Hay una secuencia en El verdugo, la película de Berlanga, que España no ha terminado nunca de ver. José Luis, empleado de funeraria casado a desgana con la hija del verdugo titular, ha aceptado heredar el oficio porque le prometen un piso de protección oficial. Cuando llega la orden de ejecución en Mallorca, intenta retrasarla haciendo turismo. Visita las Cuevas del Drach con su mujer y, sentado en la tribuna del lago Martel, escucha cómo los violinistas en barca interpretan la barcarola de Offenbach. Entonces, entre las paredes calcáreas, una segunda barca aparece desde la oscuridad. Dos guardias civiles. Uno levanta el megáfono: «Se ruega a don José Luis Rodríguez, si se encuentra entre los presentes, baje al embarcadero». El nombre retumba en la cueva. Su mujer lo mira. Los turistas no se enteran de nada y siguen aplaudiendo la música. José Luis sabe, en ese instante, que la música ha terminado para él. Después vendrá el patio de la cárcel. Hay que ejecutar al condenado para conservar el sueldo. El sueldo paga el piso. El piso ya no se puede devolver.
La fotografía de España es buena: crecerá por encima de la media europea y el paro y el déficit caerán. Pero las fotos mienten en lo que queda fuera del encuadre y no se ve.
Hay una secuencia en El verdugo, la película de Berlanga, que España no ha terminado nunca de ver. José Luis, empleado de funeraria casado a desgana con la hija del verdugo titular, ha aceptado heredar el oficio porque le prometen un piso de protección oficial. Cuando llega la orden de ejecución en Mallorca, intenta retrasarla haciendo turismo. Visita las Cuevas del Drach con su mujer y, sentado en la tribuna del lago Martel, escucha cómo los violinistas en barca interpretan la barcarola de Offenbach. Entonces, entre las paredes calcáreas, una segunda barca aparece desde la oscuridad. Dos guardias civiles. Uno levanta el megáfono: «Se ruega a don José Luis Rodríguez, si se encuentra entre los presentes, baje al embarcadero». El nombre retumba en la cueva. Su mujer lo mira. Los turistas no se enteran de nada y siguen aplaudiendo la música. José Luis sabe, en ese instante, que la música ha terminado para él. Después vendrá el patio de la cárcel. Hay que ejecutar al condenado para conservar el sueldo. El sueldo paga el piso. El piso ya no se puede devolver.
España, en abril de 1963 y en mayo de 2026, se ata a los compromisos por el procedimiento de mirar hacia otro lado. Llevamos dos años escuchando la barcarola del modelo de éxito en una cueva con buena acústica, mientras fuera, en el embarcadero, hay un megáfono esperándonos.
Conviene empezar por el dato luminoso. España crecerá este año por encima de la media europea –Funcas y el Banco de España coinciden en la horquilla del 2,2%-2,3%, frente al 0,9% que el BCE proyecta para la zona euro-. La tasa de paro caería al 10%, el déficit al 2,1%, los ingresos tributarios crecen al 8,5%. La fotografía es buena. El problema es que las fotografías mienten en lo que no se ve, en el bulto que asoma fuera del encuadre, en el zapato sucio que asoma.
Lo que no se ve es la deuda. En enero de 2026, las administraciones públicas alcanzaron los 1,707 billones de euros, máximo histórico, equivalente al 100,8% del PIB. Ha aumentado en 549.000 millones desde 2018, el mayor incremento en un solo mandato democrático. La Seguridad Social, sostén que el envejecimiento erosiona como el agua a la roca, ha visto crecer su deuda un 8% en un año, pese a recibir del Estado casi 48.000 millones. España paga hoy unos 110 millones de euros diarios solo en intereses. Cada amanecer, antes de abrir la persiana, el país ya debe lo que cuesta un hospital comarcal. En 2026 esa partida superará los 39.000 millones: equivalente a toda la recaudación por Sociedades, o a un tercio del gasto en pensiones. Cada décima de subida del tipo medio sobre el saldo vivo -hoy en el 2,37%- son 1.700 millones más al año. Aritmética despiadada, indiferente al ciclo político. No vota.
