«Es más que probable que sea mi última película», dijo desde la distancia, videoconferencia mediante, Mike Leigh. Lo dijo en San Sebastián con ocasión de Tender Loving Care (traducida como Cuidados paliativos). Lo dijo como solo él sabe decir las cosas: tan afectuosamente enfadado que siempre queda la duda si abrazarle o salir corriendo. Lo dijo y el adverbio «probable» se antojó, en su maleducada indefinición, tremendamente injusto. Y hasta un poco doloroso. Lo dijo y, para evitar malentendidos, añadió: «Es una cuestión práctica que tiene que ver con mi condición médica». No quería el director británico con 83 años cumplidos que se interpretara que su intención era dar pena o que la cinta pretende ser algo así como un testamento, una despedida o, mucho menos, un tango de ésos que tanto emocionan a los borrachos. Lo dijo y, sin dramatismos, luego dijo mucho más. Mike Leigh es muchas cosas, pero jamás ha buscado el aplauso fácil ni mucho menos la compasión.
El mítico director convierte el que «probablemente» sea su último trabajo en la mejor y más brillante vacuna contra el cinismo, todo un manifiesto a favor de la compasión y lo público
«Es más que probable que sea mi última película», dijo desde la distancia, videoconferencia mediante, Mike Leigh. Lo dijo en San Sebastián con ocasión de Tender Loving Care (traducida como Cuidados paliativos). Lo dijo como solo él sabe decir las cosas: tan afectuosamente enfadado que siempre queda la duda si abrazarle o salir corriendo. Lo dijo y el adverbio «probable» se antojó, en su maleducada indefinición, tremendamente injusto. Y hasta un poco doloroso. Lo dijo y, para evitar malentendidos, añadió: «Es una cuestión práctica que tiene que ver con mi condición médica». No quería el director británico con 83 años cumplidos que se interpretara que su intención era dar pena o que la cinta pretende ser algo así como un testamento, una despedida o, mucho menos, un tango de ésos que tanto emocionan a los borrachos. Lo dijo y, sin dramatismos, luego dijo mucho más. Mike Leigh es muchas cosas, pero jamás ha buscado el aplauso fácil ni mucho menos la compasión.
Y, sin embargo, qué cosas, su película es un manifiesto a favor de precisamente la compasión. Compasión, eso sí, sin coartadas melodramáticas. Compasión sin gestos blandos. Compasión como afirmación, como acto reivindicativo de todas las pasiones alegres que se fortalecen y hacen grandes en la mirada de los demás. Mantenía Spinoza que la compasión es esencialmente una pasión triste que surge de imaginar un mal que le ha ocurrido a otra persona semejante a nosotros. Pues bien, en Tender Loving Care, la compasión es entendida y, más importante, ejercida contra la lástima y el remordimiento, a favor de una vida en común deseable, justa y digna. Lo dice Mike Leigh y, creánme, hay que tener mucha fuerza de espíritu para llevarle la contraria.
La película cuenta la historia de dos amigas, las dos trabajadoras sociales, que vuelven a vivir juntas tras el fracaso sentimental, amoroso o parejil, como se quiera, de una de ellas. La que sufre mal de amores, y que además se ocupa de atender a niños como los que vagan por Ceuta, es interpretada con una delicadeza cerca del milagro por Kate O’Flynn, y la otra, que asiste a todo tipo de desheredados, cobra vida en el exquisito y muy alegre trabajo de Alice Bailey Johnson. De por medio, los padres de la primera (Marion Bailey y Paul Jesson) viven una crisis tan descomunal que, en efecto, en palabras de Leigh, «es más que probable que sea la última».
