La ultraderecha alemana, encarnada hoy en Alternativa para Alemania (AfD), está a un paso de gobernar una región del país por primera vez desde el Tercer Reich y los servicios de inteligencia ven en ese partido un riesgo para la seguridad nacional. Hasta hace unos días, el debate giraba en torno a su posible ilegalización por considerar sus propuestas al margen de la Constitución. Ahora, la duda es si conseguirá el voto favorable de BSW en una votación en la que incluso la abstención de esta fuerza, que se autodenomina de izquierdas, podría servirle para liderar el Ejecutivo de Sajonia-Anhalt, uno de los Estados más pobres de Alemania. Un vuelco total en una escena política, la germana, hasta ahora dominada por el cordón sanitario frente a la extrema derecha. Estas son algunas de las principales propuestas e ideas que defiende AfD:
La formación que lidera Alice Weidel está a un paso de hacerse con el Gobierno de Sajonia-Anhalt, uno de los Estados más pobres de Alemania
La ultraderecha alemana, encarnada hoy en Alternativa por Alemania (AfD), está a un paso de gobernar una región del país por primera vez desde el Tercer Reich y los servicios de inteligencia ven en ese partido un riesgo para la seguridad nacional. Hasta hace unos días, el debate giraba en torno a su posible ilegalización por considerar sus propuestas al margen de la Constitución. Ahora, la duda es si conseguirá el voto favorable de BSW en una votación en la que incluso la abstención de esta fuerza, que se autodenomina de izquierdas, podría servirle para liderar el Ejecutivo de Sajonia-Anhalt, uno de los Estados más pobres de Alemania. Un vuelco total en una escena política, la germana, hasta ahora dominada por el cordón sanitario frente a la extrema derecha. Estas son algunas de las principales propuestas e ideas que defiende AfD:
Reinterpretación de la historia. “Debemos fomentar los aspectos positivos de la historia alemana, construir un sentimiento de orgullo y confianza en ser alemán”, se lee en el programa de gobierno de la formación, que también lidera los últimos sondeos a escala federal. Hablan repetidamente de recuperación del “orgullo alemán” en prácticamente todos los ámbitos, incluido el cultural. Algo más que controvertido en un país sobre el que pesa, y mucho, el terrible legado nazi.
Antiinmigración. Si algo preocupa a AfD —y a la mayoría de sus votantes— es la inmigración. Bandera común de toda la ultraderecha europea, el partido se propone acabar con las llegadas de peticionarios de asilo, revirtiendo así por completo el esquema de acogida puesto en marcha en tiempos de la excanciller conservadora Angela Merkel: “Es necesario un cambio de paradigma”.
En el caso de Sajonia-Anhalt, su promesa es deportar inmediatamente a todos los migrantes que no tengan los papeles en regla. Defiende abiertamente las repatriaciones, acabar con la “falsa tolerancia”, transparentar los —supuestos— “costes de la inmigración” y “dejar de disfrazar y ocultar” los crímenes cometidos por migrantes. Sin aportar prueba alguna, eso sí, de que eso esté sucediendo.
AfD no solo va en contra de la llegada de inmigrantes procedentes de países extracomunitarios —Ucrania incluida—: también propugna el fin de Schengen, el tratado que consagra la libre movilidad de ciudadanos de la Unión Europea, Noruega, Islandia, Suiza y Liechtenstein. A cambio, quiere incentivar la natalidad —algo que ningún país europeo ha logrado— con un lema de lo más efectista: “Familias más grandes en lugar de inmigración masiva”.

Etnonacionalismo. La formación que lidera Alice Weidel pone el acento en la necesidad de “preservar la cultura y la lengua” germanas, esta última, como “punto focal de la identidad” nacional que tenga como pilar una “política cultural patriótica” que cercene toda expresión de “arte antialemán”. Pone la proa contra la religión islámica por su —supuesta— “tensa relación” con el sistema alemán de valores. “El islam no pertenece a Alemania”, sentencia al tiempo que aboga por el cierre de todas las escuelas coránicas.
Pese al pasado filonazi de varios de sus dirigentes, el partido ha tratado de desvincular su marca de aquel periodo de infausto recuerdo para Alemania, para Europa y para el mundo. “Más [Otto von] Bismarck, menos [Adolf] Hitler”, decía recientemente una de sus caras visibles en Sajonia-Anhalt, Hans-Thomas Tillschneider, en un intento por reivindicar la reunificación en lugar de un Tercer Reich que, sin embargo, tampoco critican.
Contra el feminismo. “Las cuotas de género son improductivas e injustas”, se lee en el primer gran manifiesto de AfD. Era 2017, y, aunque habían pasado ya cuatro años desde su fundación, seguía siendo una fuerza minoritaria, lejos de lo que es hoy. Defendía, también, poner punto final a la “transformación de la lengua alemana” hacia la neutralidad de género. “Desideologizar la escuela”, una idea repetida hasta la saciedad en las últimas campañas electorales. Prohibir, entre otras muchas cosas, la bandera arcoíris. Y dejar atrás cualquier atisbo de “promoción de los estudios [académicos] de género” en las universidades.
Discriminación en las escuelas. Bajo la promesa de una “política educativa completamente nueva, diferente”, AfD busca segregar en las aulas tanto a los hijos de refugiados —siempre bajo la premisa de que su estancia en Alemania es temporal— como a los niños con discapacidad.
Mucho más cerca de Moscú que de Bruselas. Crítica hasta la extenuación con las instituciones europeas y todo lo que huela al proyecto común, su cercanía con Rusia de Vladímir Putin es más que evidente. En junio pasado, una delegación de alto nivel de AfD mostraba en el Foro Económico de San Petersburgo su férrea lealtad al Kremlin, que adereza con constantes reprobaciones a Ucrania y a cualquier política de los Veintisiete tendente a reforzar a Kiev frente a una invasión que pronto cumplirá un lustro.
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