El puerto y la terminal de ferris de Helsingborg burbujean de actividad. Todo funciona con una eficiencia casi coreografiada. Los ferris maniobran lentamente; los camiones frigoríficos aguardan su turno para embarcar junto a coches, ciclistas y trabajadores que cruzan el estrecho de Oresund como quien toma un tren de cercanías. Al fin y al cabo, solo cuatro kilómetros separan la sueca Helsingborg de la danesa Helsingor. Desde el paseo marítimo, bajo la luz oblicua del norte de Europa, que alarga las tardes sobre el agua, el estrecho es tan fino que cuesta verlo como una frontera estratégica. Pero ese límite marino, que parece algo cotidiano en los mapas cartográficos, es hoy uno de los puntos de alta tensión entre Rusia y la OTAN. El escenario de una guerra híbrida, gris, de sabotajes marinos y barcos fantasma.
El paso marítimo entre Suecia y Dinamarca se ha convertido en un punto clave para Moscú, que lo utiliza para mover su petróleo del Báltico al mar del Norte
El puerto y la terminal de ferris de Helsingborg burbujean de actividad. Todo funciona con una eficiencia casi coreografiada. Los ferris maniobran lentamente; los camiones frigoríficos aguardan su turno para embarcar junto a coches, ciclistas y trabajadores que cruzan el estrecho de Oresund como quien toma un tren de cercanías. Al fin y al cabo, solo cuatro kilómetros separan la sueca Helsingborg de la danesa Helsingor. Desde el paseo marítimo, bajo la luz oblicua del norte de Europa, que alarga las tardes sobre el agua, el estrecho es tan fino que cuesta verlo como una frontera estratégica. Pero ese límite marino, que parece algo cotidiano en los mapas cartográficos, es hoy uno de los puntos de alta tensión entre Rusia y la OTAN. El escenario de una guerra híbrida, gris, de sabotajes marinos y barcos fantasma.
El estrecho de Oresund es una de las tres puertas de salida del mar Báltico hacia el océano Atlántico, junto con los estrechos daneses del Gran Belt y el Pequeño Belt. Esto significa que todo buque que entra o sale del Báltico —mercancías, energía, petróleo, cables de datos, tráfico militar— pasa por este corredor.

Durante siglos, controlar Oresund significaba controlar el acceso al Báltico, explica Per Svensson, de 62 años. Bronceado por el sol de sus paseos matutinos, apura un café negro en una cafetería cerca de la terminal de Helsingborg (114.000 habitantes) mientras cuenta que trabajó dos décadas en los barcos del puerto. Ahora le gusta sentarse a observar el trasiego de los ferris y los cargueros. Y leer sobre la historia de la región. “Estas aguas siempre han sido algo cotidiano para nosotros, no una frontera. Ahora todo parece haber cambiado”, dice pensativo.

Históricamente, estos estrechos fueron una fuente de poder y riqueza para Dinamarca, que durante cuatro siglos cobró peajes marítimos. En la Europa posterior a la Guerra Fría, esa importancia geoestratégica se desvaneció un poco bajo décadas de integración nórdica, ferris de cercanías y turismo de fin de semana. Hoy no hay peajes. Pero el viejo poder geoestratégico del estrecho ha regresado con fuerza en medio de los intentos de Rusia de sacar los hidrocarburos que alimentan su guerra contra Ucrania.
En 2025, las autoridades nórdicas verificaron el paso de al menos 292 barcos vinculados a Rusia en la región. Barcos que salieron de los puertos rusos al Báltico cruzaron por Oresund o Gran Belt hacia el mar del Norte y de ahí al Atlántico. Desde la terraza del lujoso hotel Clarion, en el centro de Helsingborg, donde se reunieron la semana pasada los ministros de Exteriores de la OTAN, se pueden ver esas embarcaciones prácticamente todos los días, asegura la jefa de la diplomacia sueca, Maria Malmer Stenergard.
Son barcos aparentemente normales, pero que bajo una capa densa de burocracia forman parte de la denominada flota fantasma o flota en la sombra, señala Malmer Stenergard. Se trata de buques antiguos, con estructuras de propiedad opacas para hacerlas difícil de rastrear, con banderas de países lejanos que cambian muy frecuentemente, que el Kremlin y su órbita utilizan para sacar los hidrocarburos. Es su forma de sortear las sanciones occidentales por la invasión a gran escala.
En los últimos tiempos, los informes de inteligencia han documentado, además, que muchos de esos barcos fantasma llevan contratistas armados a bordo que se dedican a proteger la carga y que también envuelven a esas embarcaciones en un halo militar. “No se puede demostrar que sean militares rusos, pero hay evidencias de que están vinculados a empresas paramilitares con lazos con el Kremlin”, señala un oficial sueco.
La guerra de Rusia contra Ucrania, que sacudió Europa hace más de cuatro años y cambió su paisaje y su mentalidad para siempre, alumbró un cambio estructural en la región nórdica que hoy, bajo la amenaza del Kremlin, se ha fortificado. La invasión dictada por Vladímir Putin empujó, además, a Finlandia y a Suecia dentro de la OTAN. Ambos países nórdicos proporcionan a la Alianza Atlántica capacidades estratégicas y geográficas invaluables. Su incorporación y la membresía ya existente de Estonia y Dinamarca transformaron la percepción del mar Báltico. Con la excepción de los enclaves rusos de Kaliningrado y San Petersburgo, se transformó en un mar aliado. Casi en un “lago de la OTAN”, como lo denominaron los expertos. Eso elevó el valor de puntos estratégicos como Helsingborg.
Sin embargo, lejos de caracterizarse por sus aguas tranquilas, el Báltico es hoy uno de los principales laboratorios de la guerra híbrida rusa, afirma Elisabeth Braw, investigadora del Centro de Estrategia de Seguridad Transatlántica del Atlantic Council.
No hay batallas entre flotas ni enfrentamientos navales clásicos. El Kremlin utiliza tácticas más ambiguas, como sabotajes o daños a infraestructuras marinas, interferencias en los sistemas de navegación, manipulación de las señales AIS, operaciones encubiertas difíciles de atribuir y actividades de espionaje.
Y en el corazón de esa guerra híbrida está la flota fantasma. “Rusia ha descubierto que esos barcos les sirven para más cosas que para mover el petróleo, como causar daños en el Báltico, así que lo están explotando”, avisa Braw, que ha investigado mucho sobre la guerra híbrida del Kremlin.