De repente, y como es norma en la filmografía del director, la pantalla se ve invadida por seres humanos que actúan, sufren, caminan, duermen, se alegran, se desesperan, bostezan, ríen y se achispan (lo hacen, eso sí, con un vino blanco de aspecto terrible) como seres humanos. Suena evidente y pocos milagros tan difíciles de localizar en el interior de un cine como el rigor, el capricho, la futilidad, la imprevisibilidad y hasta la fatalidad de, en efecto, la vida. La idea del director es la de siempre. De hecho, Leigh no se mueve un centímetro del presupuesto, candoroso en su desesperación, que anima su credo. Cada brizna de vida es mezclada con el disolvente de las ilusiones truncadas y las aspiraciones aún por cumplir con una maestría que, «es probable», sólo él conoce.
Se diría que Tender Loving Care hace suyo el palpitar vital de películas anteriores como Another Year y se sitúa en el polo opuesto de su eléctrico y tormentoso trabajo anterior, Mi única familia. Pero, de nuevo y como siempre, el argumento de verdad disimula su excepcionalidad en la cotidianidad de lo casi ordinario. Ahora son las dificultades que encuentran para el amor de dos mujeres, lo que sirve de excusa o punto de partida para ofrecer un retrato vívido y desmesuradamente vital de, en efecto, la vida y, de su mano, la misma muerte. Éste, y no otro, es el único tema de su cine. Antes fue una solitaria obrera que se reencontraba con la hija entregada en adopción (Secretos y mentiras), o el arresto de una mujer de buen corazón que ayudaba a abortar a mujeres desesperadas en el Londres de los años 50 (El secreto de Vera Drake), o una maestra de alegría incontenible que se negaba a ser doblegada (Happy: Un cuento sobre la felicidad). Da lo mismo el arranque, el final siempre es lo que nos hace ser lo que somos, lo que nos hace ser, con toda probabilidad, seres humanos.
Lo que queda es una película declaradamente a contracorriente, una vacuna contra el cinismo, un manifiesto por algo tan cívico y elemental como lo público, los servicios públicos, la vida compartida, la muerte en compañía. La compasión como motor de acción no como pasión triste. La película se abre y se cierra sobre la mirada de un sin techo. Se trata de una mirada que es a la vez completamente ajena y, sin embargo, perfectamente nuestra. De todos. Leigh dice que «es probable que esta sea su última película» y es mentira. Tender Loving Care es el trabajo de un debutante que se niega a ceder ante nada y menos que nada ante la muerte. Sin duda, la Concha de Oro por necesidad.
Por lo que fuera, la sección oficial se completó con otra película no diremos optimista, pero sí esperanzada. Parece lo mismo, pero si uno se fija, el optimismo corre más y, quizá por ello, da más pereza. La directora turca Yeim Ustaolu vuelve así a San Sebastián después de lograr la Concha de Oro en 2008 con La caja de Pandora. Aquella era una historia esencialmente dura, ríspida y agria a vueltas con la familia, la memoria y el Alzheimer. Ahora, todo es menos tremendo, pero la caligrafía lírica, ensimismada y premiosa hasta la desesperación es la misma.
What remains (Lo que queda) cuenta la historia de una mujer que, harta de una vida que considera falsa, huye. Deja a su marido, se separa de su adorada hija, coge el coche y se adentra camino de las montañas hacia el pueblo en el que nació. Busca algo que los terapeutas y los amigos de confianza llaman «uno mismo en su mismidad». Un viaje parecido emprenderá el marido, un músico de vanguardia enamorado de los ruidos del mundo moderno, cuando se vea solo con la hija y con la carga de un padre, lleno de remordimientos, que se muere.
En verdad, el argumento no es tal. La película funciona y se desenvuelve sobre la pantalla como un poema abierto al asombro y los encuentros fortuitos.What Remains quiere ella misma encontrarse a sí misma en un ejercicio de autoconsciencia tan interesante como, todo sea dicho, agotador. Por momentos, la escritura esencialmente intensa de la directora enamora y, a ratos, solo abruma. Y así, la vehemencia con que se ofrece cada plano acaba por resultar hipnótica y cargante a partes no diremos iguales, pero casi. Sea como sea, vence el riesgo y la voluntad de no dejarse atrapar por las frases hechas. Y eso, la verdad, siempre gusta. Hay esperanza pues. Y si no la hay, sin duda, la habrá.
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