Además de liquidar al líder terrorista Osama Bin Laden, las fuerzas especiales Navy Seals se hicieron aquel 2 de mayo de 2011 con un botín muy preciado durante su operación en Abbottabad, en el noreste de Pakistán: 6.000 páginas vinculadas a la red Al Qaeda, responsable de los atentados contra Estados Unidos del 11-S, cometidos hace 25 años. El dosier incluía una misiva firmada de puño y letra por el veterano yihadista libio Atiyad Abd al Rahman, y dirigida al propio Bin Laden. El remitente rezaba, en julio de 2010, por la liberación de tres mandos terroristas. Al menos uno de ellos, Saif al Adel, se encontraba bajo arresto domiciliario en Irán. Antiguo militar egipcio y de larga trayectoria en la guerra, Al Adel ocupaba ya un lugar destacado en la organización. Poco más ha trascendido sobre él, salvo que, tras la muerte de Bin Laden —y 11 años después, de su relevo, Ayman al Zawahiri—, Al Adel es el jefe. Eso sí, desde la sombra.
El actual líder del grupo terrorista, el egipcio Saif al Adel, opera en la sombra desde Irán. Los éxitos de la guerra emprendida por Estados Unidos evitan que el veterano yihadista haya sido siquiera nombrado públicamente como jefe de la red terrorista
Además de liquidar al líder terrorista Osama Bin Laden, las fuerzas especiales Navy Seals se hicieron aquel 2 de mayo de 2011 con un botín muy preciado durante su operación en Abbottabad, en el noreste de Pakistán: 6.000 páginas vinculadas a la red Al Qaeda, responsable de los atentados contra Estados Unidos del 11-S, cometidos hace 25 años. El dosier incluía una misiva firmada de puño y letra por el veterano yihadista libio Atiyad Abd al Rahman, y dirigida al propio Bin Laden. El remitente rezaba, en julio de 2010, por la liberación de tres mandos terroristas. Al menos uno de ellos, Saif al Adel, se encontraba bajo arresto domiciliario en Irán. Antiguo militar egipcio y de larga trayectoria en la guerra, Al Adel ocupaba ya un lugar destacado en la organización. Poco más ha trascendido sobre él, salvo que, tras la muerte de Bin Laden —y 11 años después, de su relevo, Ayman al Zawahiri—, Al Adel es el jefe. Eso sí, desde la sombra.
Una de las escasas fotografías de este terrorista data del año 2012, con el cadáver de Bin Laden ya en el fondo del mar. En la imagen, en los archivos del FBI, un individuo identificado como Al Adel aparece con gafas de sol, una camiseta gris y un pantalón informal, sentado en la calle con un rosario en la mano. La foto está tomada en Teherán, la capital iraní. De barba rala y poco pelo, el sujeto aparenta algo más de 50 años.
Según los pocos datos biográficos que constan sobre él, este egipcio nació un 11 de abril de 1960 o 1963. Tiene en la actualidad algo más de 60 años, con lo que era prácticamente un veinteañero cuando saltó de las fuerzas especiales egipcias a la guerra santa armada contra el ejército soviético en Afganistán. Desde ahí, llegó a los campos de entrenamiento de Al Qaeda y al círculo cercano del acaudalado saudí Osama Bin Laden.
“Pertenece a la vieja guardia de Al Qaeda”, explica en un correo el experto danés en terrorismo Tore Hamming. “Desde un punto de vista operativo, podría decirse que es una figura más seria de lo que jamás fue Al Zawahiri”. Esto, sobre todo, en el campo de batalla. Al Adel fue siempre un estratega militar respetado entre los suyos, aunque no contara con todas las simpatías de Bin Laden. En una de las cartas recuperadas en Abbottabad, el saudí expresó dudas sobre la gestión política y estratégica de Al Adel. Este, en otra misiva, puso en cuestión la “temeridad” de Al Qaeda y sus acciones tras el 11-S, que desencadenaron la guerra contra el terror declarada por Estados Unidos. Es decir, que todo el que asomara la cabeza pudiera acabar con los pies por delante.

A pesar de aquella falta de sintonía, una vez aniquilado el también egipcio Al Zawahiri, en el verano de 2022, en un ataque de un dron estadounidense contra su domicilio en Kabul, no había dudas de que Al Adel ocuparía la jefatura de la hidra. Así aparece en la decena de informes de inteligencia publicados en los últimos cuatro años por el grupo de expertos que monitorea para la ONU las actividades de Al Qaeda.
