Mantiene Nietzsche que es la contradicción lo que nos hace crecer, lo que nos convierte en seres productivos. Y Rafael Manuel, cineasta filipino con el pelo alborotado y la mirada clara, no puede por menos que darle la razón. Filipiñana, recién presentada en el Festival Cinemajove, es esencialmente una película contra sí misma, una película que se niega a cada paso que da, una película que abomina de la coherencia placentera de las fotos de Instagram. Toda ella discurre en un resort de lujo de, precisamente, Filipinas; toda ella se alimenta de imágenes milimetradas y se diría que perfectas, y todo el mundo en ella parece feliz en su plácida sumisión. Y, sin embargo, duele.
Rafael Manuel estrena en Cinemajove su particular visión de lo terrible de la mano de un prodigio de cine exacto
Mantiene Nietzsche que es la contradicción lo que nos hace crecer, lo que nos convierte en seres productivos. Y Rafael Manuel, cineasta filipino con el pelo alborotado y la mirada clara, no puede por menos que darle la razón. Filipiñana, recién presentada en el Festival Cinemajove, es esencialmente una película contra sí misma, una película que se niega a cada paso que da, una película que abomina de la coherencia placentera de las fotos de Instagram. Toda ella discurre en un resort de lujo de, precisamente, Filipinas; toda ella se alimenta de imágenes milimetradas y se diría que perfectas, y todo el mundo en ella parece feliz en su plácida sumisión. Y, sin embargo, duele.
«Comparto lo que le leí a Slavoj Zizek. Él habla sobre la diferencia entre la violencia objetiva y la subjetiva. Explica cómo, en el mundo actual, los medios de comunicación priorizan un tipo de violencia muy evidente: el asesinato o la violación. Esta violencia es muy real (tiene un perpetrador y una víctima claramente definidos) y, debido a su sensacionalismo, a menudo adquiere mayor relevancia que el otro tipo más invisible y estructural. Por eso, se la considera más importante. Pero discrepo. Este otro tipo de violencia más callada me parece más peligroso porque induce a la complicidad y la obediencia. A la gente le gusta hablar de la estética de Filipiñana y de la belleza de sus imágenes. Y ésa es la clave y el sentido de todo. Cuanto más bello parece, más violenta es la situación», dice el director. Y le creemos.
Filipiñana es la historia de una adolescente contratada para colocar las pelotas de golf en su sitio. Una a una, mientras el cliente se ejercita sin molestarse lo más mínimo. Suena ridículo y lo es. Un buen día dará con un palo perdido de ese mismo deporte y, en su empeño de devolverlo y hacer lo justo, emprenderá un viaje al fondo más siniestro del establecimiento para el que trabaja, al fondo más turbio del país en el que reside y al fondo más evidente y cruel del colonialismo que ella y tantos como ella sufren en la era del turbocapitalismo. «Sinceramente, me molesta hablar de poscolonialismo. A mi juicio, el colonialismo es siempre el mismo. Antes cuando la dominación era española y ahora que es americana. Siempre es un ejercicio desigual de explotación. En Filipinas es fácil. Somos 7.000 islas y, en consecuencia, estamos muy divididos. Es fácil someternos. Nada más. Solo un dato, los campos de golf los introdujeron los estadounidenses desde las bases militares. Todo Filipinas está lleno para uso de, fundamentalmente, estadounidenses». Pausa. «Quise que la película se llamara como se llama como referencia clara al género conocido como Americana. Digamos que es su reverso exacto», explica.
Toda la cinta vive suspendida de lo que podría llamarse su nitidez emocional. Es realista, pero lo es de manera tan agresivamente clara que se diría hiperrealista. «Que en un momento dado, parezca casi un musical, no es que sea irreal, prefiero pensar que es una especie de naturalismo aumentado», precisa Manuel. De la misma manera, el argumento no lo es tal en sentido tradicional. Lo que sucede no ocurre tanto pendiente de la lógica narrativa habitual como de su propia coherencia interna, calurosamente interna, casi agobiante. «Cuando la narración es lineal solo pendiente de los hechos, de lo que sucede, la película acaba por acercarse a la propaganda. Pensemos en Transformers. Los personajes solo tienen una función instrumental. Lo que intento es ser claro emocionalmente de manera que el público tenga espacio para pensar e, incluso, discrepar», argumenta en lo que parece una recusación de muchas cosas: del cine mainstream hollywoodiense y, de nuevo, sel colonialismo como, en efecto, dos maneras de nombrar lo mismo.
Cuenta Manuel que le ha llevado casi seis años sacar adelante una película que en principio fue corto. Cuenta que pese a la descripción desangrada de su país y del régimen, no ha tenido problemas con la censura. «Los periodistas viven bajo amenaza y son asesinados, los cineastas no», dice. Y mientras cuenta, recuerda la excelente y bella acogida de su película tanto en Sundance como en la Berlinale como ahora en Cinemajove. «Cuanto más bella, más violenta».
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