La inteligencia artificial ha abierto una crisis silenciosa en la educación y en particular en las escuelas de negocios. Durante décadas, universidades y centros académicos han sido el laboratorio donde se ha generado el conocimiento de vanguardia. Las ideas que movían el mundo salían de la ebullición intelectual que se formaba entre sus paredes, en sus claustros. Ahora, sin embargo, ese núcleo irradiador se ha instalado en las grandes compañías, en las que se libra una carrera cainita por empujar la última frontera de la tecnología. «El conocimiento ya no parte de la universidad, está en la empresa», advierte muy tajante Daniel Traça (Coimbra, 1967), director general de Esade. Y ante esto, añade, hay que actuar «rápido».
Daniel Traça, director general de Esade, tiene claro que no es momento de quedarse quieto: «El conocimiento ya no parte de las universidades, está en las empresas»
La inteligencia artificial ha abierto una crisis silenciosa en la educación y en particular en las escuelas de negocios. Durante décadas, universidades y centros académicos han sido el laboratorio donde se ha generado el conocimiento de vanguardia. Las ideas que movían el mundo salían de la ebullición intelectual que se formaba entre sus paredes, en sus claustros. Ahora, sin embargo, ese núcleo irradiador se ha instalado en las grandes compañías, en las que se libra una carrera cainita por empujar la última frontera de la tecnología. «El conocimiento ya no parte de la universidad, está en la empresa», advierte muy tajante Daniel Traça (Coimbra, 1967), director general de Esade. Y ante esto, añade, hay que actuar «rápido».
El aviso de Traça explica buena parte de la transformación que este economista portugués impulsa desde hace año y medio en esta institución educativa sin ánimo de lucro. El reto ya no consiste solo en formar a los líderes del futuro y enseñarles management o finanzas, sino en redefinir qué papel puede jugar una escuela de negocios en un mundo donde OpenAI, Google o Anthropic avanzan más rápido que cualquier campus universitario.
Traça, exdecano de Nova SBE en Lisboa, tomó en 2024 el timón de una escuela por la que pasan 13.706 estudiantes al año y en la que cuatro de cada 10 alumnos llegan de fuera de nuestro país, con hasta 126 nacionalidades diferentes. Esade atraviesa bajo su mandato un momento de fortaleza financiera: cerró el curso 2024-2025 con 136,3 millones de euros de ingresos netos, con 15,3 millones de Ebitda y 6,8 millones de beneficio. Ha estrenado este curso un moderno campus en Madrid, en Mirasierra, (donde recibe a Actualidad Económica) en el que opera bajo régimen de alquiler, pero que ha reformado al detalle en base a sus necesidades académicas: «El otro se nos quedaba pequeño».
Más allá de las cifras, Traça tiene una misión que no esconde y que es la de llevar a Esade a otro escalón, darle una vuelta, pero volviendo de alguna manera a los orígenes. Inquieto y exigente, la conversación gira constantemente alrededor de la necesidad de evitar que las universidades pierdan relevancia frente a las tecnológicas. Y es que, a sus ojos, no solo está cambiando el acceso al conocimiento; también el espacio donde se producen los debates críticos.
«Antes, las universidades cuestionaban a las grandes tecnológicas desde fuera. Ahora parte de ese debate ocurre dentro de empresas como Google o Anthropic, donde incluso sus propios trabajadores discuten contratos militares o el uso de la IA. Pero no es lo mismo: cuando el conocimiento está dentro de la empresa, la libertad también tiene más límites», explica.
Este trasvase altera el equilibrio tradicional entre academia y poder económico y es ahí donde Traça cree que se debe volver a los orígenes. La irrupción de la IA generativa obliga a replantear qué capacidades humanas seguirán siendo «diferenciales» a partir de ahora, por lo que a su juicio hay que devolver peso a las humanidades dentro de la formación empresarial. Filosofía, historia o arte deben dejar de ser un complemento decorativo y convertirse en herramientas de pensamiento crítico frente a unos algoritmos capaces de producir respuestas aparentemente perfectas.
«Cuanto más poderosa es la tecnología, más importante es tener criterio», sostiene el portugués. La escuela, en su opinión, ya no puede limitarse a formar ejecutivos hipercompetitivos, debe formar líderes capaces de entender el impacto social y político de esa tecnología. En definitiva, no dejarla avanzar sola.
Resume en dos palabras el giro estratégico que intenta imprimir a Esade: «meaningful impact». Lo dice varias veces durante la entrevista y puede traducirse como una mezcla de impacto con propósito, un liderazgo vinculado a valores y capacidad de generar prosperidad sin ignorar la cohesión social.
