No pensaba yo que la revolución contemporánea iba a venir anunciada con una campaña del Desigual, pero así de extraño es el presente. Un día los chicos están farmeando aura y al día siguiente igual tenemos una extinción humana. Cómo deben de estar las cosas para que hasta las empresas de Silicon Valley nos estén avisando de que la IA nos llevará al exterminio.
Elon está obsesionado con tener hijos que puedan luchar en una guerra civil futura. Lo que no creo que se imagine es que, de darse una guerra, su descendencia lucharía en el bando contrario.
No pensaba yo que la revolución contemporánea iba a venir anunciada con una campaña del Desigual, pero así de extraño es el presente. Un día los chicos están farmeando aura y al día siguiente igual tenemos una extinción humana. Cómo deben de estar las cosas para que hasta las empresas de Silicon Valley nos estén avisando de que la IA nos llevará al exterminio.
La semana pasada Desigual lanzó la campaña Born to disobey con Vivian Jenna Wilson, hija primogénita de Elon Musk, de protagonista. Vivian y Musk representan las dos caras del mundo contemporáneo. De un lado, Vivian, modelo y activista de la generación Z, que transicionó en 2020. Del otro lado, Musk, tecnoligarca de la generación X.
Es bien conocido que no se soportan. De ella, Elon Musk, que se niega a llamarla hija, dijo que había sido secuestrada por el virus woke. De él, Vivian, al que no quiere llamar padre, dijo que era un ser patético.
En la campaña de Desigual, Vivian sale junto a DESI84, un robot que imita el modelo Optimus de Musk. «Él fue diseñado para obedecer, yo no», dice Vivian del robot, antes de pasearle como a un perro, echarle agua o darle un golpe con un palo de golf. Si hay un futuro, cosa que tambalea ahora mismo, es muy probable que esta campaña se estudie como un hito del marketing en plena crisis de la IA.
El lanzamiento de la campaña coincidía con el estreno en Venecia del documental Musk, donde una de las ex mujeres de Musk (por lo que sea, Musk también rechaza llamar a sus ex mujeres, mujeres, y ha decidido llamarlas «reproductoras»), reveló que habían intentado callarla con 40 millones de dólares y que, en ese momento, se había dado cuenta de lo importante que eran sus palabras. También reveló que él estaba obsesionado con tener hijos que pudieran luchar en una guerra civil futura. Lo que no creo que se imaginara Musk es que, de darse una guerra, sus hijes lucharían en el bando contrario.
Antes pensábamos que la IA nos iba a robar el trabajo y las neuronas; ahora no sabemos todo lo que la IA nos podrá quitar. Si hasta los tecnoligarcas de Silicon Valley, incluido Musk (esa gente que ha demostrado no tener ningún escrúpulo ni ninguna empatía), están horrorizados con los últimos acontecimientos, no me quiero ni imaginar lo que habrán visto. Después de la semana de advertencias terroríficas que llevamos, creo que hoy cualquier cabeza racional se ha levantado un poco como Vivian, con ganas de sacar un bate y apalear a unos cuantos robots. Y, de paso, a unos cuantos oligarcas tecnológicos con ellos.
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