La guerra de Ucrania ha trastocado para siempre el cordaje del conflicto bélico convencional. Con la anexión de Crimea y el avispero del Donbás (2014) aún era difícil verle las orejas al nuevo lobo. Después Rusia inició su invasión a gran escala (2022) y ahí fue donde sucedieron dos cosas: comenzó a hablarse de tecnologías de uso dual y los laboratorios de innovación y supervivencia echaron humo. De este modo surge el dron como rey no ya de un lenguaje audiovisual detectable en películas, videoclips e incluso bodas, sino como soldado irreemplazable. El Ministerio de Defensa ucraniano estima que el 90% de los objetivos abatidos desde su flanco corresponde a la acción de estos aparatos sin tripulante, capaces de volar cada vez más lejos e incluso de completar misiones con ayuda de la IA (menudo debate éste). Pero lo más esperanzador o doloroso, según el bando, es el contraste entre los costes de fabricación y el daño infligido: un dron FPV táctico equipado con fibra óptica cuesta alrededor de 1.000 euros, pero es capaz de aniquilar un carro de combate que ronda los 3,5 millones.Este contexto es relevante para entender el recorrido y las posibilidades de FuVeX, la startup ubicada en Tudela, Navarra, y dirigida por Carlos Matilla Codesal. El CEO es ingeniero aeroespacial por la Universidad Politécnica de Madrid y complementó su formación con un MBA en la EOI, luego reúne las dos caras de un buen líder en un vertical tan específico como el de la tecnología industrial: conocimiento técnico y sabiduría en la gestión. Con 90 profesionales en el equipo, ocho patentes, 1,3 millones de euros facturados en 2025, la ronda de inversión anunciada en agosto (tres millones con la participación de Sodena, la sociedad pública de inversión del Gobierno de Navarra; Sego Venture e Izertis) y una fábrica de 2.500 metros cuadrados cuya ampliación ya se estudia, sólo cabe conjeturar que aquí se esconde una historia con recorrido.FuVeX nace en 2013 como spin-off de la universidad. Un muy joven Matilla se había estrenado en el mundillo no tripulado gracias a dos competiciones, RoboSub, orientada a drones submarinos (el protagonista de este artículo también es ingeniero naval), y SUAS, volcada con los autogiros, primos hermanos de los helicópteros. Hoy, la compañía describe su actividad así: diseño, producción y operación de drones de largo alcance. Hasta hace poco, el uso principal era la inspección de líneas eléctricas, infraestructuras renovables, agricultura, gasoductos y oleoductos, pero la foto se ha enriquecido con el componente de seguridad y defensa. Asimismo, se han entregado a la UME los primeros drones de una partida destinada a mejorar la lucha contra los incendios. Sacar del horno una unidad conlleva dos semanas de trabajo.
Ubicada en Tudela, la firma dispone de drones autónomos que llaman la atención de eléctricas y actores de seguridad y defensa.
La guerra de Ucrania ha trastocado para siempre el cordaje del conflicto bélico convencional. Con la anexión de Crimea y el avispero del Donbás (2014) aún era difícil verle las orejas al nuevo lobo. Después Rusia inició su invasión a gran escala (2022) y ahí fue donde sucedieron dos cosas: comenzó a hablarse de tecnologías de uso dual y los laboratorios de innovación y supervivencia echaron humo. De este modo surge el dron como rey no ya de un lenguaje audiovisual detectable en películas, videoclips e incluso bodas, sino como soldado irreemplazable. El Ministerio de Defensa ucraniano estima que el 90% de los objetivos abatidos desde su flanco corresponde a la acción de estos aparatos sin tripulante, capaces de volar cada vez más lejos e incluso de completar misiones con ayuda de la IA (menudo debate éste). Pero lo más esperanzador o doloroso, según el bando, es el contraste entre los costes de fabricación y el daño infligido: un dron FPV táctico equipado con fibra óptica cuesta alrededor de 1.000 euros, pero es capaz de aniquilar un carro de combate que ronda los 3,5 millones.
