Algunos antiguos empleados del cuerpo diplomático ruso aún recuerdan cómo su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, “era el mejor”, el espejo en el que se miraban todos. El jefe de la diplomacia rusa desde 2004 era considerado el arquitecto de una red de coaliciones que había devuelto a Moscú a la primera línea internacional, aunque realmente siempre fue la diplomacia la que se adaptaba a las acciones de Vladímir Putin. Y todo se derrumbó el 24 de febrero de 2022, el día en el que el presidente ruso ordenó la ofensiva total sobre Ucrania.
El fracaso del candidato afín a Putin en las elecciones de Armenia se suma a reveses similares en Hungría, Rumania y Moldavia y a las maniobras de Estados Unidos en países aliados del Kremlin como Venezuela o Irán. China es la gran beneficiada
Algunos antiguos empleados del cuerpo diplomático ruso aún recuerdan cómo su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, “era el mejor”, el espejo en el que se miraban todos. El jefe de la diplomacia rusa desde 2004 era considerado el arquitecto de una red de coaliciones que había devuelto a Moscú a la primera línea internacional, aunque realmente siempre fue la diplomacia la que se adaptaba a las acciones de Vladímir Putin. Y todo se derrumbó el 24 de febrero de 2022, el día en el que el presidente ruso ordenó la ofensiva total sobre Ucrania.
La invasión del país vecino y la paralela estrategia de las amenazas con otros territorios de su zona tradicional de influencia —cortar el gas si no gobierna quien quiere Moscú— han impulsado el rechazo hacia Rusia en el interior de países que fueron socios históricos. El último ejemplo es el de Armenia, exrepública soviética en la que acaba de ganar las elecciones el candidato europeísta, derrotando al prorruso. Y Putin, atrapado en la guerra que marcará su legado, ve cómo Estados Unidos y China explotan su debilidad.
Donald Trump secuestra (al venezolano Nicolás Maduro) o mata (al líder supremo iraní Ali Jameneí) a mandatarios apoyados por el Kremlin; y el líder chino, Xi Jinping, logra cada día nuevas concesiones a cambio de sostener la maltrecha economía rusa. Hoy son un petróleo y gas baratos, mañana pueden ser la explotación del Ártico o que Rusia se vea obligada a abandonar a antiguos socios para satisfacer a Pekín.
Rusia encadena un varapalo tras otro en su política exterior. El primer ministro armenio, Nikol Pashinián, ganó claramente las elecciones del pasado 7 de junio y confirmó la apertura a Estados Unidos y Europa del país que supone la puerta rusa al Cáucaso sur. Dentro de la Unión Europea el Kremlin perdió en abril a su aliado histórico, el húngaro Viktor Orbán, y con ello una baza clave para dividir al bloque y enredar en la ayuda a Ucrania. Y, en lo que Putin considera parte de su patio trasero, Moldavia, la población dio un rotundo respaldo al partido proeuropeo frente a las amenazas rusas en los comicios de septiembre de 2025. Además, en Rumania el europeísta Nicusor Dan se impuso al prorruso George Simion en mayo de 2025, en unas elecciones que hubo que repetir por las acusaciones de supuesto fraude electoral e injerencia del Kremlin.
La única buena noticia diplomática de los últimos tiempos la tuvo Moscú en Bulgaria, donde cuenta con la complicidad de un euroescéptico, el excomandante Rumen Radev, ganador de las elecciones del 19 de abril.
Pero la mayor decepción para Putin es que tras más de un año de negociaciones con Donald Trump no ha logrado convencerle para que EE UU y Rusia se dividan el mundo en esferas de influencia. Washington no le ha entregado Ucrania en bandeja, y además se ha metido de lleno en territorio de sus aliados: en enero convirtió al Gobierno venezolano en una suerte de Gobierno títere, favorable a los intereses estadounidenses, tras secuestrar a Maduro; en febrero mató al líder supremo de Irán y libra una guerra —ahora supuestamente en pausa— en la que Rusia poco puede ayudar a su aliado; y en Siria, su histórica base en Oriente Próximo, gobierna ahora un yihadista apoyado por Washington, Ahmed al-Charaa. Mientras, el exdictador sirio Bachar el Asad y el expresidente ucranio Victor Yanukóvich permanecen en el exilio en Moscú.
