Hoy no estaríamos tan preocupados por la situación en el estrecho de Ormuz si Donald Trump no hubiera cometido el tremendo error de embarcarse (de la mano de Benjamin Netanyahu) en una guerra ilegal que no ha logrado ninguno de sus objetivos. Y si antes Teherán contaba con su controvertido programa nuclear como principal baza de negociación, ahora añade el control del estrecho como palanca aún más poderosa para seguir resistiendo la embestida. Consciente de que militarmente no puede doblegar a sus agresores, ha encontrado en la perturbación selectiva del tráfico marítimo por esas aguas el método más eficaz para castigar a todo el planeta, fantaseando con que la presión sobre Washington le permitirá salir incluso más reforzado de un conflicto indeseado. Por su parte, Trump, desesperado por salir del pozo en el que él mismo se ha metido, impone ahora un bloqueo que, al ahogar económicamente a su enemigo, sigue buscando su claudicación.
Si aún queda algo de racionalidad, esperemos que no se profundice una dinámica que no ofrece salida airosa a ninguno de los contendientes
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Si aún queda algo de racionalidad, esperemos que no se profundice una dinámica que no ofrece salida airosa a ninguno de los contendientes

AP
Hoy no estaríamos tan preocupados por la situación en el estrecho de Ormuz si Donald Trump no hubiera cometido el tremendo error de embarcarse (de la mano de Benjamin Netanyahu) en una guerra ilegal que no ha logrado ninguno de sus objetivos. Y si antes Teherán contaba con su controvertido programa nuclear como principal baza de negociación, ahora añade el control del estrecho como palanca aún más poderosa para seguir resistiendo la embestida. Consciente de que militarmente no puede doblegar a sus agresores, ha encontrado en la perturbación selectiva del tráfico marítimo por esas aguas el método más eficaz para castigar a todo el planeta, fantaseando con que la presión sobre Washington le permitirá salir incluso más reforzado de un conflicto indeseado. Por su parte, Trump, desesperado por salir del pozo en el que él mismo se ha metido, impone ahora un bloqueo que, al ahogar económicamente a su enemigo, sigue buscando su claudicación.
En todo caso, se multiplican las señales que dan a entender que Trump no ha calibrado adecuadamente adónde le lleva su última ocurrencia. Idealmente, el bloqueo naval que ha anunciado —con la pretensión de impedir el paso de Ormuz a todos los buques que partan de o se dirijan a puertos iraníes, además de los que transiten por las vías establecidas por Teherán, aunque no toquen puertos iraníes, pero hayan aceptado sus condiciones de navegación y pagado un peaje— debe ser legal y eficaz.
La primera condición, al igual que ocurre con el impuesto por Irán, no se cumple, dado que ni Washington cuenta con un mandato explícito del Consejo de Seguridad de la ONU, ni puede alegar legítima defensa. Eso explica, como ahora comprueba Trump, el rechazo de muchos países —tanto miembros de la OTAN como del Consejo de Cooperación del Golfo— a aportar sus fuerzas para colaborar en la búsqueda de solución a un problema inexistente hasta el pasado 27 de febrero. Entretanto, la iniciativa que elm francés Emmanuel Macron y el británico Keir Starmer propugnan para garantizar la libertad de circulación en Ormuz se pospone hasta que “se den las condiciones necesarias”.
Por lo que respecta a la eficacia del bloqueo, mientras que al iraní le basta con atemorizar y/o atacar algún buque aislado, el estadounidense se impone la tarea de una prohibición total para anular completamente los planes de Teherán. Para ello necesita contar en la zona de operaciones con un volumen de efectivos navales, aéreos y terrestres muy superiores a los que ahora tiene allí desplegados. Actualmente se estima que solo cuenta con una quincena de buques —entre los que se encuentra el portaviones Abraham Lincoln,una vez que el Gerald Ford se ha retirado hacia Creta y al George W. Bush aún le quedan días de travesía antes de acercarse a la zona— directamente implicados en la operación. Sin embargo, una voz tan autorizada como la del almirante estadounidense James Stavridis calcula que serían necesarios dos portaviones y unos 16 destructores y fragatas, además de una cincuentena de otros navíos que operasen entre el golfo Pérsico y el mar Arábigo para lograr resultados apreciables.
Y es que a la dificultad de controlar el gran número de barcos que ahora mismo están encerrados en el Golfo se le suma la aspiración de romper el bloqueo iraní. Eso supone estar en condiciones de neutralizar centenares de buques de ataque rápido, miles de minas, drones de superficie y submarinos, misiles balísticos y de crucero, así como unidades terrestres ubicadas a lo largo de más de 1.500 kilómetros de costa, lo que le concede a Irán una notable capacidad de acción a pesar de su inferioridad tecnológica. Y todavía queda por ver qué ocurrirá si el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) decide cortar el paso a un buque chino, cuando Pekín ya ha advertido: “No se metan en nuestros asuntos”.
Si todavía queda algo de racionalidad en quienes tienen que tomar decisiones en un entorno tan complejo, cabría esperar que, al borde del abismo, se evite profundizar en una dinámica que no ofrece salida airosa a ninguno de los contendientes. Tratando de escapar de los vaticinios más catastrofistas, resulta claro que, a pesar de que el intercambio de golpes pudiera indicar lo contrario, la vía elegida tanto por Teherán como por Washington prima el factor geoeconómico por encima del militar; básicamente porque, ambos saben que no están en condiciones de lograr una victoria definitiva por las armas. Eso ofrece algún espacio al entendimiento en la medida en que Teherán precisa de un acuerdo para sobrevivir y Washington lo necesita para permitirle a Trump salir del atolladero (Netanyahu vive de la guerra y, por tanto, ni busca ni desea un acuerdo). Pero, aun así, con tantas armas desplegadas, más la desconfianza mutua y la complejidad de los temas a resolver, es muy elevada la probabilidad de que algo dispare una escalada descontrolada en un duelo en el que EE UU se juega su papel de impropio policía mundial (y la preeminencia del dólar) e Irán su existencia; todo ello obligando a las navieras a escoger entre la legalidad establecida por Washington o el hecho consumado del control iraní.
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