El detective de ficción más popular en Estados Unidos en el periodo de entreguerras no fue Sherlock Holmes ni Hércules Poirot, sino Philo Vance, un brillante y cínico aristócrata neoyorquino que resolvía asesinatos. Su éxito se basaba en los criterios de escritura que creó su autor, S.S. Van Dine. En sus Veinte reglas para escribir historias de detectives la número 12 establecía que «Debe haber un solo culpable, por muchos asesinatos que se cometan». Buscaba evitar complejidades para que el lector pudiera resolver por él mismo el misterio que se le presentaba.
No hay un único culpable. Inflación, déficit de los Estados y gasto en IA son las tres razones que explican la tormenta sobre la renta fija.
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El detective de ficción más popular en Estados Unidos en el periodo de entreguerras no fue Sherlock Holmes ni Hércules Poirot, sino Philo Vance, un brillante y cínico aristócrata neoyorquino que resolvía asesinatos. Su éxito se basaba en los criterios de escritura que creó su autor, S.S. Van Dine. En sus Veinte reglas para escribir historias de detectives la número 12 establecía que «Debe haber un solo culpable, por muchos asesinatos que se cometan». Buscaba evitar complejidades para que el lector pudiera resolver por él mismo el misterio que se le presentaba.
Y fue un éxito. En gran medida, porque el cerebro humano busca atajos que le ahorren energía y agradece simplificaciones que le faciliten la vida, aunque no sean verdad. Desafortunadamente, en los mercados financieros, un reflejo del comportamiento de los humanos que los componen, casi nunca nos basta con un solo culpable.
Estos días muchos analistas andan buscando al asesino de la renta fija. No es un tema menor. La renta fija es, como el hidrógeno en el universo, el elemento más abundante en las carteras mundiales, y, para muchos hogares, el único que poseen más allá de la vivienda.
Y el año ha sido duro, sobre todo desde el verano. Los poseedores de bonos americanos a 10 años -el producto más líquido del mundo- han perdido 9 de cada 100 dólares por culpa de la subida de tipos que hace sus bonos poco atractivos. En Europa las pérdidas van desde el 5% de los bonos alemanes al casi 11% de los franceses. Para los estándares de la renta fija son cifras mayores.
¿Quién es el culpable? Los medios financieros han sugerido una larga lista de asesinos potenciales: mayor gasto público estructural, costes salariales, gasto militar, fragmentación geopolítica, aranceles, deuda generada por la IA, ventas de bonos para defender divisas en Asia, repatriación de capital japonés, desconfianza que espanta el ahorro asiático, desplazamiento hacia el oro como refugio alternativo, deterioro de las finanzas públicas o múltiples versiones de la inflación.
Separemos grano de paja. Muchos titulares hablan de tendencias que, siendo reales, no explican la gran caída que empezó con el verano. China llegó a tener en cartera 1.3 billones de dólares en bonos americanos y hoy tiene menos de la mitad. El bono japonés al 3,1% actual (viene de un -0,1% en 2020) empieza a atraer ahorro local aparcado en Estados Unidos. El oro ha pasado de constituir el 8% de las reservas de los bancos centrales en la crisis de 2008 al 24% actual. Todo eso es verdad y ha contribuido a la caída en desgracia del bono americano, pero la renta fija llevaba años lidiando con esas presiones y puede seguir haciéndolo. En la novela serían sospechosos con una sólida coartada.
Tres economistas de ING, Garvey, Slijkerman y Rahill, modelizan la deriva de los tipos americanos en los últimos meses y resumen sus resultados en tres números: la culpa es de la inflación en un 50%, de los déficits fiscales en un 30%, y de la inteligencia artificial en un 20%.
Desde la primavera la inflación ha subido desde el 2% hasta los alrededores del 4%. Está pesando en las expectativas de los hogares que ya se imaginan una inflación media del 4% durante la próxima década. El miedo a que esa inflación se vuelva crónica a medida que pasa de la energía al resto de la cesta de la compra, es el principal motor de la subida. Si un acuerdo de paz redujera la presión sobre los precios mañana, la mitad del problema quedaría resuelto.
El segundo motor son los déficits de los gobiernos. Tiene que ver con geopolítica: gobiernos gastando para construir lo que dudan que su socio les venda en momentos de crisis, como energía, protección o tecnología. En ocasiones -Francia, Estados Unidos- es debilidad política e inercia. Gasto que requiere deuda, y, cuando hay demasiadas manos extendidas, el que tiene el dinero se pone más exigente.
Por último, tenemos la IA. Las empresas están gastando más de lo que tienen para no perder el ritmo. Ya no bastan los enormes beneficios para cubrir toda la inversión. Los bancos, incómodos tanto con el volumen como con el plazo de los préstamos, no bastan para cubrir su demanda y tienen que salir al mercado a seducir a los inversores. Hay otro ángulo más positivo y que estos economistas afirman que es incluso más potente que el de la emisión de bonos: la inversión en IA eleva la productividad y permitiría un crecimiento económico estructuralmente superior que requiere tipos más altos.
Sin duda hay más explicaciones, pero con inflación, déficits e inteligencia artificial se explica casi toda la deriva negativa de los bonos. Al final resultó que el asesino era el mayordomo con dos amigos.
*Francisco Quintana es director de Estrategia de Inversión de ING España.
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