Media vuelta de tuerca de Estados Unidos en el régimen sancionador sobre Irán. O no. Tras la grandilocuente proclama de Donald Trump la semana pasada —“un día D económico”—, su secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha llamado este lunes al orden a los países que osen seguir tratando comercialmente con un país que debe, dice, quedarse “completamente solo”. Es, en fin, un paso retórico más en una senda ya largamente recorrida: las primeras sanciones se remontan al propio nacimiento de la República Islámica, en 1979.
Trump profundiza en la estrategia estadounidenses de asfixiar a la República Islámica por la vía coercitiva, pero el margen de acción cada vez es menor
Media vuelta de tuerca de Estados Unidos en el régimen sancionador sobre Irán. O no. Tras la grandilocuente proclama de Donald Trump la semana pasada —“un día D económico”—, su secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha llamado este lunes al orden a los países que osen seguir tratando comercialmente con un país que debe, dice, quedarse “completamente solo”. Es, en fin, un paso retórico más en una senda ya largamente recorrida: las primeras sanciones se remontan al propio nacimiento de la República Islámica, en 1979.
¿Servirá de algo esta última andanada? Hay muchas dudas. La mayoría de medidas aplicadas hasta ahora han dado menos frutos de lo previsto cuando se pusieron en marcha. Y las sanciones secundarias ensayadas recientemente contra Rusia no han conseguido frenar la maquinaria financiera con la que Vladímir Putin financia la guerra contra Ucrania. Lo que sigue es un repaso histórico de las sanciones aplicadas contra Irán.
Crisis de los rehenes. El primer paquete estadounidense llegó apenas unos meses después de la marcha al exilio del Sha y el regreso del ayatolá Jomeini, punto de partida de lo que es Irán hoy. Fue en plena crisis de los rehenes, en noviembre de 1979, cuando en el asalto a la Embajada de EE UU en Teherán por estudiantes islamistas hasta 66 personas fueron tomadas como rehenes y 52 quedaron secuestradas durante más de 400 días.
El demócrata Jimmy Carter, por aquel entonces presidente estadounidense, respondió con un aperitivo de lo que estaría por llegar en sucesivos años y décadas. Prohibió las importaciones de petróleo iraní, congeló la práctica totalidad de los activos de ese país en suelo estadounidense y estrechó los canales financieros del país persa. El paquete decayó en los albores de 1981, aunque no por mucho tiempo.
Los atentados de Beirut. Primero fue un camión suicida en Beirut, que mató a 241 soldados estadounidenses y a otros 58 franceses en octubre de 1983. Meses después, un coche bomba que segó meses después la vida de 16 personas, entre ellos los embajadores estadounidense y británico, en la legación del país norteamericano en Líbano. Ambas acciones llevaron a inclusión de Irán en la lista estadounidense de países patrocinadores del terrorismo. Vetó toda venta de armas, se controlaron las exportaciones de bienes de uso dual (civil y militar) y se torpedeó el acceso iraní a la financiación.
En 1987, el republicano Ronald Reagan fue un paso más allá. Prohibió toda clase de exportaciones de ese país, petroleras o no, con una excepción: los carburantes ya refinados, por temor a avivar la crisis energética que sacudió al mundo en aquella convulsa década.
Nuevo impulso en los noventa. En 1995, la Administración de Bill Clinton decretó un embargo total, también de inversiones. Puso, además, la proa contra los países que osaran reexportar bienes estadounidenses a la República Islámica. Un año después, en un nuevo intento por asfixiar la industria petrolera iraní —principal fuente de financiación del régimen—, aplicó las primeras sanciones secundarias para tratar romper todo lazo financiero con el exterior. Aislarla.
Los 2000 y la cuestión nuclear. El cambio de milenio llega con una nueva preocupación sobre Irán, allende el terrorismo: la atómica. Espoleado por los tambores de cooperación nuclear entre Teherán y Moscú, Washington estrechó aún más el cerco sobre su sector financiero, causando un daño considerable sobre los bancos iraníes.
Aunque con un importante cambio de tono respecto a la era Bush júnior, la llegada de Barack Obama al poder estuvo acompañada por un importante paquete coercitivo contra instituciones financieras extranjeras que realizasen transacciones con el banco central iraní, lo que a su vez redujo las exportaciones de crudo. En la primavera de 2013, la lista negra de empresas que tenían prohibido operar en territorio estadounidense creció de manera notable.
2015, acuerdo y giro radical. El pacto nuclear de julio de aquel año prometía poner punto final a más de tres décadas de choque entre Washington y Teherán: el primero se comprometía a levantar sus trabas económicas a cambio de que el segundo limitase su programa atómico únicamente a usos civiles (generación de electricidad).
La llegada de Trump al poder, tres años más tarde, supondría, en cambio, una enorme marcha atrás: el acuerdo de Obama quedaba en papel mojado y volvían las sanciones en todos los frentes. Una política que continuó con Joe Biden ya en la presidencia, en especial tras los ataques de Hamás contra Israel de octubre de 2023 —y las brutales atrocidades cometidas por ese país en Gaza— y los bombardeos iraníes sobre ese país en octubre de 2024.
Trump II y la guerra. En su regreso al poder, el magnate republicano impulsó una política de “máxima presión” sobre Irán, con el objetivo, una vez más, de hundir al máximo sus exportaciones petroleras. De las sanciones económicas pasó directamente a los bombardeos —los ataques de junio de 2025, a los que siguieron los de febrero pasado, ya sí en una configuración de guerra abierta de final incierto— y a un doble cerco sobre el estrecho de Ormuz con el que secar todo el comercio marítimo iraní.
El paso dado por Bessent —una amenaza, nada sólido, como había adelantado Trump— es también un reconocimiento implícito de que ese bloqueo, como prácticamente todas las medidas anteriores, está lejos de funcionar como quisieran.
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