El señor de los anillos transcurre en la Tierra Media, un lugar, en principio, imaginario, habitado por diferentes razas —humanos, hobbits, magos, elfos, orcos, enanos, criaturas extrañas como Gollum— que se enfrentan o colaboran entre ellas, bajo la constante amenaza de un poder siniestro que todo lo observa, Sauron. Pero aquel lugar es, en el fondo, totalmente real. Es el trasunto del mundo que el escritor británico J.R.R. Tolkien (1892-1972) conoció: el siglo XX, con todas sus brutalidades, sus avances y transformaciones a veces tan rápidas y radicales que sus habitantes apenas podían entenderlas, por no hablar de digerirlas.
El Papa hizo referencia al mago de ‘El señor de los anillos’, una obra que en realidad describe los horrores y los cambios del siglo XX
El señor de los anillos transcurre en la Tierra Media, un lugar, en principio, imaginario, habitado por diferentes razas —humanos, hobbits, magos, elfos, orcos, enanos, criaturas extrañas como Gollum— que se enfrentan o colaboran entre ellas, bajo la constante amenaza de un poder siniestro que todo lo observa, Sauron. Pero aquel lugar es, en el fondo, totalmente real. Es el trasunto del mundo que el escritor británico J.R.R. Tolkien (1892-1972) conoció: el siglo XX, con todas sus brutalidades, sus avances y transformaciones a veces tan rápidas y radicales que sus habitantes apenas podían entenderlas, por no hablar de digerirlas.
Mordor, la guarida desde la que el mal absoluto trata de controlar la Tierra, está inspirada por el nazismo, pero también por la propia experiencia de su autor, que sobrevivió de milagro a las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Se alistó recién licenciado en Oxford y participó en la batalla del Somme, el mayor desastre militar del Reino Unido. El 1 de julio de 1916, en uno de los grandes —y más estúpidos e innecesarios— errores bélicos de la historia, oficiales británicos mandaron a decenas de miles de soldados contra las ametralladoras alemanas en una ofensiva absurda: 20.000 muchachos murieron y 40.000 resultaron heridos en apenas unas horas.

Tolkien es una de las referencias culturales que el papa León XIV ha introducido en su primera encíclica, titulada Magnifica humanitas, y publicada el lunes. La Novena sinfonía de Beethoven, como símbolo de la unidad europea; la historia de Oskar Schindler, el alemán que salvó a cientos de judíos durante el Holocausto; la filósofa Hannah Arendt, historiadora del autoritarismo; o el Guernica de Pablo Picasso fueron otras citas que el Pontífice introdujo en un texto en el que advertía sobre el peligro que la inteligencia artificial puede representar para la humanidad si crece de manera descontrolada y queda en manos de una élite, fuera de todo escrutinio democrático.
La encíclica hacía referencia a otro texto, Rerum novarum (De las cosas nuevas), que el papa León XIII escribió un siglo antes, cuando Occidente estaba sufriendo una transformación radical, similar a la que podemos estar viviendo ahora. El Pontífice denunció entonces la deshumanización de la revolución industrial y el auge del comunismo como León XIV advertía sobre los peligros de la tecnología actual: “Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien”.
Tolkien pasó por la enorme transformación que intuyó León XIII: pertenece a aquella generación que pudo ir en coche de caballos al colegio y en un vehículo de motor a la universidad. Vivió el nacimiento de la aviación, del cine, de la radio, más tarde de la televisión; pero también sufrió en sus propias carnes el poder destructivo de la guerra moderna. En la batalla del Somme, por ejemplo, se utilizaron carros de combate por primera vez.
Tolkien, uno de los diez autores más leídos de la historia, ha tenido muchísimas interpretaciones y ha sido utilizado por todo tipo de corrientes ideológicas. Lo grave es que seguramente todas tengan razón de alguna manera. La primera ministra ultraderechista italiana, Giorgia Meloni, es una fanática de la saga y el mayor logro cultural de su mandato ha sido una tristona exposición sobre El señor de los anillos. Tolkien era, efectivamente, profundamente conservador: creía que una élite tenía que mandar sobre los demás y añoraba un mundo de antaño en el que los valores de la rancia pequeña nobleza rural británica —la gentry— dominaban la sociedad. Asimismo, fue reivindicado por los hippies y los primeros ecologistas. También es correcto: sus libros denuncian la destrucción de la naturaleza por una industria que arrasa con todo.

El peligro que representaban los grandes totalitarismos (comenzó a escribir su libro en 1937), la idea de que personas muy distintas deben colaborar para enfrentarse al mal, la reivindicación de la convivencia entre diferentes pueblos, la solidaridad… Todo eso está en Tolkien, como también la defensa de los valores cristianos. Tolkien era un católico practicante en un entorno hostil anglicano —su credo no fue legalizado en las islas hasta 1829—. La idea de que un ser insignificante, que viene de un rincón perdido, puede ser el elegido y salvar a la humanidad con su sacrificio está en el corazón de una trilogía que las nuevas generaciones han descubierto gracias a las películas de Peter Jackson, estrenadas hace 25 años.
Pero es especialmente reveladora la cita y el personaje que León XIV eligió para su encíclica: la frase más famosa de Gandalf, el mago blanco que ayuda a Frodo en su camino para destruir el anillo, que sirve de unión entre los pueblos de la Tierra Media. “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir”. En la película de Peter Jackson se expresa así: “No podemos elegir los tiempos que nos toca vivir. Lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado”.
Es una escena en la que habla de la compasión hacia el otro, pero también una llamada a no resignarse, a no dejar caer los brazos ante fuerzas que parecen demasiado poderosas, pero que pueden ser derrotadas. Los tiempos son los que son, pero precisamente por eso no debemos resignarnos cuando la amenaza de Mordor es más intensa que nunca desde los años veinte del siglo pasado. Otra frase legendaria de Gandalf es: “Un mago nunca llega pronto ni tarde. Llega exactamente cuando se lo propone”. Ojalá esta encíclica contra los poderes absolutos y a favor de la solidaridad y la humanidad haya llegado cuando tiene que llegar.
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