Nicolas Winding Refn no hace películas, las inventa. El problema es que vienen sin manual de instrucciones. Uno ve cada uno de sus trabajos y no sabe si, como decía aquél, cortarse las venas o dejárselas largas. Su propio infierno es, si se quiere, el ejemplo extremo. De hecho, es más extremo que ejemplo de nada. Y, de hecho, se puede ver o como una puerta abierta de par en par a lo que viene después del cine cuando al cine le dé por morir o, menos pretencioso, como un muy simpático disparate (además de ladrillo) iluminado con fluorescentes mal instalados.
El director extrema cada una de sus obsesiones hasta lograr su trabajo más desconcertante, radical y, lo más importante, adictivo. Nicolas Winding Refn es un género en sí mismo
Nicolas Winding Refn no hace películas, las inventa. El problema es que vienen sin manual de instrucciones. Uno ve cada uno de sus trabajos y no sabe si, como decía aquél, cortarse las venas o dejárselas largas. Su propio infierno es, si se quiere, el ejemplo extremo. De hecho, es más extremo que ejemplo de nada. Y, de hecho, se puede ver o como una puerta abierta de par en par a lo que viene después del cine cuando al cine le dé por morir o, menos pretencioso, como un muy simpático disparate (además de ladrillo) iluminado con fluorescentes mal instalados.
Digamos que lo que hace el director en Su propio privado es extremar todos y cada uno de los elementos que han configurado su cine desde mucho antes de Drive (2011) –desde Pusher (1996) incluso– hasta sencillamente la exasperación. Cada vez más abstracto, cada vez más incompetente en la narración, cada vez más premioso, cada vez más ambiguo, cada vez más luces de neón… Pero también cada vez más arriesgado, más sonámbulo, más alejado de normas y reglas y, no lo duden, más adictivo. Nicolas Winding Refn es ya un género en sí mismo. Y eso, en según qué momentos, subyuga.
Teóricamente, sólo teóricamente, se cuenta la historia de una mujer (encarnada por la a partir de ahora fascinante Sophie Thatcher) que busca a su padre en una megalópolis del futuro consumida por la niebla. Es precisamente la muy cinematográfica niebla la que ha despertado a una bestia que mata mucho. A su vez, un soldado muy musculado (Charles Melton) hace lo imposible por rescatar a su hija del mismísimo infierno del título. La verdad es que conviene acudir a ver la película con la sinopsis leída porque cualquier posibilidad de seguir relato alguno es sencillamente imposible entre monólogos desconcertantes y sin gracia y ralentizados muy cerca del paro cardiaco.
Pero, atentos, si uno se arma de valor y paciencia (no está aconsejado tomar drogas, pero, la verdad, tampoco hay que apresurarse a descartarlo) y acepta parte (todo es imposible) de las arbitrarias y desconcertantes instrucciones del inexistente prospecto, hay premio. Y no menor. Nadie como Winding Refn se atreve ahora mismo a tanto y de manera tan suicida. Nadie como él explora de forma tan radical y sin excusas los límites de la expresión cinematográfica contra todo, contra todos y con el único horizonte del propio Winding Refn. Puede que, si les interesa el tema, oigan por ahí que es una película divisiva (o gusta mucho o no gusta nada). En verdad, no es así, el gusto no cuenta. Es una película que es todo y nada a la vez y que, en justicia, merecería una puntuación doble y simultanea de cinco y ninguna estrella (pondremos tres). Se sale del cine harto, agotado, cabreado y con unas ganas locas de volver a ver Su propio infierno. Nicolas Winding Refn multiplicado por cero y por cien mil.
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Director: Nicolas Winding Refn. Intérpretes: Sophie Thatcher, Charles Melton, Kristine Froseth. Duración: 107 minutos. Nacionalidad: Dinamarca.
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