
Las sociedades humanas comienzan a agotarse cuando dejan de imaginar lo que quieren y de justificar lo que hacen. Esta semana, hemos hecho ambas cosas a la vez. En Bruselas, invitamos a los talibanes a discutir “a nivel técnico” la deportación de migrantes afganos. En Pekín, Trump y Xi se sentaban en su particular duelo en el OK Corral para negociar aranceles, influencia y estabilidad estratégica. La escena europea exudaba la grisura del trámite administrativo; la otra, la escenografía solemne y hueca de las grandes potencias. Y, sin embargo, las dos contaban la misma historia. Sustituida en Bruselas por el procedimiento y en Pekín por el puro reflejo personalista de Trump, la política occidental carece de proyecto. Son escenas de distinta escala, pero precisamente por eso resultan tan reveladoras.
Sustituida en Bruselas por el procedimiento y en Pekín por el puro reflejo personalista de Trump, la política occidental carece de proyecto
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Sustituida en Bruselas por el procedimiento y en Pekín por el puro reflejo personalista de Trump, la política occidental carece de proyecto


Las sociedades humanas comienzan a agotarse cuando dejan de imaginar lo que quieren y de justificar lo que hacen. Esta semana, hemos hecho ambas cosas a la vez. En Bruselas, invitamos a los talibanes a discutir “a nivel técnico” la deportación de migrantes afganos. En Pekín, Trump y Xi se sentaban en su particular duelo en el OK Corral para negociar aranceles, influencia y estabilidad estratégica. La escena europea exudaba la grisura del trámite administrativo; la otra, la escenografía solemne y hueca de las grandes potencias. Y, sin embargo, las dos contaban la misma historia. Sustituida en Bruselas por el procedimiento y en Pekín por el puro reflejo personalista de Trump, la política occidental carece de proyecto. Son escenas de distinta escala, pero precisamente por eso resultan tan reveladoras.
Europa invita a su capital a los creadores del sistema de apartheid de género más radical del mundo. Conviene detenerse en la obscenidad exacta de este hecho. No es un reconocimiento diplomático explícito, ni las circunstancias exigían actuar deprisa. Se trata, sencillamente, de gestionar devoluciones, de servir en bandeja a personas concretas al régimen criminal del que habían huido, presentado bajo el paraguas del gran refugio moral de nuestras democracias fatigadas: se trataba de algo “técnico”. Pero lo aterrador aquí no es el cinismo —la política internacional siempre ha sido cínica―, sino que nadie parezca sentir la necesidad de justificar lo que hace. La hipocresía, al menos, implicaría reconocer una norma. Ahora nos basta con administrar. Y también en Pekín pudimos ver esa misma erosión. La reunión entre Trump y Xi no escenificaba la rivalidad entre dos modelos universales, como en la Guerra Fría. Nadie intenta ya organizar el mundo alrededor de una idea. Lo que vimos es algo más pobre e inestable: dos potencias que negocian desde el miedo y el recelo, desde el reconocimiento mutuo de su capacidad para dañarse, sin reglas compartidas ni promesas de un equilibrio duradero, solo acuerdos tácticos, provisionales, reversibles: una bipolaridad sin orden.
Pero incluso en este paisaje degradado hay una asimetría decisiva. Trump no tiene proyecto, solo impulsos, instintos, reflejos de dominación territorial, nostalgias del imperio decimonónico. John Gray lo ha descrito con precisión: Trump no quiere liderar el mundo del siglo XXI, quiere volver al XIX, al imperialismo de anexiones y compras de territorios, a la subasta de zonas de influencia sin rendición de cuentas. Esa es su única “visión”, y es enteramente regresiva. China, en cambio, opera con lógica histórica, no porque su proyecto sea moralmente superior, sino porque al menos existe como proyecto. China mide su horizonte temporal en décadas, posee una visión coherente de sí misma como civilización con destino propio y una estrategia industrial-tecnológica en renovables, tierras raras, chips e inteligencia artificial. Sualianza con Rusia sirve a su narrativa de “desoccidentalizar” el orden mundial mientras practica una operación silenciosa de seducción del Sur Global. No es un proyecto benéfico ni merece, desde luego, nuestra simpatía, pero es un proyecto: articula fines, organiza medios, asume costes, y sobre todo, mira lejos.
Es la gran asimetría contemporánea: el ascenso de China convive con el agotamiento político de Occidente. Por eso Xi invocó esta semana la “trampa de Tucídides”, aunque el ateniense escribió sobre algo más profundo que la mera rivalidad entre potencias. Nos habló sobre cómo se autodestruye la polis al volverse incapaz de hablar políticamente sobre sí misma. Toda decadencia empieza así: cuando perdemos la capacidad de distinguir entre administrar el mundo y tener algo que decir sobre él. Esa es la verdadera trampa de Tucídides, y en esa trampa, hoy, estamos solo nosotros.
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