El Frente Polisario no da por cerrados los contactos bilaterales con Rabat, que se mantienen en los últimos meses pese a la muerte el lunes por un dron marroquí de uno de sus líderes. “No necesariamente”, responde a EL PAÍS Abdulá Arabi, representante de ese movimiento en España. “El Frente Polisario está acostumbrado a dialogar en todos los contextos posibles”, agrega.
Los independentistas saharauis lamentan la muerte de uno de sus líderes en combate pero no cierran la puerta al diálogo bilateral con Rabat para lograr su autodeterminación
El Frente Polisario no da por cerrados los contactos bilaterales con Rabat, que se mantienen en los últimos meses pese a la muerte el lunes por un dron marroquí de uno de sus líderes. “No necesariamente”, responde a EL PAÍS Abdulá Arabi, representante de ese movimiento en España. “El Frente Polisario está acostumbrado a dialogar en todos los contextos posibles”, agrega.
El Polisario acusa a Rabat del ataque que acabó con la vida de tres saharauis y causó heridas a varios otros durante uno de esos choques. Entre los muertos se encuentra Lahbib Mohamed Abdelaziz, hijo del difunto expresidente Mohamed Abdelaziz, actual comandante del Ejército y miembro del Secretariado Nacional del Polisario. Pero este tipo de ataques, cada vez más empleados en diferentes guerras, no son nuevos. Sin dar una cifra exacta, responsables saharauis elevan a “decenas” de civiles y militares los que han caído en los últimos años por ataques de aparatos no tripulados perpetrados por Marruecos.
“Es indiscutible el rol prominente de Lahbib Mohamed Abdelaziz en la transición generacional en el seno del Ejército de Liberación Saharaui. Era una de las figuras más destacadas en el ámbito militar actual”, señala por teléfono Abdulá Arabi. “El ataque fue provocado por un dron de alta precisión durante la fase de retirada en el marco de una operación bélica habitual”, otra más de las que se llevan a cabo desde el recrudecimiento de los choques en los últimos seis años, agrega Arabi.
“Sin embargo, la crueldad de estos ataques, la cual no hace más que aumentar a medida que avanza la guerra, cuestiona fehacientemente la voluntad real de Marruecos de llegar a una solución pacífica del conflicto respetando los derechos del pueblo saharaui”, concluye.
“Es el elevado precio que tenemos que pagar para seguir defendiendo nuestra dignidad. Lo hacemos con orgullo”, explica en una llamada telefónica Jalil Mohamed Abdelaziz hermano de Lahbib y delegado del Polisario en Madrid. Poco después, viaja a la ex colonia para asistir a las exequias fúnebres, celebradas en lo que los saharauis conocen como territorio liberado, es decir, bajo su autoridad.
Abdulá Arabi aprovecha la muerte del mando militar para cargar contra el Gobierno español, a través de un comunicado, ante “los dobles estándares con los que rige actualmente su política exterior. Prueba de ello es que solamente cuestiona, investiga y condena los acontecimientos cuando son producidos por una de las partes”. “En cambio, cuando las víctimas -a quienes traslado mi más sentido pésame- son saharauis, el silencio se vuelve ensordecedor”.
La activista saharaui Aminatu Haidar, conocedora de las cárceles marroquíes, destaca un doble mensaje tras el último ataque. Por un lado, Rabat “desprecia abiertamente los esfuerzos de la ONU para alcanzar una solución pacífica, justa y duradera”. Por otro, destaca la “firme determinación del pueblo saharaui de continuar su lucha por la liberación nacional, sin importar el precio que deba pagar”. Define a Lahbib como una especie de hijo cuya pérdida recibe entre la “tristeza” y el “orgullo”.
Al este de El Aaiún, capital saharaui donde reside Haidar, una gran cicatriz atraviesa en el noroeste africano el desierto a lo largo de cientos de kilómetros conformando una frontera no oficial dentro del Sáhara Occidental. En una vista muy poco habitual desde el aire, como tuvo oportunidad este reportero, se comprueba la realidad de esta anomalía geográfica obra del hombre.
Se trata del muro de tierra fortificado con posiciones militares levantado en los años ochenta del pasado siglo por Marruecos. A veces, se aprecian tanques, otros vehículos y soldados que deambulan entre construcciones de barro medio camufladas con el terreno.
En la actualidad, esa descomunal construcción divide en dos la ex colonia española, de algo más de 250.000 kilómetros cuadrados (en torno a la mitad de la extensión de España). Aproximadamente un 20%, que corresponde con la zona oriental o interior, permanece en manos del Frente Polisario. El resto, que linda con la costa atlántica, es la parcela que ocupa el país magrebí, donde se enclava, entre otras localidades, El Aaiún.
