«Yo también dejaría que me cosificaran por estar en La Casita», bromeé… pero solo un poco. Mi amiga me miró atónita. Desde nuestra grada, observábamos a Bad Bunny perrear en su escenario más viral, esa casita puertorriqueña que cada noche llena de famosos y bellezas elegidas entre el público (sí, las elegidas solo son ellas).
Nos escandalizamos con La Casita de Bad Bunny como si el privilegio de la belleza no operara en todos los ámbitos de la vida
«Yo también dejaría que me cosificaran por estar en La Casita», bromeé… pero solo un poco. Mi amiga me miró atónita. Desde nuestra grada, observábamos a Bad Bunny perrear en su escenario más viral, esa casita puertorriqueña que cada noche llena de famosos y bellezas elegidas entre el público (sí, las elegidas solo son ellas).
Hemos visto virales de cómo se preparan las aspirantes -cualquier asistente al concierto puede serlo, aunque conviene lucir minifalda, top escueto, botita de tacón, flor caribeña en el pelo-, de cómo las escruta el ojeador de la organización. De los ruegos, de la expectación.
Hemos visto también cómo se escandalizan algunos con estos «cuerpos normativos», según leí en un diario. En realidad, un eufemismo: esas chicas no son elegidas por tener un cuerpo estándar o delgado, sino porque son guapísimas.
Están buenas y lo saben.
Nos escandalizamos, como si el sesgo ante la belleza no existiera en todos los ámbitos de la vida. Hace un siglo, el psicólogo Edward Thorndike nos habló del «efecto halo»: una sola característica positiva -la apariencia física, el estatus, el carisma…- influye en cómo valoramos a la persona en general.
Hay investigaciones que demuestran la relación de la belleza con el éxito en el trabajo, en los estudios, incluso ante la ley. «Sería una ingenuidad ignorar los prejuicios conscientes o inconscientes que llevan a patrones, autoridades, policías y jueces a dar mejor trato a la gente más atractiva», asegura Naief Yehya en el ensayo Sobre la belleza.
Cómo no van a tener prejuicios los ojeadores de Bad Bunny. Ellos visibilizan de manera más obvia algo que ya ocurre a diario.
Esa gran fiesta caribeña es una metáfora de la vida. Con su «efecto halo», con su diversión, con sus élites (los famosos, los ricos, los guapos…), con sus incoherencias. Nos empoderamos mientras meneamos el culo. Nadie lo definió mejor que el propio Bad Bunny en Yo perreo sola, himno a la independencia femenina en un género acusado de machista.
Sí, somos contradictorios. El reguetón en sí mismo lo es: cosificando, empoderando. Unos verán cosificación en La Casita, ellas celebrarán haber llegado donde querían estar.
Quizá lo incómodo no es que La Casita premie la belleza, sino que nos obliga a admitir que siempre la hemos premiado.
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