Y China, la gran socia estratégica de Rusia —que no aliada—, observa cómo la balanza de poder dentro de su binomio se inclina aceleradamente a su favor, al tiempo que Moscú se debilita.
“Mi hija empezó a hablar primero chino y luego ruso, porque tenemos una niñera china”, decía orgulloso, a finales de mayo, el portavoz de Putin, Dmitri Peskov, cuando el dirigente ruso acudió raudo a visitar a Xi Jinping días después de que este recibiese a Trump.
Según un estudio del Instituto Gaidar, Rusia le ha hecho a China en la compra de petróleo un descuento de unos 12.000 millones de dólares, más de 10.300 millones de euros al cambio actual, en estos cuatro años de guerra en Ucrania. Mientras, Pekín suministra a Moscú el 62% de los bienes bajo sanciones que adquiere del exterior y un 44% del resto de importaciones, según los datos recabados por el Instituto de Economía Mundial de Kiel (IfW).
“Ambos países han obtenido beneficios tangibles de su asociación, pero no se trata de una coalición de iguales sino de un acuerdo cada vez más desequilibrado en el que China está acumulando ventajas estructurales”, señala la institución alemana.

El problema para Moscú es que Pekín se ha situado en una posición en la que puede explotar cuando quiera esta debilidad rusa. Ni siquiera la crisis energética desatada por Estados Unidos e Israel al bombardear Irán empujó a Xi Jinping a aprobar la construcción del gasoducto Poder de Siberia 2 que tanto desea Rusia. Pekín tiene más socios poderosos a su disposición; Moscú, enfrentada con Occidente, no.
Mientras Putin piensa en su guerra de hoy, Xi observa el tablero a largo plazo. Una casilla es el conflicto desatado el año pasado entre India y Pakistán por el control de Cachemira, donde Rusia era el principal proveedor de armas de Nueva Delhi mientras que Pekín y Pakistán son “socios estratégicos bajo cualquier circunstancia”. Con un Kremlin vasallo, Pekín podría debilitar a su gran rival en Asia: la India. Otra casilla es el deshielo del Ártico, un territorio al que China quiere acceder a través de Rusia a nuevas rutas y recursos naturales.
O más inquietante para Rusia: el Ministerio de Recursos Naturales chino actualizó sus mapas en 2023 reescribiendo la entrega al Imperio Ruso de parte de su territorio en el siglo XIX. El Consejo de Estado chino ordenó que los nuevos mapas deben trazar “las fronteras históricas”, y varias ciudades rusas volvieron a ser renombradas en esos mapas con sus antiguos nombres chinos. Así, Vladivostok pasaba a ser Haishenwai, y Jabárovsk era Boli. Dos años después, en 2025, un supuesto informe del Servicio de Seguridad Federal ruso (FSB) filtrado a The New York Times confirmaba las sospechas de los servicios secretos sobre el renovado interés de Pekín por sus territorios. Los espías rusos llaman a los chinos “el enemigo”.
El Cáucaso, flanco al descubierto

“Rusia necesita a Armenia por su posición estratégica en el corazón del Cáucaso del Sur, con una frontera terrestre directa con Irán, un aliado crucial en Oriente Próximo”, remarca por correo Denis Cenusa, experto asociado del Centro de Estudios sobre Seguridad y Geopolíticos (GSSC). “Si Rusia pierde Armenia, su flanco sur queda expuesto, al menos políticamente”, coincide el politólogo Eric Hacopian.
Sin embargo, el europeísta Pashinián, vencedor de las elecciones, ha vuelto a obtener el apoyo mayoritario de su población, tras ocho años en los que sufrió una dolorosa derrota ante Azerbaiyán y perdió el disputado enclave de Nagorno Karabaj. El primer ministro negocia un tratado de paz definitivo con Azerbaiyán —algo que interesa a otros actores de la región como Turquía y Estados Unidos—, así como la adhesión de Armenia a la Unión Europea. Sin embargo, este último paso parece aún muy lejano: el país sigue siendo parte de la Unión Económica Euroasiática (UEE) y de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la alternativa rusa a la OTAN.
“La estrategia rusa parece orientarse hacia una mayor presión económica como paso previo a un referéndum. Los partidos de la oposición [armenia] controlan casi el 30% del Parlamento, lo que podría permitirles impulsar una iniciativa de plebiscito que Rusia considera una forma de detener o, al menos, ralentizar el avance de Armenia hacia la UE”, señala Cenusa.
