La economía china arrancó 2026 con más impulso del previsto, resistiendo mejor que otras grandes potencias los impactos de la guerra en Oriente Próximo. El crecimiento del 5% en el primer trimestre confirma que el motor exportador sigue funcionando incluso en un entorno global sacudido por conflictos y crisis energética.
El primer trimestre, con un crecimiento económico del 5%, confirma que China puede capear tormentas externas. La incógnita es cuánto tiempo puede hacerlo sin resolver sus debilidades internas
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La economía china arrancó 2026 con más impulso del previsto, resistiendo mejor que otras grandes potencias los impactos de la guerra en Oriente Próximo. El crecimiento del 5% en el primer trimestre confirma que el motor exportador sigue funcionando incluso en un entorno global sacudido por conflictos y crisis energética.
Pero los nuevos datos oficiales que se han publicado este jueves también dejan al descubierto el mismo problema estructural que arrastra Pekín desde hace años: una demanda interna incapaz de acompañar el ritmo de la producción.
La cifra del PIB publicada por la Oficina Nacional de Estadística, de enero a marzo, supone una aceleración respecto al 4,5% del trimestre anterior y ofrece un respiro a unas autoridades que han rebajado sus ambiciones. El objetivo oficial de crecimiento para este año, entre el 4,5% y el 5%, es el más modesto desde 1991.
Esto no es solo un gesto de prudencia: es el reconocimiento implícito de que la segunda economía del mundo ha entrado en una fase de crecimiento más lento, condicionada por una guerra comercial con Estados Unidos, un sector inmobiliario en crisis permanente y un consumidor doméstico aún retraído.
El contexto internacional añade otra capa de incertidumbre. La escalada en Oriente Próximo y su impacto en los mercados energéticos han encarecido los costes de producción y tensionado las cadenas logísticas. Para China, que es el mayor importador de petróleo del mundo, el shock energético ha sido un recordatorio de su vulnerabilidad, en cuanto a la dependencia de la energía que compra. Los portavoces de la propia oficina estadística de Pekín lo resumían sin rodeos: el entorno es «más complejo y volátil», con un desequilibrio «agudo» entre una oferta fuerte y una demanda débil.
Ese desequilibrio se refleja en los datos. La producción industrial creció un 6,1% interanual en el trimestre, muy por encima del 2,4% de las ventas minoristas. En marzo, el consumo volvió a decepcionar: avanzó solo un 1,7%, tras el impulso puntual que hubo febrero por las vacaciones del Año Nuevo Chino. La inversión tampoco termina de despegar. La inversión en activos fijos urbanos aumentó un 1,7%, por debajo de lo esperado, mientras que el sector inmobiliario (tradicional pilar del crecimiento) se contrajo un 11,2%.
Frente a esa debilidad interna, el sector exterior ha vuelto a ejercer de salvavidas. Las exportaciones crecieron un 14,7% interanual en el primer trimestre, su mayor ritmo desde principios de 2022. Pero el impulso pierde fuelle. En marzo, el crecimiento se desplomó al 2,5%, lastrado por el bloqueo en el Estrecho de Ormuz y el enfriamiento de la demanda global. Es un patrón conocido: China exporta más cuando el mundo compra más barato; cuando suben los costes, el modelo se resiente.
El repunte de los precios industriales en marzo -el primero en más de tres años- apunta precisamente en esa dirección. La inflación de costes empieza a filtrarse en el tejido manufacturero, erosionando unos márgenes ya estrechos. Para una economía que compite en precio en muchos sectores, este es un riesgo inmediato. Aun así, la resiliencia china sigue siendo notable.
La combinación de un potente aparato industrial, una política fiscal activa y un control férreo del sistema financiero permite amortiguar los shocks externos mejor que en otras grandes economías. Pekín ya ha señalado que intensificará el gasto en infraestructuras y servicios públicos, con un déficit previsto en torno al 4% del PIB y una fuerte emisión de deuda.
El último informe del Fondo Monetario Internacional situaba el crecimiento de China para este año en torno al 4,6%-4,8%, una cifra sólida en términos comparativos con otras grandes potencias, pero lejos de los ritmos de dos dígitos de no hace mucho tiempo. El primer trimestre confirma que China puede capear tormentas externas. La incógnita es cuánto tiempo puede hacerlo sin resolver sus debilidades internas.
Desde Pekín siguen con mucha atención también estos días la situación del bloqueado Ormuz, el principal cuello de botella energético del planeta por donde transita cerca de un tercio del petróleo marítimo mundial. China compra cerca del 90% del petróleo que exporta Irán -gran parte de él sorteando sanciones- y es, además, el mayor cliente de Arabia Saudí y de otros productores del Golfo. El país asiático, dependiente de las importaciones energéticas, cuenta por ahora con amplias reservas de crudo y está tratando de blindarse diversificando proveedores y comprando más energía a Rusia.
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