Cada una sonríe a su manera. Cuatro de ellas miran a cámara. La primera la desafía; la segunda, con gesto amable, coquetea con ella; la tercera prefiere otras distracciones; la cuarta parece sorprenderse de la llamada de atención del fotógrafo, y la quinta intuye que detrás de ese objetivo que la apunta se encuentra quizá el destino. Todas llevan armas, todas se saben al borde mismo de unas vidas que acaban de empezar. La imagen, casi un icono, se tomó en algún lugar de España y en algún momento de una Guerra Civil que acababa de empezar. No se sabe con certeza qué fue de cada una de ellas. Pero no es difícil imaginar nada bueno en el fragor de todo lo malo. La última citada, la de más al fondo, la que desconfía, es Angelines Fernández. Entonces no tenía más de 14 años. Entonces hacía frío. Entonces no sabía que perdería la guerra en la que se afanaba. Entonces no sabía que abandonaría el país en el que nació. Entonces no sabía que todo lo trágico que escondía una foto esencialmente alegre no era más que el presagio de una vida entera dedicada a la comedia. Entonces no sabía. Entonces nadie sabía nada.
La actriz, que fue peleó en defensa de la República cuando apenas era una niña, se convirtió en un icono de la programación infantil como la Bruja del 71 en el exilio mexicano al lado de Chespirito
Cada una sonríe a su manera. Cuatro de ellas miran a cámara. La primera la desafía; la segunda, con gesto amable, coquetea con ella; la tercera prefiere otras distracciones; la cuarta parece sorprenderse de la llamada de atención del fotógrafo, y la quinta intuye que detrás de ese objetivo que la apunta se encuentra quizá el destino. Todas llevan armas, todas se saben al borde mismo de unas vidas que acaban de empezar. La imagen, casi un icono, se tomó en algún lugar de España y en algún momento de una Guerra Civil que acababa de empezar. No se sabe con certeza qué fue de cada una de ellas. Pero no es difícil imaginar nada bueno en el fragor de todo lo malo. La última citada, la de más al fondo, la que desconfía, es Angelines Fernández. Entonces no tenía más de 14 años. Entonces hacía frío. Entonces no sabía que perdería la guerra en la que se afanaba. Entonces no sabía que abandonaría el país en el que nació. Entonces no sabía que todo lo trágico que escondía una foto esencialmente alegre no era más que el presagio de una vida entera dedicada a la comedia. Entonces no sabía. Entonces nadie sabía nada.
Entre esa estampa y cualesquiera de los retratos en los que esa misma cría aparece caracterizada como La Bruja del 71 o Doña Clotilde a principios de los años setenta media una vida entera. Aquella niña con un fusil en la mano que nada sabía acabaría convertida en un mito que invocaba con desesperación a Satanás (su gato, que no el diablo) con la misma energía y rabia que llamaba, sin querer queriendo, «¡chingüengüenchón!» al mismísimo Chavo del 8. Se dice, sin que quede claro nunca qué se está diciendo exactamente, que comedia es tragedia más tiempo. En el caso de Angelines, la reflexión parece adquirir su justo sentido. Todo lo sufrido en el más cruel de los fratricidios adquirió con el correr del tiempo en la existencia de la más oculta y sorprendente de las actrices españolas el privilegio y virtud del sentido (o sinsentido, según se mire).
Angelines Fernández, cuentan sus biografías no escritas, quiso ser actriz y, sin que figure en ningún lado registro de sus primeros trabajos, lo cierto es que muy pronto, demasiado pronto, lo dejó todo por la guerra. La foto da testimonio de ello. Cuando todo acabó, quedó sola, sin trabajo y bajo la amenaza de ser descubierta. Nunca una foto es inocente. Tal vez, ese gesto entre el miedo y la desconfianza se deba a que algo de bruja ya tenía entonces. Salió de España en 1946 cuando el final de la otra guerra, la más grande de todas, no trajo consigo el cambio de nada en España. Primero llegó a La Habana y, de ahí, sin que la fortuna atendiera sus ruegos, saltó a México. Recuérdese, el Gobierno de Lázaro Cárdenas acogió a cerca de 25.000 exiliados repudiados por otros países apelando a la Convención de Montevideo sin más requisitos que su solicitud. Ahí todo cambió. El tiempo hizo su efecto y el drama se volvió la más brillante de las farsas.
