En esta esquina de Pereira manda un hombre encaramado a un semáforo. No tiene uniforme, no tiene condecoraciones ni ningún grado. Pero tiene un megáfono. Y un ejército de unas 500 personas que le obedece.


En esta esquina de la ciudad colombiana, una de las más afectadas por el terremoto, un hombre con un megáfono lidera un ejército de desconocidos
En esta esquina de Pereira manda un hombre encaramado a un semáforo. No tiene uniforme, no tiene condecoraciones ni ningún grado. Pero tiene un megáfono. Y un ejército de unas 500 personas que le obedece.
Antes del terremoto del lunes, que con 7,4 de magnitud sacudió a toda Colombia, aquí había una panadería conocida como Layonni, una droguería y, arriba, un hotel para personas sin hogar, recicladores y vendedores ambulantes. Un lugar de paso para gente vulnerable cuya meta diaria era conseguir los 20.000 pesos (poco más de seis dólares) que les costaba una cama para dormir. El sismo derrumbó todo y dejó a su alrededor un puñado de edificios que amenazan con caer sobre las aceras.
La escena de esta esquina de la ciudad del Eje Cafetero se repite en otras urbes como Cali, la tercera más poblada del país, o Quibdó, capital del empobrecido departamento del Chocó. La zona en la que la placa tectónica de Nazca se subsume bajo la sudamericana repite los sismos con alguna frecuencia, y los terremotos no son inusuales. En 1999, uno de ellos, que afectó especialmente a la cercana Armenia, dejó más de 1.000 muertos.

Este, el del lunes, tomó al país en pleno cambio de gobierno. Abelardo de la Espriella sumaba apenas 60 horas en la Presidencia de la República y solo había designado al gabinete y a un puñado de altos funcionarios. El desafío es enorme. El presidente, que ha viajado a Pereira y a otras ciudades afectadas, se empapa a contrarreloj de los requisitos para desplegar la ayuda y del estado de las instituciones encargadas. El tiempo corre: los expertos señalan que, pasadas las primeras 72 horas de una tragedia así, la probabilidad de rescate de personas con vida cae a un 2.5%.
En ese rincón de Pereira, una de las ciudades más golpeadas por el terremoto que ya ha dejado al menos 250 muertos, no se sabe cuánta gente con vida queda bajo los escombros. Tampoco cuántos cuerpos quedaron sepultados. Pero nadie parece estar pensando en el riesgo de colapso, ni en si los que quedaron allí debajo son ricos o pobres. Ese pelotón improvisado tiene una sola causa y no va a parar: sacar gente. Dicen que aún hay señales de vida.
Este martes se encontraban muy solos en su misión porque, además del líder del semáforo y los cientos de desconocidos que trabajan como hormigas pasándose cascotes unos a otros, solo hay unos cuantos bomberos —muchos de ellos voluntarios— y muy poca presencia institucional. Por razones que nadie termina de explicar del todo, el Estado, desplegado de muchas formas y en muchos lugares tras el sismo, no está aquí.
Sí lo está en la calle de al lado, donde decenas de rescatistas oficiales lograron sacar con vida a una mujer. “No sabría decirte por qué no están”, mantiene Diego Gil, uno de los bomberos voluntarios que prepara el relevo de su equipo. “Suele ocurrir que, donde más espontáneos hay, menos fuerza pública aparece”. Colombia ha rechazado el envío de rescatistas de otros países, a los que ha aceptado ayudas de otro tipo, como hospitales de campaña o kits de alimentación, e incluso grupos especializados en coordinar a esos mismos rescatistas.
Gil advierte de que hay que apuntalar la panadería, de que tengan cuidado si las ruinas colapsan, de que quizá la mejor decisión no es bajar, sino asegurarse en una superficie grande y lisa. También señala que deben estar preparados para enfrentar riñas en mitad de los escombros si aparece dinero.

Mientras tanto, los espontáneos piden carretillas, mazos y cinceles; el miércoles, cuando ya han desmontado la mitad de la montaña de escombros y han ido aprendiendo en el camino, solicitan también guantes y cascos. Una voz, entre el polvo, grita que, por favor, se hidraten. Que hace demasiado calor. Hay casi 30 grados.
Este miércoles por la mañana la movilización seguía siendo impresionante; hay tanta gente que es difícil contarlos. Se ven incluso miembros de las barras bravas del Deportivo Pereira. Ya no hay bomberos, pero sí un puñado de policías y la misma cadena humana que se pasa baldes llenos de piedras para devolverlos vacíos a los que escarban.
Probablemente no hay otro lugar en esta ciudad de más de 800.000 habitantes con tantos civiles volcados en las labores de rescate y tan poco respaldo de la fuerza pública. “Respetan a los bomberos, se ponen a disposición y trabajan con objetivos en masa: alguien da una orden y esta se replica por toda la cadena”, explica Gil sobre la organización espontánea.
Gil se sobresalta de repente y enciende la radio. “¿Qué significa ese silbato?”, cuestiona. Sin manuales ni protocolos, la comunidad ha resignificado los códigos de rescate. Aunque sean confusos. Acaban de escuchar tres pitidos, una señal que para los bomberos es una advertencia urgente de evacuación, pero aquí no. Aquí, en ese momento, significa seguir trabajando.
En esa panadería desayunaba Escarli, una venezolana de 32 años. Su hermano, de 42, vendedor ambulante de accesorios de celular, espera noticias de ella desde el lunes. Postrado en una silla de ruedas tras ser atropellado hace seis años, no pierde de vista el edificio desde esa mañana. “Se han oído varios gritos de mujer”, confirma. “Espero que sean de ella”.
Frente a la cadena humana que aligera el derrumbe, hay un hombre a quien por fin le ha acompañado la suerte. Aldemar Ordóñez, reciclador de 57 años, observa agarrado a su carrito los escombros de los que se salvó. La noche previa al temblor no había cupo para él en el hotel. Habitante de calle desde los cinco años, Ordóñez durmió en una acera cualquiera y casi se muere del susto cuando todo se empezó a mover. “Yo venía con la carga superalta en el carro y empezó a moverse todo tan fuerte que me volteó el carrito. Pasé mucho miedo”, recuerda.

Con las uñas de gel hechas una ruina, Sara Loaiza, de 16 años, se toma un descanso. Pasó la mañana y la noche anterior sacando piedra. Su primo, cree, estaba también en la panadería, que se abarrotaba cada mañana. Cuentan que en estas horas han sacado de allí tres cadáveres y cuatro supervivientes, además de un perro. Vendedora de tintos y empanadas en la plaza contigua, la joven se muerde las uñas sin parar mientras observa a cientos de personas trabajando. El hombre del semáforo pide silencio. “¿De pronto está ahí mi primo?“.
Pasadas las 11 de la mañana del miércoles, el Ejército apareció con un dron y un perro. Todos, funcionarios y ciudadanos, salieron para dejarle olfatear. La plaza entera, abarrotada de curiosos y damnificados, enmudeció esperando un ladrido que significaba la esperanza. Cientos de ojos estaban pendientes de un pastor belga malinois. El perro no dio ninguna señal. Una hora después se oyó algo desde los escombros. Parece que hay vida.
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