Traça, doctor en Economía por la Universidad de Columbia, es el primer extranjero que ha tomado la batuta de Esade en toda su historia. Insiste en recuperar parte de su espíritu fundacional y recuerda que la escuela nació en 1958, dentro de la red UNIJES de universidades jesuitas, en una España que empezaba a abrirse a Europa y buscaba formar líderes conectados con valores democráticos y europeístas. Ahora cree que ese discurso vuelve a cobrar sentido en un contexto internacional marcado por la polarización, el proteccionismo y las tensiones geopolíticas.
Pero, ¿cómo se forma a líderes si el mundo cambia constantemente? Para el director general de Esade la idea de comunidad es clave. «Durante años la gente se preocupaba por su trabajo, su empresa y su familia. Ahora debe entender que, si la sociedad se rompe, todo lo demás también está en riesgo», afirma.
La transformación que se teje en Esade tiene una dimensión territorial muy clara. Barcelona sigue siendo el gran centro histórico de Esade y su vínculo, presume, está más fuerte que nunca. Sin embargo, Madrid gana peso dentro del proyecto y el nuevo campus en la capital es buena muestra de ello, ya que les reposiciona y les permite ganar tamaño en un momento en el que la competencia entre las escuelas de negocios es brutal. Traça, que sabe leer bien la habitación, evita plantear una rivalidad entre ambas ciudades y habla de complementariedad en todo momento. Barcelona les aporta tradición internacional, ecosistema emprendedor y conexión europea; y Madrid, cercanía al poder económico, institucional y empresarial. «Las universidades tienen que conectar más con las comunidades donde operan», sostiene.
La carrera con otras escuelas de negocio no le es tampoco ajena: «Nosotros queremos ser un jardín, no una torre», desliza en un momento de la conversación, refiriéndose a que Esade busca ser una institución «abierta y conectada» con las empresas, las ciudades y la sociedad, frente a otros modelos «más cerrados o elitistas».
Y es que la cuestión de la accesibilidad no es menor en el contexto actual. Las escuelas de negocios afrontan cada vez más críticas por el precio de sus programas y por el riesgo de convertirse en espacios cada vez más elitistas, una brecha que la revolución tecnológica puede incluso agrandar ahora. Traça considera que mantener diversidad social es esencial si las instituciones quieren conservar legitimidad y capacidad de influencia.
Para garantizar esa apertura, recuerda que Esade destina 5,4 millones de euros anuales a becas para 295 estudiantes, con coberturas que pueden alcanzar el 100% de la matrícula y ayudas adicionales para alojamiento y manutención. La escuela ha puesto además en marcha fórmulas de financiación como los ‘Income Share Agreements’ junto al Fondo Europeo de Inversiones, que permiten devolver el coste de los estudios mediante ingresos futuros. Tiene además programas específicos, como el Barcelona Talent Accelerator, dirigido a estudiantes de entornos vulnerables, que sienta en la misma clase a los hijos de las familias bien con otros de origen mucho más humilde. «Es una oportunidad para unos y otros», apunta el directivo.
En el tiempo que el lector ha tardado en llegar hasta este párrafo, el mundo probablemente haya cambiado un poquito más con sus actuales vaivenes geopolíticos. También la tecnología habrá dado otro pequeño salto. Esta misma semana, el papa León XIV ha publicado su histórica encíclica sobre la Inteligencia Artificial, algo impensable en un líder religioso hace apenas unos años. Los sistemas generativos de la IA evolucionan a tal velocidad que reguladores, empresas y universidades se ven desbordados. Y Traça, como el papa, no quiere mirar de espaldas esta revolución.
Hay un primer impacto, más prosaico, en el ámbito educativo: la forma de evaluar el conocimiento de los alumnos, los trabajos, los exámenes… ha perdido efectividad ante la irrupción de la IA. Traça (y su equipo) ya están en ello y ultiman una reforma, que aún no desvelan, ya con la mirada en el próximo curso. Pero más allá de ese primer impacto, a Traça le ocupa el tipo de personas, de líderes, que hay que formar para un mundo dominado por la IA. La fórmula, cree, pasa por combinar conocimiento técnico con pensamiento crítico, ética, humanidades y comprensión social. «La tecnología cambia muy rápido y precisamente por eso necesitamos personas con más capacidad para entender el mundo, cuestionarlo y generar impacto con propósito».
En la carrera de la IA, Europa parece haber partido con los cordones de las zapatillas sueltos, pero Traça es optimista y cree que la UE está ante un momento decisivo. A su juicio, frente al endurecimiento geopolítico, el auge del populismo y la concentración de poder tecnológico en Estados Unidos y China, el continente necesita recuperar su identidad propia basada en los valores que marcaron su reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial: apertura, democracia liberal, cohesión social y consenso institucional. «Lo que vemos hoy es que algunos de esos valores europeos se han debilitado, incluso dentro de Occidente», sostiene. Y es ahí, concluye, donde Europa tiene la gran oportunidad de diferenciarse.
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