En verdad, a esta madrileña nacida en 1924 le costó tocar eso tan ansiado y fútil llamado éxito. Pero resistió en pie y siempre muy atenta a la cámara. Su desembarco en México coincidió con eso que otra vez el tiempo ha definido como la edad de oro del cine de allí con los míticos estudios Churubusco recién creados en 1943. Su rostro se volvería una presencia habitual en la cinematografía de los años 50 al lado de directores como Miguel M. Delgado y no muy lejos del estallido mundial de Cantinflas con el compartiría reparto en películas como El padrecito, Un Quijote sin mancha y El profe. Los suyos eran casi siempre personajes de una rectitud esencialmente agria, pero sin exagerar. Su rostro anguloso y esa mirada helada y muy cerca de la sospecha que ya asomara en aquel su primer retrato de miliciana lejos de señalarla como villana hacían de ella la perfecta parodia de villana, que no es lo mismo. Entre una malvada y su caricatura probablemente solo medie, otra vez, el tiempo, el tiempo necesario para caer en la cuenta que no hay mal que cien años dure. Ni cuerpo que lo resista.
Y así hasta llegar, antes de a La Bruja del 71, a El esqueleto de la señora Morales, de Rogelio A. González. En esta auténtica y extremadamente ácida maravilla del cine mexicano —una suerte de farsa de la Ealing tamizada con un humor negrísimo y salvajemente surrealista digno del propio Buñuel—, Angelines Fernández se deja ver como secundaria o incluso sombra de un tótem como Amparo Rivelles en su mejor papel en el cine de allá. Ella es la hermana de la mujer (Rivelles) que, con su puritanismo recio y muy castellano, atormenta hasta la exasperación al inocente vividor de su marido, un taxidermista al que da vida un pletórico Arturo de Córdoba. Todo, basta fijarse en el oficio del protagonista, acaba mal. La maestría de Angelines consiste en apenas unas pinceladas (lo que le deja el guion) colocar al espectador ante todas y cada una de sus dudas. Cómo no alegrarse hasta la carcajada de un asesinato tan de justicia, cómo no sentirse culpable de tanta risa sin justificación posible, cómo no desconfiar de nuestro jubilo como lo hacía aquella mirada de aquella foto, cómo no sentir la tan paradójica como liberadora función del tiempo.
Pero la fama, la que otorga la popularidad, le llegaría algo más tarde, en los años 70, de la mano del más célebre de los programas de televisión que ha conocido nunca el universo hispanohablante. Todo él. Doña Clotilde (es decir, la Bruja del 71) fue siempre la enamorada en secreto de Don Ramón (Ramón Valdés) y el complemento necesario para simplemente entusiasmarse por la vida de El Chavo del 8, Chespirito, El Chapulín Colorado o, si se prefiere, Roberto Gómez Bolaños. Mantenía Bergson que la risa castiga la mecanización de la vida. Cuando un cuerpo tropieza y demuestra no adaptarse al ritmo y al sentir de vivir, nos reímos. Cuando un gesto se repite y no entiende el rigor de, otra vez, la vida, nos reímos. Cuando una mujer es confundida por una bruja sin que la muchachada entienda que su soledad es la de todos, nos reímos. Y es entonces cuando Doña Clotilde, La Bruja del 71 o Angelines Fernández decía aquello de «¡Hushale, hushale!» para espantar niños y miedos. De aquella foto hasta ahora mismo. De la tragedia a la más inolvidable de las comedias. De Angelines a Fernández, el secreto mejor guardado del propio tiempo.
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