
La cara no es el espejo del alma. La cara de Daniela Klette es la de una mujer entre progresista y hippy, una melena gris y lisa, suelta o con una simple coleta, los rasgos comunes pero no sin atractivo, una expresión serena, una piel algo ajada pero saludable, no alterada nunca por ningún maquillaje. Daniela Klette vivía en un barrio popular y muy mezclado de Berlín, con artistas en alojamientos baratos e inmigrantes de medio mundo, y como muchas mujeres de la Europa fría y de su aspecto personal, tenía una preferencia por las artesanías, las danzas y las músicas de países abigarrados, tropicales y lejanos, en su caso esa mezcla de danza y lucha brasileña que se llama capoeira. Daniela Klette vivía en un bloque de viviendas sociales, donde tenía un trato afable y algo distante con los vecinos, que la veían ir y venir en su bicicleta. Podía haber sido una profesora, una doctora, una bibliotecaria. Algunos recordaban que una Navidad les regaló sabrosas galletas integrales que horneaba ella misma. Al hijo de una vecina que iba algo retrasado en la escuela se ofreció a darle clases gratuitas de matemáticas y alemán. Los vecinos creían que era italiana y que se llamaba Claudia Ivone. En su apartamento diminuto, de alquiler social, de unos 40 metros cuadrados, Daniela o Ivone guardaba un fusil Kaláshnikov, un lanzagranadas imponente, aunque de imitación, un kilo y cuarto de oro, un cierto número de pistolas con munición abundante, así como 240.000 euros en efectivo. A los 65 años, a la edad en que muchas mujeres de aspecto parecido al suyo se jubilan de profesoras, doctoras, bibliotecarias, Daniela Klette fue detenida por la policía alemana, que llevaba buscándola 30 años por todo el país y había emitido órdenes de búsqueda por media Europa.
La arrogancia de clase y la jactancia de algunos privilegiados avivaron el iluminismo de los grupos terroristas europeos
La cara no es el espejo del alma. La cara de Daniela Klette es la de una mujer entre progresista y hippy, una melena gris y lisa, suelta o con una simple coleta, los rasgos comunes pero no sin atractivo, una expresión serena, una piel algo ajada pero saludable, no alterada nunca por ningún maquillaje. Daniela Klette vivía en un barrio popular y muy mezclado de Berlín, con artistas en alojamientos baratos e inmigrantes de medio mundo, y como muchas mujeres de la Europa fría y de su aspecto personal, tenía una preferencia por las artesanías, las danzas y las músicas de países abigarrados, tropicales y lejanos, en su caso esa mezcla de danza y lucha brasileña que se llama capoeira. Daniela Klette vivía en un bloque de viviendas sociales, donde tenía un trato afable y algo distante con los vecinos, que la veían ir y venir en su bicicleta. Podía haber sido una profesora, una doctora, una bibliotecaria. Algunos recordaban que una Navidad les regaló sabrosas galletas integrales que horneaba ella misma. Al hijo de una vecina que iba algo retrasado en la escuela se ofreció a darle clases gratuitas de matemáticas y alemán. Los vecinos creían que era italiana y que se llamaba Claudia Ivone. En su apartamento diminuto, de alquiler social, de unos 40 metros cuadrados, Daniela o Ivone guardaba un fusil Kaláshnikov, un lanzagranadas imponente, aunque de imitación, un kilo y cuarto de oro, un cierto número de pistolas con munición abundante, así como 240.000 euros en efectivo. A los 65 años, a la edad en que muchas mujeres de aspecto parecido al suyo se jubilan de profesoras, doctoras, bibliotecarias, Daniela Klette fue detenida por la policía alemana, que llevaba buscándola 30 años por todo el país y había emitido órdenes de búsqueda por media Europa.
En las fotos de su detención se la ve tranquila, con su habitual sonrisa semidesvanecida en los labios, rodeada con truculencia innecesaria por policías con uniformes, botas militares, chalecos antibalas, mascarillas, fusiles automáticos, cascos de combate. Daniela Klette va en vaqueros, con una sudadera, una señora que pudo ser detenida por equivocación, o en el tumulto de una protesta pública. Pero esta mujer ha manejado armas tan pavorosas como las que ahora llevan sus captores; ha asaltado furgonetas blindadas de trasporte de dinero, rompiendo a ráfagas de metralla sus cerrojos; y también ha irrumpido en supermercados junto a otros cómplices tan bien armados como ella, unas veces con el kaláshnikov en las manos, otras esgrimiendo con aterradora convicción ese lanzagranadas tan bien hecho que parece auténtico. A mediados de los años noventa pasó a la clandestinidad, en la época en que el grupo terrorista al que pertenecía, la Rote Armee Fraktion, la Fracción del Ejército Rojo, terminaba su historial a la vez banal y sanguinario y claudicaba ante el Estado. Sus fundadores estaban muertos o cumplían severas condenas en prisiones de máxima seguridad, o habían dejado las armas. Unos cuantos iluminados irredentos, Daniela Klette entre ellos, eligieron continuar las acciones violentas, ahora ya sin la finalidad grandiosa de derrotar al capitalismo y al imperialismo, sino de conseguir fondos que sustentaran sus vidas clandestinas.
