Francia intuía desde hacía semanas olor a calle, protesta y contenedor quemado. Pero en el imaginario colectivo, en la peor pesadilla del Ejecutivo, la rabia adoptaba otro rostro. Todo el mundo esperaba el regreso de los chalecos amarillos, que habían convocado al fantasma del pasado el próximo 17 de octubre. Pero han sido los estudiantes los que han canalizado la cólera, el desencanto y la frustración acumulada tras diez años de macronismo. El jefe del Estado no es el único responsable, pero una triple crisis —política, económica y educativa— se cierne sobre Francia a siete meses de unas elecciones en las que la ultraderecha está más cerca que nunca de llegar al Palacio del Elíseo.
Las protestas en la calle atraen a distintos sectores marcados a fuego por la desigualdad, el deterioro de los servicios públicos y la angustia por un futuro peor que el de las generaciones precedentes
Francia intuía desde hacía semanas olor a calle, protesta y contenedor quemado. Pero en el imaginario colectivo, en la peor pesadilla del Ejecutivo, la rabia adoptaba otro rostro. Todo el mundo esperaba el regreso de los chalecos amarillos, que habían convocado al fantasma del pasado el próximo 17 de octubre. Pero han sido los estudiantes los que han canalizado la cólera, el desencanto y la frustración acumulada tras diez años de macronismo. El jefe del Estado no es el único responsable, pero una triple crisis —política, económica y educativa— se cierne sobre Francia a siete meses de unas elecciones en las que la ultraderecha está más cerca que nunca de llegar al Palacio del Elíseo.
La música del macronismo ha dejado de sonar definitivamente y la decadencia y un sentimiento crepuscular —una era que apura penosamente su último aliento— se han apoderado de la ciudadanía. Según el último estudio Fractures françaises, publicado en 2025, el 90% de los franceses considera que el país está en declive, una cifra que marca el máximo desde que comenzó la serie en 2014. Más aún, casi uno de cada tres encuestados (el 32%) cree que ese declive es irreversible, lo que revela no solo un diagnóstico sombrío del presente, sino una creciente resignación ante la posibilidad de revertirlo.
La protesta estudiantil, a seis meses de unas elecciones presidenciales cruciales, encarna ahora la rebelión contra ese estancamiento con lemas tan básicos como “queremos un futuro”. El politólogo Marc Lazar, profesor de Sociología Política del Instituto de Ciencias Políticas de París (Sciences Po) y del centro Luiss en Roma, cree que “es un movimiento poliédrico que revela un clima muy degradado socialmente en Francia”.
“La cuestión del poder adquisitivo es la prioridad de los franceses. Pero también la sanidad, el precio de los carburantes y la electricidad, que impacta contra la vida corriente… han creado un clima social explosivo. ¿Será este movimiento el que encienda el polvorín? La manifestación del 17 de octubre será muy importante para ver si otros sectores se suman a este clima y todo explota”, señala Lazar. “Es un movimiento joven preocupado por el futuro, el clima, la guerra, el mercado laboral, la inteligencia artificial, el miedo por vivir en una sociedad en la que no tendrán ni jubilaciones… Pero llega en un momento en que todos los franceses están enfadados», agrega el profesor.
La protesta ha canalizado un hartazgo masivo en la llamada Generación Z, nacida y crecida tras el cataclismo financiero de 2008, castigada emocionalmente en el encierro de la pandemia. Primero fue la banlieue. Las zonas deprimidas. Institutos de las coronas urbanas como Créteil, donde el 21 de septiembre nació la queja a partir de asuntos tan básicos como ausencia de papel de váter o la insalubridad. Luego se extendió al centro de las grandes ciudades, al nivel educativo, a la falta de recursos humanos.
El politólogo y experto en sondeos Jean-Yves Dormagen advierte de que “el contexto es cada vez más pesado y duro”. “La crisis de los estudiantes tiene su propia lógica. La juventud está muy estresada, angustiada por el futuro. Muchas veces por cuestiones de carácter general, como el cambio climático. Pero también concretas como el sistema de selección Parcoursup [un software que selecciona con criterios poco transparentes el recorrido universitario de los alumnos]”, explica Dormagen. Y hay también, según el politólogo, “una dimensión política”: “La juventud es mayoritariamente de izquierdas y es hostil al macronismo y al [partido] Reagrupamiento Nacional. Especialmente la juventud de banlieue, ligada a la inmigración, y la del centro de las ciudades, que es más cosmopolita. Y esa mezcla explica las manifestaciones y bloqueos de institutos”.
Los estudiantes, a los que ya se han sumado los universitarios y otros sectores en crisis como los agricultores o los bomberos, insisten en la singularidad de su protesta. Pero creen que puede extenderse a una idea de servicios públicos lastrada ideológica y presupuestariamente. “Hace muchos años que no se invierte. Antes incluso de que llegara Macron en 2017. Pero en los diez años de su mandato los recortes han sido evidentes. Un proceso de liberalización y privatización destinado a destruir la enseñanza pública. Y se observa desde el parvulario a la universidad. El único objetivo es que sea solo una élite la que acceda a determinados estamentos educativos y públicos. Alguien con un nombre de origen africano tiene menos posibilidades de llegar a un máster. Y eso sí es fruto del macronismo”, explica Félix Stivet, de Unión de Estudiantes, coordinadora de las protestas.
