El viernes por la tarde, en una gasolinera del adinerado suburbio parisino de Neuilly-sur-Seine, a pocos metros del estadio de Roland Garros, un transportista se acerca al surtidor e invoca la suerte de algunos de los parientes del Gobierno francés. La pantalla marca 2,82 euros por litro de diésel, otro récord en plena crisis por el precio de los carburantes. “Trabajo en la furgoneta y cada subida repercute en mi sueldo, pero eso le importa un bledo a los políticos”, lamenta. “Por supuesto que estaría justificado que hubiera protestas”, insiste sacando de debajo del asiento del copiloto el clásico chaleco amarillo que se utiliza en caso de avería, pero que se convirtió en 2018 en símbolo de las protestas contra el Gobierno.
El movimiento ha convocado en redes una protesta para el 17 de octubre, que han apoyado el Partido Comunista y La Francia Insumisa, justo cuando el Ejecutivo presentará un presupuesto con un ahorro de 54.000 millones de euros
El viernes por la tarde, en una gasolinera del adinerado suburbio parisino de Neuilly-sur-Seine, a pocos metros del estadio de Roland Garros, un transportista se acerca al surtidor e invoca la suerte de algunos de los parientes del Gobierno francés. La pantalla marca 2,82 euros por litro de diésel, otro récord en plena crisis por el precio de los carburantes. “Trabajo en la furgoneta y cada subida repercute en mi sueldo, pero eso le importa un bledo a los políticos”, lamenta. “Por supuesto que estaría justificado que hubiera protestas”, insiste sacando de debajo del asiento del copiloto el clásico chaleco amarillo que se utiliza en caso de avería, pero que se convirtió en 2018 en símbolo de las protestas contra el Gobierno.
Nadie protesta todavía en la calle. Pero en las redes, desde hace semanas, han empezado a agitarse algunas iniciativas. Todo empezó con un clip en TikTok, un malestar generalizado por el encarecimiento de los combustibles, y una fecha: 17 de octubre. La convocatoria nació en redes sociales hace menos de diez días y se convirtió en el nuevo objeto político-mediático de septiembre. La petición ―que incluía una especie de póster diseñado con IA― reclamaba una movilización nacional de “chalecos amarillos” con ocupación de rotondas y plazas en todo el país mientras sonaba de fondo una canción con el estribillo: “Macron, dimisión”.
Nadie le dio mucha importancia al principio. No está claro ni siquiera que pueda tener seguimiento sin una reivindicación oficial. El corazón del movimiento, esa es la diferencia, estaría formado por jóvenes (la media de edad en 2018 eran 47 años). Su imagen sigue muy manchada por la violencia y por el flirteo de muchos de sus miembros con la ultraderecha o con los movimientos antivacunas. Pero hay un cierto desconcierto que recuerda al que paralizó al poder francés hace ocho años, cuando un movimiento sin líderes ni siglas logró lo que ningún sindicato había conseguido en décadas.
La convocatoria, sin embargo, ha recibido el rápido respaldo de Fabien Roussel, líder del Partido Comunista, y de La Francia Insumisa (LFI). También Marine Tondelier, líder de los Ecologistas, aseguró que apoyaría manifestaciones. El Partido Socialista (PS), en cambio, se ha mostrado más cauto por temor a quedar asociado a un movimiento que en 2018 ninguna fuerza política fue capaz de canalizar. Especialmente después de que uno de sus candidatos a las primarias, Philippe Brun, el dirigente que más se acercó a dicho movimiento de los chalecos amarillos, haya quedado suspendido tras un presunto caso de violencia contra una mujer.
La inquietud ha llegado al Palacio del Elíseo, desde donde el presidente, Emmanuel Macron, intentó quitarle hierro hace unos días mientras el Ejecutivo ampliaba el plazo de las ayudas al carburante: “Cuando hay una movilización social, por ejemplo, porque se aprueba una reforma de las pensiones y la gente pide que se dé marcha atrás, se puede entender; uno puede estar en desacuerdo. Pero ese movimiento social tiene una posible solución que está en manos de la persona o del Gobierno contra el que se protesta. Ahora no creo que una movilización de ese tipo sea útil. Al contrario, tenemos que permanecer unidos. Las fuerzas políticas deben ser lo más responsables posible e intentar tomar las decisiones más responsables para preparar a los franceses para el futuro y lograr que los conflictos encuentren una salida”.

Macron y el Ejecutivo se han esforzado estos días en desvincular la subida de precios de las competencias del Gobierno. El jefe del Estado convocó una reunión con todos los líderes de los partidos con representación en la Asamblea Nacional para explicar las causas y señalar directamente a los conflictos en Irán y Ucrania.
El regreso de los chalecos amarillos podría presentarse bajo otra apariencia, creen algunos. El expresidente François Hollande, en una entrevista con este periódico, decía esta semana: “Ningún movimiento se repite jamás de manera idéntica. Hoy los franceses sufren y están enojados. Pero no necesariamente tienen ganas, a pocos meses de una elección presidencial, de complicar aún más la situación del país. Pero ¿hasta cuándo? La paradoja es que si el precio de los combustibles sube, es a causa de la guerra que libra Donald Trump en Oriente Próximo, y que cuanto más se degrada la situación que él ha creado, más beneficia a los extremistas a los que él apoya”.
El problema es la cercanía a las elecciones. El primer ministro, Sébastien Lecornu, ha presentado el esqueleto de un presupuesto que incluye 54.000 millones de euros en recortes y que ninguna fuerza política querrá hacer suyo en un clima de precampaña electoral. Una situación crítica que podría terminar con una moción de censura a su Ejecutivo y con el retorno de la cólera a la calle. De hecho, el Reagrupamiento Nacional (RN) y La Francia Insumisa han adelantado que censurarán cualquier presupuesto que no revierta el alza de los carburantes o no incluya una compensación directa para los automovilistas.
El paisaje de fondo, sin embargo, no favorece este tipo de esfuerzos. El Banco de Francia rebajó hace apenas unos días su previsión de crecimiento para 2026 hasta el 0,4-0,5%, muy por debajo del 1% que manejaba a finales de 2025, y elevó su pronóstico de inflación hasta el 2,5% para este año, casi un punto por encima de lo calculado meses atrás. La propia entidad admite que ese menor crecimiento, combinado con el encarecimiento de la deuda, empujará el déficit público al 5,2% del PIB en 2026, frente al 5,1% de 2025. La inflación interanual ya se situó en agosto en el 2,4%, acelerando desde el 2,1% de julio, con una energía que se ha encarecido un 16,7% en 12 meses.
El movimiento de los chalecos amarillos surgió en Francia en 2018 como una convocatoria en redes contra el alza de los precios de los combustibles impulsada por el Gobierno de Macron, y se definió a sí mismo como ciudadano, transversal, sin portavoces ni líderes oficiales y sin adscripción a ningún partido. El 17 de noviembre de 2018, su jornada fundacional, reunió a 282.000 personas que se manifestaron en todo el país. Ahora, ocho años después, la sombra de su regreso señala también un día 17, un mes antes en el calendario, justo al final del mandato del presidente a quien recibieron entonces.
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