A Daniela Klette no habría costado mucho encontrarla. Los capos mafiosos huidos de la justicia se someten a terribles operaciones estéticas, se esconden en búnkeres subterráneos, organizan tan complejas operaciones secretas que la policía los atrapa enseguida. A Daniela Klette no la encontraban porque se escondía a simple vista. Como una prueba más de los efectos dañinos de las redes sociales, parece que la reconocieron por una foto publicada en Facebook de una carroza de carnaval en la que bailaba con un disfraz exótico de capoeira. Almudena de Cabo y Yetlaneci Alcaraz han escrito aquí sobre su detención en 2024, y sobre el juicio en el que fue condenada a 13 años de prisión la semana pasada. Y la historia completa de la RAF, también llamada la banda Baader-Meinhof, de la que algunos de nosotros tanto oímos hablar en nuestra primera juventud, la ha contado con agotadora erudición el historiador Jason Burke en su libro The Revolutionists, que se centra sobre todo en movimientos terroristas alemanes, palestinos y japoneses, aunque solo menciona de paso a las Brigadas Rojas italianas, o a nuestras luctuosas variedades españolas de gangsterismo patriótico-revolucionario, que tuvieron la siniestra singularidad de seguir matando cuando todos sus congéneres de los años setenta ya estaban jubilados.
El terrorismo europeo, dice Burke, nace de un desengaño doble: el de la facilidad con que se desvanecieron las coloridas pompas de jabón de Mayo del 68; y el de la presunta acomodación de la clase obrera al Estado de bienestar y al consumismo de la posguerra. El coche, la televisión, las vacaciones en Mallorca, habían extinguido la lucha de clases. El bloque soviético no podía ilusionar a nadie. La esperanza revolucionaria estaba en el llamado entonces Tercer Mundo, en los países recién liberados del colonialismo, o en los que a través de revoluciones comunistas armadas desafiaban al imperialismo americano: en Cuba, en Vietnam, en África. Hijos de buenas familias y profesores con puesto vitalicio en las universidades teorizaban la necesidad de seguir el dictamen de Ernesto Guevara, quizás olvidando su muy escaso éxito cuando intentó ponerlo en práctica en Bolivia: “Crear dos, tres, muchos Vietnam”. Hubo quien se dejó la vida, quien practicó el próspero turismo revolucionario, quien dibujó carteles con puños alzados que sostenían fusiles. Y hubo también, en sorprendente abundancia, quienes dieron un paso más y pasaron a manejar armas de fuego, y a matar sin remordimiento a presuntos enemigos de clase, o a cualquiera que pasara por allí, o que tuviera la desgracia de encontrarse cerca del lugar donde ellos hacían estallar un coche bomba.
Habían dictaminado que sólo el impacto de la violencia política podría sacar a los obreros europeos de la somnolencia de lo que llamaban los teóricos “la falsa conciencia”. La consigna leninista cobraba el atractivo pintoresco de la guerrilla en lejanos escenarios selváticos. La jactancia masculina adquiría un disfraz de heroísmo revolucionario. Andreas Baader, uno de los fundadores del grupo terrorista alemán, seducía a las camaradas jóvenes con su palabrería, sus chaquetas de corte Mao, sus pantalones muy ceñidos, su predilección por los coches deportivos de alta gama. Aficionado a los puros cubanos, al whisky y a la nouvelle vague, llevaba a veces una gabardina y un sombrero flexible, y afectaba un desdén pendenciero, como Belmondo en À bout de souffle.Fugitivo en Italia después de un atentado, fue acogido por el aristócrata, editor y aspirante a terrorista Giangiacomo Feltrinelli, que tenía decoradas las salas de su palacio de Milán con armas de guerra y explosivos. Igual que Lenin, que provenía de la baja aristocracia rusa, un cierto número de aquellos privilegiados de la revolución escondían una vanidad de intelectuales y profesores con ansia de brillo y una arrogancia de clase que venía envuelta en la mística del pequeño grupo de conjurados y activistas que son la vanguardia de unas “masas” —esa palabra se escuchaba mucho— incapaces de sublevarse por sí mismas, aborregadas por la ignorancia o por la falta de espíritu de rebeldía, por los protocolos y las lentitudes de la democracia burguesa; y, sobre todo, por esas limosnas socialdemócratas, la sanidad pública, la vivienda social, los carriles bici, el derecho a la intimidad y a la presunción de inocencia, todas las que disfrutó durante sus años de clandestinidad Daniela Klette, y volverá disfrutar cuando haya cumplido su condena.
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