Rusia intentó influir en estas últimas elecciones bloqueando el comercio con Armenia parcialmente y amenazando con cortar su suministro de gas y petróleo. Las amenazas son parte del manual de la diplomacia rusa: lo hizo con Moldavia en los últimos años y con Ucrania en las guerras del gas de la década de los 2000 y en 2013, cuando impidió el tránsito de camiones y presionó hasta que Yanukóvich rompió el acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea. Aquello desencadenaría las protestas de Maidan.
Con todo, el desacoplamiento armenio de la esfera rusa es más complicado que el de otros casos previos como los de Georgia, Ucrania y Moldavia, también llenos de dificultades. La UE firmó en la década pasada con esos tres países un tratado DCFTA [Área de Libre Comercio Profunda y Amplia] como paso previo a su adhesión; pero, en el caso georgiano, su candidatura al bloque ha sido congelada después de que su Gobierno, manejado en la sombra por un magnate vinculado a Rusia, Bidzina Ivanishvili, cambiase las leyes para reprimir a la oposición, asegurarse su victoria electoral en 2024 y dar marcha atrás en la apertura a Europa.
“Un tratado DCFTA clásico no es posible para Armenia”, manifiesta Cenusa. “Las autoridades deberán desarrollar un sistema que dé un tratamiento comercial preferencial minimalista por parte de la UE. Eso le permitiría buscar nuevos mercados y reducir mientras el impacto socioeconómico y reputacional de la agenda pro-UE promovida por Pashinián”.
El declive de la ‘OTAN postsoviética’

Rusia presiona a Armenia después de haber mirado a otro lado en el conflicto de Nagorno Karabaj, el enclave históricamente reclamado por Armenia y por Azerbaiyán que finalmente la primera entregó a la segunda en 2025. Aquella debacle cambió el equilibrio geopolítico del Cáucaso irreversiblemente.
El conflicto por Nagorno Karabaj demostró la debilidad de la alianza militar entre los países de la antigua URSS. “Una Rusia que no puede impedir la limpieza étnica de Nagorno-Karabaj no le sirve de nada a Armenia como socio de seguridad”, añade Hacopian.
“La OTSC [una especie de OTAN del espacio postsoviético, liderada por Rusia] está evolucionando, pero a un ritmo lento, porque Rusia y Bielorrusia también dirigen recursos al teatro europeo. Un abandono oficial de Armenia dañaría su imagen, pero Rusia se está preparando para un escenario de ese tipo”, apunta por su parte Cenusa.
El régimen bielorruso, salvado por Putin de las protestas masivas de 2020, es ahora el principal aliado de Rusia en Europa, pero su presidente, el veterano Alexandr Lukashenko, también sabe jugar a este juego. Por un lado acoge las armas nucleares de Putin, y por otro aprovecha el regreso de Trump al poder en Estados Unidos para fortalecer sus lazos con Washington a cambio de hacer negocios y liberar a presos políticos.
El debilitamiento ruso también alcanza al corazón de Asia Central. Tras tomar nota de lo que le pasó en 2022 a Ucrania, su gran socia en la región, Kazajistán firmó en 2025 sendos tratados de asociación y cooperación mejorada con la UE, y de asociación estratégica integral permanente con China. Pekín se ha convertido de hecho en el mayor inversor del país, según el Banco de Desarrollo Euroasiático.
Y, en Oriente Próximo, al Kremlin apenas le queda Irán después de la caída del sirio Bachar el Asad. En Siria, Rusia negocia y aún mantiene la base aérea de Jmeimim y el puerto de Tartús, pero en el Gobierno se sienta un exyihadista más próximo a Washington. Eso sí, ha reforzado en Libia su base de Maaten al-Sarra, desde donde mantiene su proyección en el Sahel pese a reveses como el reciente en Malí.
La gran incógnita ahora es qué pasará con Irán y Trump tras la firma del acuerdo para poner fin a la guerra. Moscú no ha logrado imponerse como mediador en el conflicto. “Todas las reglas de la arena internacional han sido borradas y se juega a un juego en el que el más fuerte tiene la razón”, lamentaba a principios de este año el jefe de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov.
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