El del Sáhara Occidental, con clara superioridad militar marroquí, aparece enterrado entre decenas de otros conflictos armados que sacuden el planeta en nuestros días. Aunque medio aletargada, hay puntuales escaramuzas y enfrentamientos que llevan a recordar que sigue siendo una guerra cuya solución sigue estando lejos.
¿Qué explica que este no sea un conflicto de primera línea? No hay grandes movimientos y enfrentamientos de tropas; tampoco destaca el número de víctimas mortales civiles o militares; más allá de los bancos de pesca, el fosfato y las posibilidades energéticas, la explotación de recursos naturales es mucho menos atrayente y rentable que en otras zonas; y, además, el territorio se encuentra enclavado en un lugar del mundo apartado del interés geoestratégico que despiertan otras guerras.
Al mismo tiempo, el Reino ha sabido granjearse los apoyos de importantes aliados en la escena internacional que le sirven para amarrar su postura frente a un proceso descolonizador anclado en el olvido y la inacción institucional, con la ONU a la cabeza. Entre los que brindan su ayuda directa a Rabat, además de Estados Unidos o Francia, se encuentra el Gobierno de Madrid, antigua potencia en el territorio.
El Presidente Pedro Sánchez, activo defensor del fin de la ocupación de territorios como Ucrania por parte rusa o Palestina por parte israelí, dio un giro en 2022 y se alineó sin ambages con el rey Mohamed VI. Sánchez envió una carta al monarca en la que anunciaba una “nueva relación” bilateral y, además, consideraba la propuesta marroquí como “la base más seria, creíble y realista” para resolver el conflicto.
La postura marroquí, que considera el Sáhara Occidental como propio, cierra la puerta al proceso de autodeterminación tal como aparece en la legislación internacional. Para el actual líder saharaui, el veterano Brahim Gali, de 80 años, la “solución debe basarse en el respeto absoluto al derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación y a elegir su futuro con total libertad y democracia, de conformidad con las resoluciones de la ONU y los principios de la legalidad internacional”, según informó el lunes, tras el ataque con dron, la agencia de noticias oficial saharaui. Gali acababa de recibir al enviado del Secretario General de las Naciones Unidas para el Saha Occidental, Staffan de Mistura.
El fallecido Lahbib Mohamed Abdelaziz es uno de los más altos responsables de la autoridad saharaui muerto por la nueva guerra que protagonizan los drones en medio de las arenas. “Mi padre fue herido tres veces”, recuerda Jalil Mohamed refiriéndose al expresidente, fallecido en 2016, y uno de los fundadores del Polisario, cuando los combates eran casi cuerpo a cuerpo. Lejos quedan las refriegas entre ambas partes en las que los protagonistas en las tropas saharauis eran históricos vehículos Land Rover fabricados en Linares (Jaén). Fueron en su mayoría heredados de las Fuerzas de Seguridad españolas, que abandonaron el territorio de manera definitiva en febrero de 1976.
Convenientemente modificados para portar ametralladora en la parte trasera, aquellos modelos Defender atravesaban la hamada (pedregal que domina el paisaje) en un intento por hacer retroceder al ejército marroquí, que extendía sus tentáculos por el desierto desde la Marcha Verde. Este movimiento popular fue lanzado en noviembre de 1975 por orden del rey Hasán II cuando España estaba pendiente de un moribundo dictador Francisco Franco. Pese a la llegada de otros todoterrenos más modernos como el Land Cruiser, aquellos coches españoles siguen siendo muy apreciados por los saharauis hoy en día. En todo caso, el armamento del que disponen los saharauis está muy lejos del que maneja su enemigo.
En la región argelina de Tinduf, casi donde este país linda con el Sáhara Occidental, Marruecos y Mauritania, esperan una solución al conflicto unos 175.000 refugiados en campamentos que empezaron a levantarse con el éxodo a partir de 1975. El pasado mes de abril, durante la conmemoración del 50 aniversario del Frente Polisario, el Presidente Gali se apartó en un discurso pronunciado en el campamento de Auserd (Argelia) del empleo de la guerra como principal vía para alcanzar el fin del conflicto.
El mandatario explicó que uno de los objetivos de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) es estrechar las relaciones con sus vecinos, incluido “el Reino de Marruecos”, para el que “el pueblo saharaui no será fuente de amenaza, sino socio dispuesto a la paz y la cooperación”. Sin embargo, el poso dejado por el último ataque con dron ha levantado ampollas. “La legitimación se otorga en la batalla y en el sacrificio”, sentencia Jalil Mohamed dejando abierta la puerta a nuevos enfrentamientos. Pero el amplio conocimiento del terreno de los saharauis no es suficiente, como se ha demostrado, para hacer frente a la maquinaria militar marroquí.
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