Rusia ha constatado que puede causar mucho daño sin usar medios militares. También está el riesgo ambiental, por la amenaza constante de esos petroleros desvencijados que transportan hidrocarburos rusos. Desde octubre de 2023, las autoridades de los países de la región han registrado al menos 11 incidentes relevantes de daños de cables submarinos. Principalmente de telecomunicaciones y energía; también algunos daños a gasoductos y otras infraestructuras críticas, según un informe de la inteligencia de Estonia. Aunque la mayoría de las investigaciones no han atribuido oficialmente los incidentes al Kremlin, varios de los casos más graves han implicado buques vinculados a puertos rusos o a la flota fantasma.
Barcos como el Fitburg, detenido por las autoridades finlandesas en diciembre de 2025 después de ser señalado por dañar cables de telecomunicaciones entre Finlandia y Estonia. El carguero navegaba bajo bandera de San Vicente y las Granadinas, había salido de San Petersburgo y fue hallado con el ancla bajada en aguas finlandesas. Un patrón que huele a distancia a flota rusa en la sombra.
Así, Helsingborg, cuello de botella del Báltico, ha pasado de ser un lugar periférico y tranquilo a un espacio de vigilancia. La pequeña ciudad portuaria de la costa sur sueca y el estrecho de Oresund son ahora parte de la arquitectura defensiva atlántica.
El derecho internacional marítimo marca que esos barcos que parecen vinculados a la flota fantasma rusa tienen derecho a navegar. Y que, salvo que existan pruebas de riesgo ambiental, de delito de pesca o algún delito contra el tráfico marítimo, las autoridades suecas, danesas, estonias o finlandesas tienen un margen de maniobra limitado. Por eso, es difícil cerrarles la bisagra del estrecho de Oresund.
Hace unos meses, sin embargo, el Gobierno sueco puso en marcha un cambio legal que amplía los poderes de su Guardia Costera para solicitar información de seguros y monitorizar también a buques simplemente en tránsito por aguas territoriales suecas e incluso por la zona económica exclusiva sueca del Báltico. “No estamos en guerra, pero tampoco estamos en paz”, ha dicho el primer ministro sueco, Ulf Kristersson.
De nuevo en el puerto de Helsingborg, cuya terminal prácticamente se solapa con las terrazas de los restaurantes y cafeterías al borde del agua, atestadas bajo el sol de mayo, Karin Akerman cuenta que está “un poco preocupada”. Esta profesora de 55 años tiene dos nietos adolescentes y teme que la guerra llegue un día a sus aguas. “Siempre pensamos que nunca íbamos a vivir un conflicto, pero ya no hay nada seguro”, dice. Cerca, en una pequeña plaza, dos adolescentes graban un vídeo para TikTok. Durante un par de días, la atracción de la pequeña ciudad ha sido la marea de policías y militares desplegados durante la reunión de la OTAN. “Aquí nunca pasa nada. Y no creo que pase nada”, dice una de ellas.
No demasiado lejos, en distintos puntos de la costa de Escania, viejos búnkeres de hormigón construidos durante la II Guerra Mundial y ampliados durante la Guerra Fría siguen mirando hacia Oresund. Durante años fueron restos históricos, anacrónicos, de una Suecia en alerta. Cuando el Báltico era visto como una posible línea de confrontación con la Unión Soviética. Ahora, en un país que se está militarizando todavía más, que habla de cables submarinos, vigilancia marítima, espionaje y guerra híbrida, para muchos vuelven a cobrar sentido.
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