Ahora, el choque energético derivado de la guerra en el Golfo -ese conflicto que llamamos «geopolítico» porque «guerra de petróleo» suena demasiado a 1973, a colas en las gasolineras y a Kissinger volando entre capitales- ya ha obligado a movilizar más de 5.000 millones extraordinarios. La AIReF lo dice sin metáforas: las tres grandes presiones estructurales sobre el gasto son hoy el envejecimiento, la defensa y los intereses. A las que se suma, en discreto pie de página, «el impacto del shock energético». Cuatro jinetes repartiéndose la cabalgata fiscal del país. La inflación se va al 4% si las tensiones en Ormuz persisten, y subirá aún más si se interrumpe el tráfico marítimo de forma más prolongada. La que ya tenemos -3% en septiembre, subyacente clavada en el 2,5%- es la herencia de un modelo que ha confundido vigor cíclico con solvencia estructural. La que viene puede ser otra cosa, la del país que se asoma al espejo y no se reconoce.
Porque el problema del PIB español no es lo que crece, sino de qué está hecho. La demanda interna (consumo y turismo) aporta más de cuatro quintos del crecimiento. La inversión en bienes de equipo, ese indicador silencioso que separa a las economías que sustituyen capital de las que solo lo consumen, sigue siendo modesta. El consumo de los hogares ha aflojado tres décimas en el primer trimestre. Y el turismo, esa industria pesada disfrazada de ligera, depende de dos cosas que un shock energético modifica al instante: el precio de un billete de avión y la sensación (medible en reservas canceladas) de que ahí fuera el mundo cruje. Por eso preocupa el optimismo. El colmo es que, en lugar de criticar lo que no va bien (falta de inversión, productividad, eficiencia del gasto público) se ponen en el centro temas como la inmigración.
Si la inflación se va al 4%, los márgenes se estrechan en tres frentes. Por el fiscal, no hay recorrido y subir más impuestos va a ser complicado. Por el del gasto, el compromiso presupuestario no admite más improvisaciones. Y por el del endeudamiento, el Tesoro coloca a tipos crecientes -el último tres años se subastó al 2,40%- y necesita financiar 55.000 millones nuevos este ejercicio. La pinza es perfecta y, lo que es peor, conocida: ya en 1981 Sargent y Wallace describieron en Some Unpleasant Monetarist Arithmetic lo que ocurre cuando la política fiscal domina a la monetaria y los tipos suben mientras la deuda crece. La economía es una disciplina humilde que avisa con décadas de antelación a un país que solo escucha cuando el megáfono ya está sonando.
Lo desolador, lo verdaderamente español, es que todo esto era previsible. El informe Draghi avisó hace un año que Europa se diagnostica con precisión y no se toma la medicina; nosotros llevamos tres años escribiendo el prospecto de la nuestra, con buena letra y mejor encuadernación, mientras la receta caduca en el cajón. Como José Luis aquella mañana en Mallorca, vestido de ejecutor con el traje prestado, vamos camino de cumplir el oficio porque ya no podemos devolver el piso. Nos sentamos en la tribuna a escuchar la barcarola. Pero las cuevas, cualquiera que haya visto la película lo sabe, no son refugio, son una geografía del aplazamiento.
Quizá por eso conviene mirar el dato menos celebrado del Banco de España En particular, la deuda pública sobre PIB no bajará del 60% que exige el Pacto de Estabilidad antes de 2041. Quince años de prudencia continua, sin una crisis nueva, sin un error de previsión, sin una guerra adicional en una geografía relevante para nuestros suministros. Quince años, en un siglo que nos ha entregado en cuotas regulares una crisis financiera, una pandemia y dos guerras. Aquí los números no son aritméticos, son una elegía. El aviso silencioso de algo que se acaba mientras todavía aplaudimos el último compás de la orquesta, antes de que el guardia civil entre en la cueva con su barca.
España ha hecho bien muchas cosas estos años. Lo que no ha hecho es prepararse para el día en que el viento cambie. La barcarola es una música hermosa pero adormece. Después siempre llega el megáfono.
*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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