Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, hubo empresarios de la construcción que recibieron amenazas por contratar trabajadores inmigrantes, muchas veces en situación irregular. El empleo escaseaba y los de fuera eran percibidos como una amenaza. Y es que en el sector que durante años había sido el motor económico de España menguaban cada día los puestos de trabajo. Hoy, la construcción brilla con la tasa de empleo más sólida desde antes del coronavirus y, aunque casi el 36% de los ocupados ya son extranjeros, su presencia más que incomodar se celebra.
El sector pierde 22.000 ocupados españoles desde antes de la pandemia y gana 238.000 foráneos, que estrechan distancias con la mano de obra doméstica también en los perfiles más técnicos
Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, hubo empresarios de la construcción que recibieron amenazas por contratar trabajadores inmigrantes, muchas veces en situación irregular. El empleo escaseaba y los de fuera eran percibidos como una amenaza. Y es que en el sector que durante años había sido el motor económico de España menguaban cada día los puestos de trabajo. Hoy, la construcción brilla con la tasa de empleo más sólida desde antes del coronavirus y, aunque casi el 36% de los ocupados ya son extranjeros, su presencia más que incomodar se celebra.
Quizás porque el primer sorpasso de mano de obra extranjera se ha dado en el escalón más bajo -y más precario- del andamio. España tiene ya casi 11.000 peones de obra foráneos más que españoles, según cifras de Randstad del primer trimestre, que evidencian que el 52,6% del total de ocupados en esa categoría son extranjeros. La balanza se ha dado la vuelta en poco tiempo, pues justo antes de la pandemia los españoles aún aventajaban a los extranjeros en más de 33.500 peones.
Los datos son contundentes. La construcción ha perdido 22.711 trabajadores españoles desde 2019 y, en paralelo, ha incorporado 238.451 nuevos ocupados extranjeros (incluyendo doble nacionalidad). Según la cifra de marzo, última disponible, la mano de obra foránea representa ya uno de cada tres trabajadores en este sector. Por el momento, los españoles son minoría únicamente en el caso de los peones, pero pierden terreno a pasos agigantados en varias categorías más.
En albañilería, por ejemplo, la ventaja doméstica se ha hundido. Mientras que en 2019 los españoles superaban en 111.000 a los foráneos, ahora esa diferencia es de apenas 18.000 efectivos. Los albañiles extranjeros han escalado más de 16 puntos porcentuales en apenas siete años y ya rozan el 48% del total.
Que el inmigrante viene a quitar el trabajo es un mantra que retumba más fuerte en tiempos convulsos, pero la realidad es tozuda: las cifras evidencian una dependencia estructural del ladrillo español de la mano de obra inmigrante. Primero, para cubrir una demanda disparada por la crisis nacional de vivienda. Segundo, para compensar las jubilaciones y el creciente desinterés de los jóvenes españoles por esta rama. La dependencia es tal que ya son las propias empresas las que cruzan un océano en busca de personal.
«Tengo 44 años y soy el décimo más joven de una empresa de 180 personas, por debajo de los 30 años solo tenemos dos trabajadores», cuenta José Álvarez, jefe de obra de Ingesnor, compañía de encofrado con sede en Asturias y 15 años de historia. «Al principio, más del 80% de la plantilla éramos asturianos, pero hay un goteo de jubilaciones todos los años y aquí no hay relevo», relata.
La demanda turística y residencial se ha multiplicado en Asturias, en parte, porque ha emergido como refugio climático frente al calor extremo de otras zonas del país. Desbordados por el boom de encargos, decidieron cruzar el Atlántico. «La idea surgió de un reportaje de la tele. Volamos a Lima porque Perú es un país sísmico donde los edificios llevan muchísimo hormigón y la gente viene con la lección aprendida», explica.
En ese primer viaje ficharon a 25 personas. Lo hicieron de la mano de Grupo Talento, una consultora especializada en reclutar profesionales en el extranjero, que gestionó por ellos toda la documentación. Ingesnor, por su parte, costeó los billetes y, una vez en España, ayudó a los trabajadores a acceder a una vivienda. Aunque completar el proceso llevó más de medio año, el experimento fue un éxito, tanto que la empresa ha integrado este puente aéreo como una palanca más para atajar el déficit de personal que amenazaba con frenar su maquinaria. Poco después de aterrizar la primera cuadrilla, la empresa regresó a Lima. En apenas un año, Ingesnor ha incorporado unos 45 trabajadores peruanos con contrato indefinido y bajo el mismo convenio que el resto de su plantilla.
La construcción avanza a su mejor ritmo desde que la crisis de 2008 frenó en seco la locomotora del ladrillo. «Mucha gente que era muy buena y conocía el oficio se fue a sectores como el taxi o el camión. Algunos tienen ya 60 años y no quieren volver. Aunque se gane dinero, y ahora se gana, la obra es dura. En pocos años, un encofrador o un azulejista ganarán más que un maestro o un policía porque casi no va a haber… Hoy los extranjeros son mayoría entre los peones, pero es que dentro de pocos años lo serán también entre los encargados», pronostica.
El futuro que José percibe a pie de obra lo empiezan a dibujar las estadísticas, que evidencian que la diferencia entre españoles y extranjeros es cada vez más estrecha también en oficios altamente especializados.
El número de fontaneros españoles ha caído en picado, hasta los 57.781 frente a los 70.932 de 2019. En ese mismo periodo, el número de extranjeros se ha duplicado, tras sumar más de 10.000 nuevos ocupados, y ya representan el 25% de todos los fontaneros de España. El número de españoles se ha mantenido mucho más estable en el caso de los electricistas, pero también en esa categoría se ha destopado la mano de obra extranjera, que ha incorporado 32.000 nuevos trabajadores desde 2019. Hoy, casi el 30% de todos los electricistas del país son extranjeros, cuando antes del coronavirus no llegaban al 11%.
Más allá del sueldo, la estabilidad laboral es uno de los factores que está atrayendo a los extranjeros a esos oficios de toda la vida. Porque, mientras que peones y albañiles soportan las peores tasas de temporalidad de toda la construcción, un 39% y un 21%, respectivamente; apenas hay entre un 6 y un 8% de fontaneros y electricistas con un contrato temporal.
Otra realidad, que escapa a las estadísticas, permite deducir que la dependencia foránea es aún más aguda: la de los inmigrantes en situación irregular que aún encuentran en el ladrillo la primera (y cada vez más la única) opción al llegar a España. Así lo vivió Jhon, un peruano de 43 años que, tras una vida trabajando de camionero, dejó su país huyendo de la extorsión. «Tienes que pagar un cupo a personas que son delincuentes para que no te hagan daño ni a ti ni a tu familia. Me dije que no podía seguir así, uno se cansa de ser extorsionado, pero allí revelarse es arriesgarse a que te peguen un tiro», recuerda.
Llegó a España en agosto del año pasado. Sin los papeles en regla, el andamio fue su opción. «Empecé de peón, era la único que pude conseguir. Comenzaba a primera hora de la mañana y acababa casi de noche. Supuestamente pagaban 50 euros diarios, pero muchas veces a final de mes iba a cobrar y me restaban días. Yo sabía que los había trabajado porque los apuntaba todos». Hace unas semanas, Jhon pudo cambiar de vida tras acogerse al proceso de regularización y cambió el andamio por una fábrica de ladrillos. «En la construcción no tenía derechos, la fábrica es dura, pero ahora al menos tengo un horario», destaca.
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