Este contexto es relevante para entender el recorrido y las posibilidades de FuVeX, la startup ubicada en Tudela, Navarra, y dirigida por Carlos Matilla Codesal. El CEO es ingeniero aeroespacial por la Universidad Politécnica de Madrid y complementó su formación con un MBA en la EOI, luego reúne las dos caras de un buen líder en un vertical tan específico como el de la tecnología industrial: conocimiento técnico y sabiduría en la gestión. Con 90 profesionales en el equipo, ocho patentes, 1,3 millones de euros facturados en 2025, la ronda de inversión anunciada en agosto (tres millones con la participación de Sodena, la sociedad pública de inversión del Gobierno de Navarra; Sego Venture e Izertis) y una fábrica de 2.500 metros cuadrados cuya ampliación ya se estudia, sólo cabe conjeturar que aquí se esconde una historia con recorrido.
FuVeX nace en 2013 como spin-off de la universidad. Un muy joven Matilla se había estrenado en el mundillo no tripulado gracias a dos competiciones, RoboSub, orientada a drones submarinos (el protagonista de este artículo también es ingeniero naval), y SUAS, volcada con los autogiros, primos hermanos de los helicópteros. Hoy, la compañía describe su actividad así: diseño, producción y operación de drones de largo alcance. Hasta hace poco, el uso principal era la inspección de líneas eléctricas, infraestructuras renovables, agricultura, gasoductos y oleoductos, pero la foto se ha enriquecido con el componente de seguridad y defensa. Asimismo, se han entregado a la UME los primeros drones de una partida destinada a mejorar la lucha contra los incendios. Sacar del horno una unidad conlleva dos semanas de trabajo.
Con pasmosa sinceridad se pronuncia Matilla cuando se le interroga sobre ese momento fundacional donde uno, supuestamente, descubre una brecha que nadie ha sabido tapar en el mercado. «La idea no estaba tan clara. Teníamos la solución de una aeronave sin un problema identificado. Ahora, sin embargo, el entorno está mucho más despejado: los vehículos autónomos van a cambiar el mundo. Lo vimos hace 13 años y hemos querido estar ahí desde el principio».
En la colección de FuVeX caben diversos «sistemas». Los hay que se alejan hasta ocho kilómetros; otros se van hasta 12 y los más dotados llegan a 25. La startup trabaja actualmente en un modelo de tres metros de envergadura capaz de alejarse un centenar de kilómetros. Hay un equipo que planifica las misiones, estas se inyectan luego en el dron y los pilotos supervisan la operación mientras el dron la ejecuta de manera autónoma. FuVeX dispone hoy de 15 tripulaciones operacionales. En cada una de ellas siempre hay dos pilotos, dos drones y el backup. En el servicio de revisión de infraestructuras, normalmente se acuerda un precio por kilómetro revisado. Cuando se trata de seguridad y defensa, el dron se vende directamente al cliente. «Es una tecnología muy robusta, muy probada, con casi 5.000 horas de vuelo bajo condiciones diversas de lluvia, calor y viento. No tenemos experiencia en combate, pero sí mucha experiencia operacional. Hay muchísimo que transferir desde lo civil hacia lo militar», reflexiona el CEO.
Rara es la semana donde no se registra un pequeño retoque, una mejora del producto, «siempre de la mano del cliente, con práctica, sin desperdiciar diez años en un laboratorio». Matilla no desvela lo que le cuesta a la empresa cada dron, aunque sí aporta un indicio: «Hay cámaras de estantería que valen 100.0000 euros». El salto de complejidad respecto a un modelo enfocado al ocio es abismal. Son monstruos que exigen una licencia y también una formación que muy pocos son capaces de impartir. «Son nuestros pilotos veteranos los que ayudan a los más jóvenes. Por suerte, también contamos cada vez con más herramientas para facilitarles la labor». Aquí juega un papel no menor la IA, igual que en escaneo de rutas.
De vuelta al futuro del transporte, recuerda el empresario que, «en un entorno tremendamente regulado y con mucha sed de capital», es complicado dar a la vez los dos saltos necesarios. «Uno es el de la propia aeronave y otro que vuele sola». Por eso cayeron proyectos como los de Lilium Jet o Uber Elevate. «Pero China funciona de otra manera. Uno de sus seis ejes estratégicos es la economía de baja altura, con drones y aerotaxis. Allí lo pueden hacer, en Europa y EEUU, no. Aun así, tenemos los ejemplos de Ucrania e Irán y hemos comprendido que la autonomía estratégica es importante. El dron no es un cacharro industrial, es la tecnología que marcará el mañana», advierte Matilla.
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