La cumbre del G-7 celebrada esta semana en Évian-les-Bains (Francia) ha arrojado una frágil tregua política en el cisma abierto en Occidente, un momento de respiro en la etapa de fuertes tensiones entre Estados Unidos y sus aliados. La reunión mostró puntos de convergencia, sobre todo un comunicado geopolítico conjunto en el cual todos los socios asumieron el compromiso de endurecer las sanciones contra Rusia y reforzar el apoyo defensivo a Ucrania. Aunque se trate solo de una promesa, habría sido casi impensable hasta hace poco a la vista de la actitud de la Casa Blanca.
El grupo cierra filas pese a las grandes tensiones entre EE UU y sus socios y acuerda endurecer las sanciones contra Rusia
La cumbre del G-7 celebrada esta semana en Évian-les-Bains (Francia) ha arrojado una frágil tregua política en el cisma abierto en Occidente, un momento de respiro en la etapa de fuertes tensiones entre Estados Unidos y sus aliados. La reunión mostró puntos de convergencia, sobre todo un comunicado geopolítico conjunto en el cual todos los socios asumieron el compromiso de endurecer las sanciones contra Rusia y reforzar el apoyo defensivo a Ucrania. Aunque se trate solo de una promesa, habría sido casi impensable hasta hace poco a la vista de la actitud de la Casa Blanca.
El mero hecho de que los socios consigan pactar un comunicado geopolítico —uno entre un conjunto de nueve declaraciones— resultó una sorpresa ante las expectativas generalizadas de que no fuera posible. Las interacciones con el presidente estadounidense, Donald Trump, discurrieron sin imprevistos ni momentos especialmente traumáticos, y él no se marchó antes de tiempo como ocurrió en otras circunstancias. El encuentro constituye pues una bocanada de oxígeno en una relación muy tensa, que permite ganar tiempo en el desarrollo de políticas que consoliden la posición y la autonomía de los socios.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, subrayó que la cumbre representa “un cambio profundo de la actitud”. Es muy dudoso que genere realmente un cambio sustancial de políticas, pero se registró una inflexión en un patrón de confrontación y pulsos.
Se trata del tercer episodio de estabilización de la escena internacional en las últimas semanas, tras la cumbre entre Trump y el líder chino, Xi Jinping, en Pekín el pasado mayo, que consolidó la détente entre ambos países, y el pacto con Irán, que está previsto se firme este próximo viernes en Suiza. Un incremento de la presión sobre el presidente ruso, Vladímir Putin, podría conseguir la estabilización de otro frente.
Trump se refirió abundantemente al pacto con irán durante los tres días de la cumbre, y le dedicó gran parte de la conferencia de prensa final, ansioso de subrayar sus bondades y su presunta superioridad con respecto al que selló Obama y él mismo reventó. No dudó en recurrir a claras mentiras para sostenerlo, alegando por ejemplo que aquel que aquel “permitía legalmente” a Irán dotarse de la bomba atómica.
Trump trufó amenazas de volver a bombardear si Irán no se porta, con perspectivas bombásticas acerca de sus efectos benéficos y justificaciones acerca de un pacto que muchos sospechan ser más bien favorable a Irán. El presidente aclaró que EE UU no desembolsará ni un dólar, que el fondo de inversiones para reconstrucción será con dinero extranjero y fluirá solo si Irán respeta los acuerdos y volvió a criticar Israel por la manera en la cual ataca en Líbano.
Sobre la cuestión de Oriente Próximo, los líderes del G-7 han celebrado el acuerdo entre EE UU e Irán, reclamando la completa reapertura del estrecho de Ormuz y que este quede libre de peajes. Al respecto, y sin entrar en una crítica directa a Israel, el G-7 manifiesta su apoyo “a través de un alto el fuego inmediato y robusto, [a] los esfuerzos de las autoridades libanesas para conseguir el desarme de Hezbolá y la protección de la soberanía y la integridad territorial de Líbano con las adecuadas garantías de seguridad internacional”.
Pero el resultado político más llamativo de la cumbre es el que concierne Ucrania. “Endureceremos las sanciones, incluidas aquellas sobre los sectores del gas y el petróleo”, señala el comunicado de los Siete, que apunta que la distensión de la crisis del estrecho de Ormuz facilita las cosas.
