A finales de 2025, Substack alcanzó la condición de unicornio. La plataforma pensada para periodistas, escritores y urdidores de newsletters había levantado en julio una ronda de 100 millones de dólares, la mayor de su historia, aunque años antes, en verano de 2019, ya se benefició del espaldarazo de una de las gestoras de fondos más poderosas del mundo, Andreessen Horowitz. Las cifras oficiales de la compañía revelan el siguiente mapa: 17.000 autores obtienen algún tipo de ingreso, hay 35 millones de usuarios mensuales activos y otros cinco millones de lectores pagan por los contenidos a los que acceden.
Todavía hay quien cree que levantar una ronda de 100 millones es un éxito rotundo. Esas cifras imponen una montaña equivalente de obligaciones que empujan a la plataforma de Chris Best a imitar a las redes sociales
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A finales de 2025, Substack alcanzó la condición de unicornio. La plataforma pensada para periodistas, escritores y urdidores de newsletters había levantado en julio una ronda de 100 millones de dólares, la mayor de su historia, aunque años antes, en verano de 2019, ya se benefició del espaldarazo de una de las gestoras de fondos más poderosas del mundo, Andreessen Horowitz. Las cifras oficiales de la compañía revelan el siguiente mapa: 17.000 autores obtienen algún tipo de ingreso, hay 35 millones de usuarios mensuales activos y otros cinco millones de lectores pagan por los contenidos a los que acceden.
El mensaje siempre ha sido el mismo: oye, amigo reportero, camarada literato, ¿no te parecería maravilloso obtener un salario extra teniendo en cuenta que te mueves en una industria que oscila entre lo apretado y lo decadente? Este imán es efectivo porque el estamento al que se dirige actúa con un grado de romanticismo inexistente en otras profesiones. Primero fueron las firmas estampadas en un medio en papel, luego las versiones web, más tarde los blogs, un poco después la newsletter y en última instancia la herramienta democratizadora definitiva, Substack, venida para quedarse y regar de euros un erial. Pese a las mutaciones, la idea de fondo nunca ha variado: se trata de constar, de lanzar al mar un mensaje en una botella que un par de miles de personas estén dispuestas a desgranar en dos o tres minutos.
Con 100 millones sobre la mesa, a la compañía que fundó y dirige Chris Best desde San Francisco le ocurre lo mismo que a otras startups venidas a mucho más. El dinero impone un retorno a medio plazo y ese retorno, basado en un múltiplo más o menos abultado, se apoya a su vez en el crecimiento de la masa crítica y los ingresos. Pero ya han visto los números: ¿qué son 35 millones de usuarios comparados con los 3.000 millones de los que presume Facebook? Para el equipo de Best, la solución está clara: hay que parecerse cada vez más a una red social.
Cientos de artículos publicados en la propia plataforma, plagada ya de iluminados al más puro estilo de LinkedIn, advierten en sus textos de lo tortuoso que es expandirse y contar con una base sólida de adeptos. Al igual que ocurre con el gusto editorial, plagado de títulos sencillos y alérgico a veces a la literatura de alto voltaje, el lector no busca necesariamente calidad (ese será siempre un nicho), sino lemas y brebajes. Poco a poco, ocurren tres cosas en Substack. Por un lado, el artículo puro y duro deja paso a la nota, que en el mejor de los casos es como un epigrama en X y exige mucho menos esfuerzo. En segundo lugar, el suscriptor deja paso al seguidor, en otro fiel reflejo del proceso mimético hacia la red social. Y, por último, en la orilla creadora no habitan ya sólo esos escritores sufrientes que sueñan con otro (o el primer) sueldo, sino artistas visuales, fotógrafos, chefs y toda clase de influencers.
Quizás quepa una lectura antropológica. Aunque parte de la deriva superficial la provoque con sus propias obligaciones financieras la empresa en cuestión, y esta realidad es inherente al acceso por la puerta grande al capital riesgo, parte del fenómeno que transforma cualquier proyecto ilusionante en una fea amalgama de monólogos se debe al humano del siglo XXI y la digitalización. Las principales evaluaciones internacionales alertan de una caída en picado de la comprensión lectora, luego un producto pensado para lectores ha de tener muy en cuenta que ese lector no es como el de hace 50 años. Su capacidad de atención es limitada, su mente es prisionera de la adicción al estímulo y se enfrenta en realidad a una panda de narcisistas, convencidos muchos de ellos de su extraordinario talento y singularidad, muy en la línea del narcisismo criticado en innumerables ocasiones por el filósofo Byung-Chul Han o la socióloga Eva Illouz.
Así que, salvo que un milagro catártico lo impida, Substack acabará en el mismo cajón que otros conglomerados que hoy son gigantescos muertos vivientes, empezando por Facebook y terminando por TikTok e Instagram. La verdadera revolución será escribir para uno mismo y lanzar al mar una botella esperando que un editor loco dé con ella.
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