Ahora está claro: la guerra por Ormuz se ha convertido en una crisis abierta, de difícil resolución, sin plazos, que conviene, sobre todo, a Irán y Estados Unidos, y algo menos a Israel.
Irán ha hecho valer en Ormuz la tesis clásica de Yves Lacoste de que la geografía es un arma inventada para la guerra
Ahora está claro: la guerra por Ormuz se ha convertido en una crisis abierta, de difícil resolución, sin plazos, que conviene, sobre todo, a Irán y Estados Unidos, y algo menos a Israel.
Ormuz escenifica en Oriente Próximo la inestabilidad como forma de control, una suerte de estrategia, aparentemente caótica, de la que la actual administración estadounidense ha hecho signo distintivo: aranceles de quita y pon; aliados y enemigos de ida y vuelta; amenazas o conspiraciones que aparecen y desaparecen.
Con el Memorando de Entendimiento alcanzado en junio entre Estados Unidos e Irán, se vio el juego. Ninguno de los protagonistas creyó en el acuerdo. Cada cual aspiraba a gestionar la no paz a su conveniencia. EE UU, en concreto, quería alzarse en guardián de las aguas del golfo que aún no controlaba, las de Ormuz, ajenas a las bases militares con que cuenta en Kuwait, Qatar, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos.
Sin embargo, en un mundo rebosante de amenazas híbridas, Irán ha hecho valer en Ormuz la tesis clásica de Yves Lacoste de que la geografía es un arma inventada para la guerra. Internamente, la unidad en torno al control del estrecho ha acallado posibles diferencias sobre otros puntos del acuerdo con Estados Unidos. Y aunque las discrepancias hayan sido más palabrería que otra cosa, la disputa entre pragmáticos y dogmáticos se ha zanjado a favor de los segundos, esto es, del líder supremo frente al presidente de la República, y de la continuidad del régimen cuya destrucción proclamaron Estados Unidos e Israel cuando lanzaron la guerra hace cinco meses.
Israel, que hubiera preferido una confrontación más tradicional, puramente militar, ha hecho lo posible para explotar la situación. Si ya con el genocidio de Gaza había logrado marcar el ritmo de acuerdos, invasiones y futurología en Palestina, Líbano y Siria, ahora intenta no perder comba y adaptarse al nuevo marco.
A quien más perjudica esta inestabilidad cronificada es a los Estados árabes del Golfo, que han descubierto que sus intereses, económicos y de seguridad, han dejado de ser una prioridad para Estados Unidos. Arabia Saudí, la eterna potencia emergente, acaba de dar un paso inaudito: junto con Turquía y Pakistán ha firmado el llamado Pacto de La Meca, un acuerdo de estilo otanista que contempla acudir en defensa de un aliado en caso de ataque externo. Está en el aire que se sume Egipto: su Gobierno baraja la posibilidad mientras negocia prerrogativas con los enemigos de esta entente (los Emiratos Árabes Unidos, Israel y el propio Estados Unidos). De consumarse tal alianza, se cumpliría el sueño, siempre frustrado, de lo que Erdogan, el presidente turco, ha descrito como “un paso para la resolución de los problemas regionales por los actores regionales”. O dicho con más contundencia: “Sabemos muy bien que las soluciones importadas solo traen desastres”. Lo cual, no dejando de ser cierto, no quita para que Erdogan juegue tanto en Oriente como en Occidente, por así decir.
A la vista de esta situación, Irán es quien sale ganando de una guerra que no buscó: el régimen se ha hecho inexpugnable valiéndose de Ormuz, y está llamado a gestionar la inestabilidad mejor que nadie.
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