“Consideramos que es el momento adecuado para proceder con nuevas medidas, ya que el presidente Trump ha encarrilado un acuerdo que respaldamos para reabrir el estrecho de Ormuz”, se lee en el texto.
La bajada de los precios del petróleo en el mercado facilita una vuelta de tuerca contra Rusia, productor de peso. Si esto ocurriese, se trataría de un golpe considerable para Rusia ya que se produciría precisamente mientras, a la vez, la caída de los precios reduce el margen para hacer caja y mientras las constantes ofensivas de Ucrania sobre su infraestructura energética causan mucho daño.
Los líderes del G-7 también se comprometen además a aumentar la entrega a Ucrania de capacidades de defensa aérea, nuevos sistemas, interceptores y capacidades de largo alcance. Por otra parte, se declaran “listos para considerar facilitar a Ucrania licencias para aumentar la producción militar”, se lee en el comunicado. Esa es una petición del presidente de ese país, Volodímir Zelenski, que busca así reforzar su arsenal y superar los cuellos de botella en las entregas tras el ataque de Estados Unidos a Irán y el consiguiente desvío de recursos a ese escenario de combate.
En el marco de las nueve declaraciones conjuntas de la cumbre, destaca una sobre recursos minerales estratégicos en la cual el grupo de potencias fija el objetivo de reducir la dependencia de China en materia de tierras raras por debajo del 60% para 2030, en el marco de un esfuerzo de los socios para reducir el impacto de ciertos desequilibrios económicos frente al gigante asiático. La declaración del G-7 en materia de minerales críticos no se limita a establecer un objetivo de reducción de dependencia, sino que apunta a la voluntad de desarrollar mecanismos de almacenamiento —públicos o privados— para reducir la exposición a prácticas coercitivas en momentos de tensión.
El esfuerzo se produce en un contexto más amplio de voluntad de reequilibrar la relación económica con China, que el G-7 considera marcada por una sobrecapacidad productiva del gigante asiático conseguida a base de masivos subsidios. Esta situación produce una alteración de la competición que amenaza la subsistencia de sectores productivos europeos.
La personalidad de Trump marcó el encuentro. Sin duda, sus socios hicieron concesiones algunas formales y sustanciales para conseguir una cumbre serena. El inicio fue aplazado un día para permitirle celebrar su cumpleaños el domingo. Los comunicados conjuntos evitaron cuestiones importantes que habrían impedido acuerdos. l canciller alemán, Friedrich Merz, le regaló una camiseta de la selección alemana de fútbol, despertando comentarios acerca de una actitud que algunos consideran demasiado amigable, o incluso aduladora, con alguien que está llevando a cabo políticas dañinas con Europa.
Por la mañana, al llegar tarde a una sesión, el presidente se plantó en la sala y dijo, dirigiéndose a la mesa donde estaban sentados sus homólogos: “soy el jefe”.
Pero el mundo evoluciona de una manera en la cual, pese a las declaraciones apoteósicas de Trump en la rueda de prensa, el poderío de Estados Unidos parece erosionarse. China le hace frente sin complejos, y la misma Europa ha descubierto por el camino que la retirada de la ayuda estadounidense no ha supuesto un colapso para Ucrania. Al contrario, Kiev se halla hoy en mucho mejor posición que hace un año, como han reconocido los Siete. Sin duda es sobre todo por su propio mérito, pero el apoyo de sus socios europeos ha sido firme.
El área en el que los miembros europeos, Canadá y Japón se hallan en clara posición de fragilidad y dependencia es la de la IA. La decisión de Washington de no permitir el acceso a todos los extranjeros ha levantado ampollas y temores de quedarse descolgados. El asunto fue objeto de debate en Évian-les-Bains, al igual que los riesgos para los menores en el uso de las nuevas tecnologías. Los Siete reclamaron a las empresas que extremen la responsabilidad al respecto.
El G-7 francés no arroja resultados tangibles, como por otra parte es habitual en un formato que es más de dirección política que ejecutivo. Pero, con algunas concesiones, ha materializado una tregua en el conflicto intraoccidental con el potencial de ofrecer un respiro, y tal vez algunos frutos.
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