La cárcel, en la más corriente definición a cargo de Foucault, no es tanto un lugar de reclusión (mucho menos de rehabilitación) como una fábrica más. En su caso lo que se manufactura son, por un lado, cuerpos dóciles y, por otro, los delincuentes necesarios que todo Estado disciplinario (que no disciplinado) necesita para justificar y alentar el control social. No está claro si Cal McMau ha leído al autor francés, tampoco ha comprobado nadie cuánto tiempo de su vida ha dedicado este director debutante a repasar una a una las casi infinitas películas carcelarias que ha dado el cine desde Veinte mil años en Sing Sing a Cadena perpetua pasando por Celda 211 (sí, también ella), pero alguien debería averiguar las dos cosas. Aunque solo sea por curiosidad o para pasar el rato. Lo cierto es que Hombres de acero (pésima reinterpretación del Wasteman original) se antoja un perfecto resumen e ilustración de una cosa y otra, de Vigilar y castigar y de la angustia de Tim Robbins en la película de Darabont.
El debutante Cal McMau se estrena con un enfebrecido ejercicio de cine carcelario tan despiadado como descarnadamente humano
La cárcel, en la más corriente definición a cargo de Foucault, no es tanto un lugar de reclusión (mucho menos de rehabilitación) como una fábrica más. En su caso lo que se manufactura son, por un lado, cuerpos dóciles y, por otro, los delincuentes necesarios que todo Estado disciplinario (que no disciplinado) necesita para justificar y alentar el control social. No está claro si Cal McMau ha leído al autor francés, tampoco ha comprobado nadie cuánto tiempo de su vida ha dedicado este director debutante a repasar una a una las casi infinitas películas carcelarias que ha dado el cine desde Veinte mil años en Sing Sing a Cadena perpetua pasando por Celda 211 (sí, también ella), pero alguien debería averiguar las dos cosas. Aunque solo sea por curiosidad o para pasar el rato. Lo cierto es que Hombres de acero (pésima reinterpretación del Wasteman original) se antoja un perfecto resumen e ilustración de una cosa y otra, de Vigilar y castigar y de la angustia de Tim Robbins en la película de Darabont.
Básicamente, la película se entretiene en narrar la agonía de un hombre encarcelado. Se diría que la metáfora se mantiene intacta desde el Romance del prisionero triste y cuitado. A punto de recibir la libertad condicional, el personaje de David Jonsson ha de decidir entre lo malo y lo peor. O colaborar con uno de sus colegas (Tom Blyth) en su venganza de los mafiosos y amos del cotarro que acabaron con su incipiente negocio en prisión o ver cómo su familia, la de fuera (especialmente su hijo), paga las consecuencias. La maldad no conoce confinamiento posible.
Pero lo relevante como casi siempre no es el qué sino el cómo. Con un depurado estilo entre verista y solamente cierto (y por ello cruel), Hombres de acero avanza por la pantalla convencida de que la violencia hay que verla para creerla. La idea no es tanto espectacularizar lo desagradable como hacerlo posible, acercarlo ante la mirada del espectador hasta que huela (y para nada bien) y duela. Y eso, claro, molesta, incomoda y, llegado el caso, quita el sueño. No es reconfortante, pero sí, y esto es lo que cuenta, verdad. En vibración constante, sin añadir nada nuevo a la larga tradición cinéfila en la que hace pie, la película se mantiene en todo momento en equilibrio entre lo sorprendente, lo hiriente y lo crudo. La cámara, siempre frontal, ni cae en la trampa de la gratuita elipsis de intención artística ni en la tendencia más irritante y moderna del turismo de la violencia. Simplemente se acepta que ella, la violencia, como el animal salvaje que es, no admite ni domesticación ni excusa. Sin duda, una brillante lectura de Foucault y de obras cumbres del asunto como, por ejemplo, Un profeta.
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Director: Cal McMau. Intérpretes: Tom Blyth, David Jonsson, Neil Linpow. Duración: 90 minutos. Nacionalidad: Reino Unido.
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