Faltaban dos meses para terminar la Segunda Guerra Mundial cuando Anselm Kiefer nació en el refugio antiaéreo del hospital de Donaueschingen, un pueblo en la Selva Negra. Aquella misma noche, la del 8 de marzo de 1945, una bomba alcanzó la casa de su familia. El pequeño Anselm creció literalmente entre las ruinas de la posguerra: los restos de acero retorcido, las piedras y las maderas que encontraba por azar se convertirían en sus juguetes. O en la temprana formación del artista. Porque, a sus 81 años, Kiefer sigue usando aquellos materiales con los que jugaba de niño, salvo que bañados en pintura o resina, cubiertos de arcilla, incluso quemados al soplete. Él mismo moldea las ruinas del mundo moderno, cual alquimista. Y la Fundació Catalunya Pedrera le dedica una cuidada, sofisticada y sorprendente exposición: La vida secreta de las plantas, que inaugura hoy y se podrá ver hasta el 24 de enero.
La Pedrera de Barcelona estrena ‘La vida secreta de las plantas’, una exposición con 70 obras del artista alemán que coincide con la muestra temporal de once de sus lienzos monumentales en el Centro de Arte Hortensia Herrero de Valencia
Faltaban dos meses para terminar la Segunda Guerra Mundial cuando Anselm Kiefer nació en el refugio antiaéreo del hospital de Donaueschingen, un pueblo en la Selva Negra. Aquella misma noche, la del 8 de marzo de 1945, una bomba alcanzó la casa de su familia. El pequeño Anselm creció literalmente entre las ruinas de la posguerra: los restos de acero retorcido, las piedras y las maderas que encontraba por azar se convertirían en sus juguetes. O en la temprana formación del artista. Porque, a sus 81 años, Kiefer sigue usando aquellos materiales con los que jugaba de niño, salvo que bañados en pintura o resina, cubiertos de arcilla, incluso quemados al soplete. Él mismo moldea las ruinas del mundo moderno, cual alquimista. Y la Fundació Catalunya Pedrera le dedica una cuidada, sofisticada y sorprendente exposición: La vida secreta de las plantas, que inaugura hoy y se podrá ver hasta el 24 de enero.
«¿Qué conecta una planta con un ser humano? ¿Y a ambos con las estrellas? ¿Dónde termina el microcosmos y dónde empieza el macrocosmos?». No es Kiefer quien habla: nunca acude a sus inauguraciones y suele ser bastante esquivo con las entrevistas. Quien plantea las preguntas retórico-filosóficas es Walter Smerling, comisario de la exposición y director del MKM Museum Küppersmühle de Duisburg. Y lo hace mientras transita entre las 14 constelaciones que Kiefer pintó entre 2000-2001 bajo el título que adopta la muestra de La Pedrera: The Secret Life of Plants for Robert Fludd. Se trata de magnos paneles metálicos que representan el cosmos con ramas pintadas de blanco, yeso, alambres, telas, hasta una oca disecada…
En el profundo negro espacial el artista inscribe nombres de estrellas reales en latín y árabe y datos astronómicos tomados del catálogo de la NASA. Pero ante la inmensidad del espacio y de los cuadros (algunos de más de tres metros de ancho) late algo perturbador: esas secuencias escritas a mano, de forma irregular, evocan los números tatuados en los prisioneros de los campos de concentración nazis. Así funciona la obra de Kiefer: capas (y heridas) históricas, materiales y palabras que se superponen.
¿Y qué pinta Robert Fludd, un filósofo inglés del Renacimiento tardío que Kiefer ha leído con voracidad? «Explicaba que existe una conexión profunda entre las plantas de la tierra y las estrellas del espacio. Eso fue una provocación para Kiefer y así empezó sus pinturas de estrellas. Más de cuatro siglos después, las ideas de Fludd suenan muy contemporáneas. El cambio climático, las interdependencias globales y los descubrimientos científicos nos recuerdan constantemente que nada existe de forma aislada», resume Smerling.
La noche del 8 de marzo de 1945, cuando nació el bebé Anselm, la constelación de Géminis brillaba sobre la Selva Negra y el Cinturón de Orión dominaba el cielo, con Tauro hacia el suroeste.