La enseñanza, la escuela pública, fue el pilar republicano sobre el que se apoyó la idea de igualdad. “Pero la percepción es que ya no es igualitaria. Se observa como un gran enfermo. Y lo hemos visto en el informe PISA [nunca Francia tuvo unos resultados tan bajos como en 2026]. La idea general es que la escuela ya no promueve el ascenso social, los profesores son maltratados, los alumnos reciben una educación distinta dependiendo del centro y de su origen. Hay algo muy negativo en el juicio sobre el sistema educativo”, insiste Dormagen.
Las protestas, que han dejado ya 6.800 arrestos y más de 50 policías heridos, no son una rebelión cualquiera y llegan en el peor momento. El primer ministro, Sébastien Lecornu, comenzará esta semana a debatir un presupuesto público con violentos ajustes de hasta 54.000 millones de euros. Unas cuentas que ninguna fuerza política querrá hacer suyas en un clima de precampaña electoral. Una situación crítica que podría terminar con una moción de censura a su Ejecutivo. De hecho, el Reagrupamiento Nacional (RN) y La Francia Insumisa (LFI) han adelantado que censurarán cualquier presupuesto que no revierta el alza de los carburantes o no incluya una compensación directa para los automovilistas.
El paisaje de fondo, sin embargo, no favorece este tipo de esfuerzos. El Banco de Francia ha rebajado su previsión de crecimiento para 2026 hasta el 0,4-0,5%, muy por debajo del 1% que manejaba a finales de 2025, y elevó su pronóstico de inflación hasta el 2,5% para este año, casi un punto por encima de lo calculado meses atrás. La propia entidad admite que ese menor crecimiento, combinado con el encarecimiento de la deuda, empujará el déficit público al 5,2% del PIB en 2026, frente al 5,1% de 2025. Un cóctel que eleva la deuda pública hasta el 119,8% del PIB.
La única fuerza política que ha sabido canalizar las protestas de los estudiantes ha sido la izquierdista LFI de Jean-Luc Mélenchon. Pero la violencia y los altercados en la calle, los enfrentamientos con la policía, cree Lazar, podrían generar un efecto electoral contrario. “Hay una gran incertidumbre política. Yo no estoy seguro de que beneficie a LFI. No hay automatismos entre la subida de la desigualdad, la precariedad del mercado laboral y un voto por la izquierda. Una parte de la clase popular sufre, pero los que votan RN siguen teniendo como prioridad la inmigración. Yo no estoy seguro de que estas protestas vayan a favorecer directamente a LFI”, señala Lazar.
El día 13 de octubre los estudiantes volverán a la calle de forma masiva. La idea es presionar hasta que haya una respuesta concreta del gobierno, incluso con una huelga general. Además, el 17 hay convocada una manifestación nacional en la que podrían reaparecer los chalecos amarillos y el resto del mes se sucederán las protestas por el clima. “Será un mes explosivo”, advierte Dormagen. “Y globalmente refuerza la percepción mayoritaria de decadencia, de una sociedad que va mal, de un segundo mandato muy negativo. Debilita al macronismo, pero también a todas las fuerzas asociadas a él, como sus ex primeros ministros Gabriel Attal y Édouard Philippe [candidatos a la presidencia en las próximas elecciones]. Todo esto beneficia a los extremos, los mejor situados para pasar a la segunda vuelta. Hoy el espacio moderado está en crisis”, concluye el experto.
La victoria de Macron en las elecciones presidenciales de mayo de 2017 se interpretó como un freno a las fuerzas nacionalistas que habían vencido unos meses antes en Estados Unidos —primera era Trump— y en el Reino Unido, con el voto favorable a la salida de la UE. Francia debía adaptarse a un capitalismo en transformación. Había que introducir fluidez en la economía y flexibilidad en el mercado laboral. Macron conocía ese mundo, venía de la banca. Entendía el dinero. Pero se había criado en el Partido Socialista y era también consciente de la necesidad de preservar ciertos equilibrios, impartir justicia social, coser las fracturas.
El jefe del Estado era “al mismo tiempo” de izquierdas y de derechas, progresista y liberal, fervientemente europeísta y apegado a la Francia nacionalista de De Gaulle. La filosofía aporética de Paul Ricoeur, filósofo del que se enamoró, invitaba a explorar los dos polos de cualquier análisis, pensarse juntos, en même temps. Macron, siendo estudiante, ayudó al pensador a preparar su última obra, La memoria, la historia, el olvido. Los presentó François Dosse, experto en el filósofo y entonces profesor del actual presidente en Science Po.
Hoy hay pocas personas que encarnen mejor la desilusión que deja el macronismo que este intelectual: “Atravesamos un malestar acumulado de categorías sociales muy distintas. Y ahora también en la juventud. Es una explosión que habla del fin del macronismo, pero también de la angustia que ha generado la falta de respuestas a los problemas de hace diez años. No todo es su culpa, pero lleva una década en el poder. Y lo más grave es que prometió la justicia social y nunca hemos tenido desigualdades tan fuertes”.
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