Es por esto por lo que Estados Unidos, que acusa a Al Adel de los atentados contra sus embajadas en Tanzania y Kenia en agosto del 1998, ofrece por informaciones que faciliten su captura una recompensa de 10 millones de dólares. En el pliego de cargos contra Al Adel, Washington le responsabiliza incluso de adiestrar a los combatientes somalíes que en octubre de 1993 mataron en Mogadiscio, la capital somalí, a 18 soldados estadounidenses tras derribar dos helicópteros Black Hawk.
Acabar con el actual jefe de Al Qaeda es, no obstante, una tarea difícil cuando ni siquiera el consejo de la Shura de la red terrorista, su máximo órgano de gobierno, ha admitido que el egipcio esté a los mandos. Hamming explica tres motivos por el que Al Adel opera en la sombra: primero porque sucede a Al Zawahiri y este murió mientras residía en el Kabul gobernado ya por los talibanes. El grupo integrista, que toleraba su presencia en la capital afgana, nunca quiso admitirlo.
En segundo lugar, Al Adel, al frente de una organización de corte suní, reside en Irán, país de mayoría chií, repudiada por los yihadistas, con el que la red ha mantenido una especial relación por motivos geográficos —la presión del ejército estadounidense llevó a muchos a cruzar la frontera entre los dos países en la primera década del siglo— y operacionales, al tener enfrente al mismo enemigo: Estados Unidos. Reconocer, no obstante, que el máximo dirigente de Al Qaeda reside en Irán sería darle munición al Estado Islámico, su rival en la siembra del terror, que desde su creación criticó la falta de ambición de Al Qaeda en la instauración de un emirato en Afganistán.
Y los hechos han dado sentido a la creencia de que Al Adel sigue refugiado en Irán, como señala en un mensaje Aaron Y. Zelin, analista estadounidense de The Washington Institute: “Hay una mayor colaboración entre [Al Qaeda y] los hutíes, que son aliados de Irán, así como una especie de giro ideológico del grupo terrorista tras el 7 de octubre de 2023, al intentar capitalizar los ataques de Hamás”. La milicia armada palestina cuenta también con el apoyo de Teherán.
Hamming aporta un tercer factor que explica el recelo de Al Adel por asumir de forma pública la jefatura de la red que fundó Bin Laden: “El antiguo número dos del grupo, Abu Muhammad al Masri, fue asesinado en Teherán en 2020, y desde entonces Israel ha demostrado hasta dónde llega su capacidad de acción dentro de Irán. Para Al Adel, la visibilidad supone un riesgo”. Este experto sostiene que el silencio de Al Qaeda muestra además que su liderazgo se ha convertido más en una suerte de gran consejo y una marca antes que un mando militar.
Según la información de inteligencia hecha pública por Washington, Al Adel logró salir del arresto domiciliario allá por el año 2015, tras un acuerdo entre Al Qaeda y Teherán. El yihadista egipcio cobró total libertad a cambio de la liberación de un diplomático iraní secuestrado por la rama yemení de la red terrorista. Pero sigue sin asomar la cabeza.
En esta línea, Tricia Bacon, experta estadounidense y profesora de la American University, afirma en un mail que Al Adel “carece del título que necesita para ser verdaderamente el emir de Al Qaeda”. “Un líder de facto no es un líder que pueda vincular religiosamente a los afiliados a Al Qaeda y viceversa”, prosigue la antigua analista de contraterrorismo del Departamento de Estado estadounidense. “No puede galvanizar, reclutar o inspirar en la forma que Al Qaeda necesita para reconstruirse”. Y esto, según Bacon, responde a un motivo principalmente: 25 años de éxitos en la lucha contra el terrorismo.
No obstante, los informes del grupo de expertos de la ONU, dirigidos al Consejo de Seguridad, si bien admiten la pérdida de peso de Al Qaeda Central en Afganistán en relación con las ramas del norte de África y la Península Arábiga, no rebajan el nivel de amenaza de la red y del propio Al Adel. En un reporte publicado en julio de 2024, dejan constancia de que, a partir de la información de los servicios de inteligencia de países miembros, Al Adel había dado instrucciones para activar células en Irak, Siria, Libia y Europa. Medio año después y en varios textos firmados con alias, el líder de Al Qaeda animó además a cometer atentados al calor de la guerra en Gaza. “Aunque su mensaje no pareció calar”, dice uno de los informes, “la ambición de Al Qaeda de llevar a cabo operaciones en el exterior se mantiene elevada y podría estar aumentando”. La amenaza persiste.
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