Hasta no hace tanto al cine español para ser bueno o ser considerado como tal, solo le hacía falta una cosa: no parecerlo, no parecer español. El proverbial complejo de inferioridad español (también definido como un chovinismo del revés), se siente bien y hasta orgulloso en la exaltación feliz de lo imperfecto y, apurando, de lo cutre. Quizá por ello, la relación de España con la modernidad en general y con el cine moderno en particular ha sido siempre, como poco, complicada. Nos cuesta. Si tomamos el Festival de Cannes como referencia de todo a lo que aspira la cinematografía no comercial o independiente (o solo moderna), las cifras se acercan peligrosamente a lo desolador. Hay que remontarse a 1961 para localizar la única Palma de Oro de la que goza el cine español. Hablamos de una Palma de Oro debidamente censurada en España; hablamos de una Palma de Oro cuyo argumento y razón de ser no era otro que poner en evidencia, de la mano del mismísimo Galdós, a la propia España (o a esa parte de España atada a todas sus imperfecciones y ranciedumbres); hablamos de una Palma de Oro firmada por un cineasta cuya cinematografía o es francesa o es mexicana; hablamos de Viridiana, de Luis Buñuel. Aquel era cine español y lo era esencialmente por su esfuerzo esencialmente español de ser exactamente lo contrario de sí mismo. Por supuesto, Buñuel no volvería a rodar en España hasta nueve años más tarde.
El director de Cannes, Thierry Frémaux, destaca las distintas voces y generaciones del cine español en un festival en el que Almodóvar, Sorogoyen y Los Javis protagonizan una cita inédita e histórica
Hasta no hace tanto al cine español para ser bueno o ser considerado como tal, solo le hacía falta una cosa: no parecerlo, no parecer español. El proverbial complejo de inferioridad español (también definido como un chovinismo del revés), se siente bien y hasta orgulloso en la exaltación feliz de lo imperfecto y, apurando, de lo cutre. Quizá por ello, la relación de España con la modernidad en general y con el cine moderno en particular ha sido siempre, como poco, complicada. Nos cuesta. Si tomamos el Festival de Cannes como referencia de todo a lo que aspira la cinematografía no comercial o independiente (o solo moderna), las cifras se acercan peligrosamente a lo desolador. Hay que remontarse a 1961 para localizar la única Palma de Oro de la que goza el cine español. Hablamos de una Palma de Oro debidamente censurada en España; hablamos de una Palma de Oro cuyo argumento y razón de ser no era otro que poner en evidencia, de la mano del mismísimo Galdós, a la propia España (o a esa parte de España atada a todas sus imperfecciones y ranciedumbres); hablamos de una Palma de Oro firmada por un cineasta cuya cinematografía o es francesa o es mexicana; hablamos de Viridiana, de Luis Buñuel. Aquel era cine español y lo era esencialmente por su esfuerzo esencialmente español de ser exactamente lo contrario de sí mismo. Por supuesto, Buñuel no volvería a rodar en España hasta nueve años más tarde.
Pues bien, la edición número 79 del Festival de Cannes que ahora empieza es española. Y lo es sin remedio y de forma completamente inédita. Al lado (o mejor, por detrás) de un Pedro Almodóvar pletórico que firma en Amarga Navidad, su película más compleja, oscura, con un final para la historia del cine y esencialmente moderna, aparecen, por orden, a) Rodrigo Sorogoyen, que culmina en El ser querido y con Javier Bardem la reflexión sobre la masculinidad y el patriarcado que le ocupa desde hace ya mucho; b) Javier Ambrossi y Javier Calvo, que tienen en La bola negra su confirmación como cineastas (los dos) más allá de modas, gestos y programas de televisión, y c) el debut de la actriz Aina Clotet como arrebatada directora y aún más arrebatada protagonista con Viva. Las tres primeras comparten espacio en la sección oficial, la que aspira a la Palma de Oro, y la cuarta ocupa su sitio en La Semana de la Crítica dedicada a las óperas primas. Por haber, hay un corto en competición (Tú, yo y la vaca, de Aina Callejón) y hasta una pieza (The Black Mirror Experience, de David Bardos) en la llamada Immersive Competition dedicada fundamentalmente a la realidad virtual.
Cuando Thierry Frémaux, director artístico del festival, hizo la presentación del certamen hace semanas habló de un «cierto movimiento» para definir sin comprometerse lo que se supone que pasa en España. El lunes, en su habitual rueda de prensa, prefirió mostrarse cauto y entusiasta a partes iguales: «Veremos si se trata o no de un hecho coyuntural, pero lo cierto es que el cine español muestra una diversidad y una vitalidad sorprendentes, como nunca antes». En verdad, y con la única excepción del citado Almodóvar (que no en balde fue llamado a competir en la Croisette por primera vez en 1999 con Todo sobre mi madre), el cine español ha estado históricamente ausente salvo contadas excepciones (Víctor Erice, por ejemplo). Solo en los últimos años, autores como Jaime Rosales, Oliver Laxe, Jonás Trueba, Albert Serra, Arantxa Echevarría, Elena López Riera o Carla Simón han ido prodigándose de forma pautada y cada vez más insistente hasta cambiar de paradigma, que diría Thomas Kuhn, y llegar a lo que hoy, de repente, se antoja un milagro. No hay que perder de vista que, desde otro punto de vista no tan exquisito, el año arrancó con una cuota de pantalla del cine español con respecto al resto cercana al 31%; es decir, diez puntos por encima de lo habitual en la década. Más que hablar de un año histórico, que también, pocas veces antes el cine español puede presumir de tan poco español que es la mejor manera de reivindicarse, efectivamente, como español. Tal cual.
A su lado, la edición que comienza el martes aparece marcada por la ausencia de cine estadounidense cada vez más temeroso de sí mismo y los suyos, y cada vez más replegado sobre sus obsesiones. Los grandes estudios han desaparecido completamente y, del lado de los autores, solo Ira Sachs y James Gray mantienen el pabellón de la que aún es la principal cinematografía mundial. Lo que sigue es Cannes en su estado primigenio; es decir, la selección obligada anual de los autores obligados con parada y fonda en la excepción francesa (también ella obligatoria), que acapara la lista de 23 películas en gara con hasta seis directores y 10 de las producciones. El rumano Cristian Mungiu, el iraní Asghar Farhadi, el polaco Pawel Pawlikowski, el belga Lukas Dhont, el japonés Hirokazu Kore-eda, el ruso Andrei Zviaguintsev, la austiaca Marie Kreutzer, la alemana Valeska Grisebach, el húngaro Laszlo Nemes y el también japonés Ryusuke Hamaguchi serían los nombres que aportan, con otra vez Almodóvar a la cabeza, el pedigrí.
Así las cosas, Cannes no solo se atreve como nunca antes a ser español, sino que, como el propio Frémaux señaló, a serlo «desde tres generaciones distintas de cineastas» que hablan de una continuidad y, por tanto, de una tradición. Por primera vez, el cine español es bueno por parecerlo, por sencillamente español. Ya va tocando, tras el éxito de Carla Simón en Berlín y Almodóvar en Venecia, una segunda Palma de Oro. Sería 65 años después de la primera.
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