En los enormes pabellones del West Bund de Shanghai ha arrancado este viernes una carrera tecnológica que va más allá de construir el modelo de inteligencia artificial más potente o el robot humanoide más sofisticado. Mientras más de un millar de empresas exhiben los últimos avances en IA, el verdadero mensaje de la Conferencia Mundial de IA (WAIC) de este año llegó desde el escenario principal. Allí, el presidente Xi Jinping inauguró el mayor escaparate tecnológico del país con un discurso que confirmó una ambición cada vez más evidente: que Pekín no solo aspire a competir con Estados Unidos en este sector, sino también a liderar la definición de las reglas con las que el mundo gobernará esta tecnología.
La Conferencia Mundial de IA de Shanghai se convierte en el gran escaparate de la estrategia del gigante asiático para disputar a Estados Unidos el liderazgo tecnológico
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En los enormes pabellones del West Bund de Shanghai ha arrancado este viernes una carrera tecnológica que va más allá de construir el modelo de inteligencia artificial más potente o el robot humanoide más sofisticado. Mientras más de un millar de empresas exhiben los últimos avances en IA, el verdadero mensaje de la Conferencia Mundial de IA (WAIC) de este año llegó desde el escenario principal. Allí, el presidente Xi Jinping inauguró el mayor escaparate tecnológico del país con un discurso que confirmó una ambición cada vez más evidente: que Pekín no solo aspire a competir con Estados Unidos en este sector, sino también a liderar la definición de las reglas con las que el mundo gobernará esta tecnología.
La presencia de Xi, que por primera vez inaugura personalmente este evento, elevó la WAIC desde una feria industrial hasta un acto de Estado. En un momento de creciente rivalidad tecnológica con Washington, el líder chino presentó la IA como una «oportunidad histórica» y defendió un modelo basado en el código abierto, la cooperación internacional y el intercambio tecnológico.
Frente a un escenario internacional cada vez más fragmentado, Xi insistió en que el desarrollo de la IA no debe convertirse en un monopolio tecnológico reservado para unas pocas potencias, sino en «un bien accesible para todos los países», especialmente para el llamado Sur Global.
Ese discurso resume la estrategia que Pekín lleva tiempo construyendo. Si durante la primera fase de la revolución de la IA China parecía concentrada en reducir la distancia con EEUU en modelos de lenguaje y capacidad de computación, ahora intenta abrir un segundo frente: el de la gobernanza internacional.
Su propuesta más ambiciosa es la creación de la llamada Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), un organismo internacional impulsado por China que pretende coordinar estándares, cooperación técnica y desarrollo conjunto entre los países participantes. El acuerdo fundacional fue firmado esta semana por 29 naciones, con Shanghai como futura sede permanente. Según palabras de los funcionarios chinos, el organismo «permitirá democratizar el acceso a la IA y evitar que unas pocas potencias controlen una tecnología estratégica».
La propuesta china choca con las aproximaciones de Washington y Bruselas. EEUU ha apostado por mantener el liderazgo tecnológico mediante una fuerte inversión privada, el dominio de las empresas punteras y las restricciones a la exportación de chips avanzados hacia China, mientras defiende que una regulación excesiva podría frenar la innovación. Europa, por el contrario, ha situado el énfasis en la regulación, los derechos fundamentales, la transparencia y la responsabilidad jurídica de los desarrolladores.
China, señalan algunos analistas, intenta situarse en un punto intermedio. Reivindica una regulación internacional, pero rechaza que ésta quede definida exclusivamente por Occidente. Su mensaje consiste en presentar la IA de código abierto como una herramienta para reducir la brecha tecnológica entre países ricos y en desarrollo, al tiempo que denuncia los bloqueos tecnológicos y las restricciones comerciales impuestas por Washington.
La WAIC reúne este año más de 1.100 compañías y alrededor de 3.000 productos tecnológicos, con más de 300 presentaciones mundiales. Los principales desarrolladores chinos exhiben una nueva generación de grandes modelos de lenguaje -entre ellos Qwen, de Alibaba; los nuevos modelos de Tencent, SenseTime, MiniMax o Moonshot AI- que cada vez recortan más distancias respecto a sus competidores estadounidenses.
La apuesta ya no se limita al chatbot: los fabricantes muestran agentes autónomos capaces de ejecutar tareas complejas, asistentes integrados en teléfonos móviles, sistemas para programación, investigación científica y una nueva generación de robots humanoides que vuelven a convertirse en las grandes estrellas de la feria.
La autosuficiencia tecnológica también ocupa un lugar central. Las restricciones estadounidenses al acceso a los chips más avanzados de Nvidia han acelerado el desarrollo de un ecosistema completamente nacional. Empresas como Huawei exhiben sistemas de computación capaces de entrenar modelos de IA utilizando procesadores propios, mientras numerosos fabricantes chinos desarrollan toda la cadena tecnológica, desde los semiconductores hasta el software.
Pero la creciente influencia china también genera inquietud fuera de sus fronteras. Varios gobiernos occidentales observan con preocupación que Pekín pueda utilizar la gobernanza internacional de la IA como un nuevo instrumento de influencia geopolítica, del mismo modo que hizo anteriormente con las infraestructuras, las telecomunicaciones o el comercio digital. Sus críticos temen que los estándares promovidos por China incorporen una visión más favorable al control estatal, a la supervisión gubernamental y a modelos menos exigentes en materia de protección de datos, privacidad o libertad de expresión.
También existe recelo sobre la expansión internacional de los modelos abiertos desarrollados por compañías chinas. Mientras Pekín los presenta como herramientas accesibles para democratizar la IA, algunos analistas occidentales advierten de que esa difusión podría aumentar la dependencia tecnológica de numerosos países respecto al ecosistema chino y ampliar la capacidad de influencia de sus grandes empresas tecnológicas. China rechaza esas acusaciones y sostiene que la verdadera amenaza reside en la fragmentación tecnológica y en los bloqueos impulsados por EEUU.
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