escribir de juicios sin juzgar…
- Porque nunca he escrito juzgando. No creo que sea la función del escritor. No me interesa condenar o absolver: solo mirar.
- ¿Qué es lo que intenta iluminar?
- Pequeños fragmentos del alma humana. Trabajo como una fotógrafa: no lo explico todo, no doy un contexto completo. Lo que hago es iluminar una zona, un gesto, una frase. Puede ser del acusado, del fiscal, de un testigo…
- ¿Y ha detectado algún patrón de comportamiento que se repita?
- He visto más de 40 juicios y solo he escrito de 20. Algo que se repite mucho es la negación. Incluso ante pruebas evidentes, algunos acusados niegan la mayor una y otra vez. O no hablan y se encierran en una negación interior.
- Es el caso de Olivier Cappelaere, que envenena a dos ancianas para quedarse con la herencia y se enroca en una buena reputación que las pruebas contradicen.
- Sí, él aparece dos veces en el libro, e incluso después de haber sido declarado culpable sigue negando lo ocurrido. Es una forma de aferrarse a una identidad que el juicio amenaza con quebrar.
- Hay también una mujer, Audrey Louvet, cómplice de asesinato, que cambia constantemente de versión. Usted lo achaca a la búsqueda de consuelo en muy mal sitio.
- Es un personaje muy bello y muy perdido. Su orientación vital es buscar alivio y por eso cambia de relato. Pero eso es una mala brújula en la vida. No es una estrategia consciente: es una deriva.
- Un procesado ve su vida reducida a un relato legal. ¿Qué impacto psicológico tiene eso?
- Es espantoso. Tu vida es desmenuzada de forma fría, clínica, y además en público. Hay cosas que uno habría querido guardar con pudor, y de pronto están expuestas ante desconocidos. Es horrible y, sin embargo, necesario.
- ¿Cómo eligió los casos que entraron en el libro?
- Algunos juicios fueron apasionantes, pero ya habían sido contados de forma brillante por periodistas judiciales. Yo no podía aportar nada distinto. Los casos del libro son aquellos en los que vi algo que no se había dicho, algo que solo podía pasar por mi mirada.
- ¿Un juicio tiene algo de teatro?
- Un juicio es un teatro extraordinario. Y un escenario muy arriesgado. Aquí no se juega uno el éxito artístico, sino la vida. El acusado, su destino; el abogado, su reputación; las víctimas, su reparación. Tiene reglas estrictas, no hay libertad como en el teatro, pero hay actuaciones memorables: abogados sobreactuados, testigos tímidos, otros que viven su momento de gloria.
- En juicios largos, ¿cambia su percepción de los personajes?
- Constantemente. Un día piensas una cosa, al siguiente otra. Son como novelas por entregas. La percepción nunca es estable.
- ¿Cómo afecta el ruido mediático a la justicia?
- Muchísimo. Los jueces son personas: leen, escuchan, respiran el aire de su tiempo. La justicia debería ser independiente del clima social, pero es imposible. Es porosa.
- En el libro aparece Sarkozy, a quien usted retrató en otro libro, como acusado. ¿Lo vio diferente?
- La única diferencia entre el Sarkozy de la campaña presidencial y el encausado era que estaba sentado en el banquillo. Por lo demás, era el mismo.
- Hablando de políticos, ¿qué ha pasado para que Francia sea hoy ingobernable?
- Me pregunto si este caos es el final de un ciclo democrático. Y no ocurre solo en Francia, también en España y en todas partes. Vivimos en un mundo extremo, donde el poder de los radicales se ha vuelto dominante. La pregunta es: ¿por qué?
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