Ormuz está lejos de ser lo que era antes de que Donald Trump dinamitase todo: un estrecho que, aunque enclavado en una región de lo más caliente, permitía la navegación libre y segura de ingentes volúmenes de petróleo y gas de Oriente Próximo. Algo, sin embargo, se mueve en los últimos días, con muchos más cruces que en los meses más recientes. Algunos analistas, de hecho, sitúan el tránsito de crudo por la zona cerca de los niveles previos a la primavera pasada y de los del efímero alto el fuego, allá por junio.
El flujo de crudo por esta arteria clave de la energía mundial se recupera con fuerza, pero los ataques a buques continúan e impiden que el precio del crudo descienda
Ormuz está lejos de ser lo que era antes de que Donald Trump dinamitase todo: un estrecho que, aunque enclavado en una región de lo más caliente, permitía la navegación libre y segura de ingentes volúmenes de petróleo y gas de Oriente Próximo. Algo, sin embargo, se mueve en los últimos días, con muchos más cruces que en los meses más recientes. Algunos analistas, de hecho, sitúan el tránsito de crudo por la zona cerca de los niveles previos a la primavera pasada y de los del efímero alto el fuego, allá por junio.
“Las arterias de exportación de petróleo de Oriente Próximo vuelven a fluir”, disparaban el martes los analistas del banco de inversión estadounidense JP Morgan. Sus cálculos apuntan a un rebote hasta unos 17,5 millones de barriles diarios, el 98% de lo que se movía por la zona antes de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.
La firma de análisis Vortexa, por su parte, sitúa los envíos de crudo por el estrecho en máximos de seis meses: 14 millones de barriles al día. Y otro banco de inversión, Goldman Sachs, cifra las exportaciones totales de crudo de los países del golfo Pérsico —por Ormuz o por los oleoductos alternativos— en más de 23 millones de barriles de crudo al día en la última semana, como en el promedio de 2025.
Baile de cifras al margen, las evidencias se amontonan en una dirección: el flujo de energía fósil por Ormuz ha aumentado, y no poco, contribuyendo a despejar una vía marítima que tiene en vilo al mundo desde finales de febrero y que ha desatado una crisis energética de grandes proporciones. La segunda en menos de un lustro, tras la provocada en 2022 por la invasión rusa de Ucrania.
“Sí, las exportaciones de petróleo de Oriente Medio son mucho más altas, [aunque] a un gran coste”, escribe este miércoles Rory Johnston, analista del sector petrolero y autor de la newsletter CommodityContext. “Pero no, no estamos ‘de vuelta a la normalidad’, por el amor de Dios”.
Mucho crudo saudí
La mejor prueba de que algo ha cambiado en Ormuz es que, lejos de provocar un hundimiento súbito en las exportaciones saudíes, el cierre durante dos semanas del único oleoducto que le permitía esquivar este estrecho se saldó con una caída relativamente manejable de sus envíos. En gran medida, porque Riad consiguió sacar más crudo por la ruta clásica: por el puerto de Ras Tanura, en aguas del golfo Pérsico, rumbo a Ormuz antes de ganar el océano Índico. También con transferencias buque a buque.
Las estimaciones de Goldman Sachs, que incluyen la actividad de la denominada flota en la sombra (con el transponedor apagado), apuntan a que las exportaciones de Arabia Saudí se duplicaron con creces en septiembre, hasta los 11,6 millones de barriles diarios. Más que en la media del año pasado.
De confirmarse en los próximos días y semanas, la paulatina vuelta a la vida del tránsito petrolero por Ormuz deja una importante lectura geoestratégica: Irán se arriesga a perder su mayor palanca de presión frente a Estados Unidos y, en general, frente a Occidente, aturdidos ambos por la segunda crisis de precios de los hidrocarburos en menos de un lustro.
El mayor riesgo en este punto es que Teherán se sienta acorralado y responda con una intensificación de la escalada militar, dirigiendo sus ataques no solo a los buques que transitan Ormuz, como hasta ahora, sino también a los puntos de origen de su carga: puertos, oleoductos e incluso yacimientos petroleros de los países del Golfo. Como en los días más crudos de la guerra. De producirse, esa escalada tendría una reverberación enorme sobre los precios e incluso sobre el suministro mundial de crudo y gas.
La bajada de precios tendrá que esperar
En lo puramente económico, lo llamativo es que la cotización del petróleo apenas ha reaccionado al creciente trasiego en el Golfo. En parte, porque el crudo no solo es un bien físico —cuantificable en millones de barriles, los que se venden y se transportan cada día en todo el mundo—, sino también un activo financiero, cuya negociación mueve diariamente medio billón de euros, tanto como el PIB de Colombia, Noruega o Emiratos Árabes Unidos. Y los inversores, como Rory Johnston, siguen sin tener nada claro que el suministro mundial esté regresando a la normalidad, por mucho que el flujo por Ormuz se esté recuperando.
El crudo brent seguía este miércoles por encima de los 100 dólares por barril, si bien el contrato de futuros con entrega en diciembre cotiza ya ligeramente por debajo de esa cota. Los inversores, con todo, continúan aplicando una prima de riesgo sobre el crudo que mantiene su precio en niveles elevados. “Nos sigue preocupando una posible nueva escalada que dañe más infraestructuras energéticas”, reconocen los analistas de Goldman Sachs en su nota para clientes.

Por ahora, estos brotes verdes en Ormuz no están abaratando el crudo ni el del principal producto final que se produce con él: los carburantes, verdadero cuello de botella provocado por la guerra. De hecho, las exportaciones de gasolina, gasóleo y queroseno de los países del Golfo siguen siendo hoy la mitad que en el promedio de 2025, según las estimaciones de Goldman Sachs.
La dicotomía entre crudo y carburantes tiene una explicación: varias refinerías han sufrido daños y otras han estado peor alimentadas de insumos en los últimos meses. Mientras los pozos petroleros se han librado en gran medida de los ataques, algunas refinerías dañadas en los primeros días de la guerra aún no han reanudado por completo sus operaciones. Además, el transporte de productos refinados es más caro y complejo que el de crudo. “Son más inflamables que el crudo, por lo que los riesgos físicos al atravesar el estrecho de Ormuz son mayores para los petroleros de productos refinados que para los de crudo”, explican desde Goldman Sachs.
A la espera de que se asiente, este incipiente repunte de los flujos energéticos aún tiene bastante de coyuntural y no de estructural. Pero parece apuntalar la tesis de que la Armada estadounidense está pudiendo ejercer un control efectivo de la zona bastante mayor, permitiendo a los petroleros y metaneros tomar la ruta de Omán para abandonar la zona al resguardo de la Guardia Revolucionaria iraní.
Los riesgos, con todo, siguen siendo máximos. La Agencia británica de Operaciones Marítimas ha comunicado en las últimas horas tres incidentes de barcos que navegaban por la zona cargados de energía fósil —dos petroleros y un metanero—, que han sido golpeados con proyectiles. De confirmarse, sería la jornada con más ataques registrados desde julio. Dos realidades opuestas, frente a frente: Ormuz puede ser mucho más poroso, pero no más seguro. “El aumento de los cruces no debe confundirse con una mayor seguridad; más bien, refleja la creciente capacidad del sector para operar bajo un riesgo sostenido”, zanjan los analistas de JP Morgan.
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