«Esto esmás que una exposición sobre estrellas y plantas. Trata de las conexiones ocultas de nuestro mundo: entre naturaleza y cultura, memoria y futuro, materia y espíritu. Quizá ahí radica el poder perdurable del arte de Kiefer. Él no nos explica el mundo. Pero nos hace pensar sobre él«, dice Smerling. Un pensamiento lleno de referencias mitológicas, bíblicas, cabalísticas y literarias que Kiefer plasma en sus fascinantes libros de artista (también monumentales) o en obras que materializan los versos de Paul Celan, Jean Genet, Rimbaud, Bachman…
En conexión con la arquitectura de Antoni Gaudí la obra de Kiefer se transforma. Las constelaciones cobran más fuerza en contraste con la piedra de Montjuïc y bajo esos techos que parecen cielos en movimiento u olas petrificadas. Los cuadros de bosques de Kiefer engullen las columnas gaudinianas, óseas, marcadas con conchas y frutos del mar… «Hace muchos años La Pedrera intentó hacer una exposición de Kiefer, pero no salió. La verdad es que el reto principal era el espacio, que es pequeño y con esta sala en forma de círculo», admite el comisario. Pequeño para Kiefer. Porque exponer su monumental obra siempre plantea un reto: algunas esculturas sobrepasan las dos toneladas y lo que parece un simple lienzo en realidad pesa 200 kilos por las capas de metal y materia acumulada.
De ahí que la última gran retrospectiva en nuestro país fuera la del Guggenheim de Bilbao, con un centenar de obras y una instalación de 15 metros en el atrio, en un ya lejano 2007. En 2009, vino la exquisita muestra de Es Baluard, en Palma, que comisarió Smerling. «Fue un gran éxito, tuvimos alrededor de 100.000 visitantes y se amplió varios meses», recuerda. No hay muchas oportunidades de ver a Kiefer en España. Pero tras casi dos décadas, 2026 parece el año Kiefer:el Centro de Arte Hortensia Herrero de Valencia ha estrenado su primera muestra temporal con 11 lienzos del alemán y La Pedrera despliega unas 70 obras, de las cuales 40 vienen de la colección Grothe.
¿Quién fue Hans Grothe? Hijo de un peón de mina, se convirtió en un magnate inmobiliario y a partir de los años 70 en uno de los grandes coleccionistas alemanes: llegó a reunir más de 700 obras de artistas como Sigmar Polke, Joseph Beuys, Gerhard Richter… Ya anciano y viendo que a sus sucesores no les interesaba mucho seguir con la colección, en 2005 la vendió a los herederos de Wella. Pero quiso quedarse con un único artista: Kiefer.
Smerling, que durante años fue el principal colaborador y hombre de confianza de Grothe, recuerda: «Cuando le pregunté por qué Kiefer, Hans me respondió: ‘Nunca me aburro cuando veo sus obras. Cada vez que las visito siento una nueva experiencia. Me da una nueva idea del arte'». La colección Grothe ha seguido creciendo y hoy, con un centenar de piezas, es la mayor sobre Kiefer, rivalizando con la del propio artista, que ha desplegado en sus ateliers de Francia: antiguas naves industriales que ha convertido en un sugerente museo, almacén casi arqueológico e ingente biblioteca. Basta ver el film Anselm de Wim Wenders para hacerse una idea: Kiefer se mueve en bicicleta entre los cuadros de su actual estudio a las afueras de París, en Croissy-Beaubourg.
Pero su anterior taller (visitable a través de su web) estaba en el sur, en el pueblecito de Barjac: una antigua fábrica de seda que el artista compró en 1992 y que fue convirtiendo en un complejo artístico de 40 hectáreas. Casi una ciudadela con torres elevadas, pasajes subterráneos que conectan los edificios o un invernadero habitado por sus Frauen der Antike (Las mujeres de la Antigüedad)… Dos de ellas han viajado a Barcelona: siluetas femeninas sin cabeza ni brazos, solo vestidos y crinolinas (muchas de novia) que Kiefer compraba en el Marché aux Puces de París, los empapaba en yeso y los dejaba secar hasta que quedaban rígidos. Cual si fueran esculturas grecorromanas que han sufrido siglos de historia, sus Frauen parecen susurrar antiguos conocimiento y lamentos en lenguas muertas: ahí está Safo, la vestal Cornelia, la empratriz Octavia, la prostituta Eloïse…
«Como un arqueólogo, Kiefer excava las capas de nuestra cultura y pone en juego la historia, la religión, la literatura, la ciencia y la mitología. El pasado nunca termina, continúa modelando el presente y apunta hacia el futuro», considera Smerling, que parece describir las coloquialmente llamadas vitrinas. Oficialmente, esas cajas de cristal se titulan Opus Magnum y 21 de ellas se han diseminado a lo largo del anillo de La Pedrera. «Son como archivos de memorias, cápsulas del tiempo o bases de datos analógicas», compara el comisario. En ellas Kiefer concentra sus obsesiones creando paisajes, poemas o esculturas a base de plantas secas, semillas de girasol, piedras, cemento, escombros, alambre, telas… Como los primeros juguetes del niño Anselm.
Noticias de Cultura




