En mi casa siempre estuvieron muy presentes las tareas domésticas y la actitud de ser un manitas. Para empezar, por parte de mi madre, que prefirió trabajar en el hogar antes que tener que acudir a una oficina. Y tan feliz. Lo segundo era cosa de papá, destacando en la electricidad. Aunque desde que tengo uso de razón le recuerdo trabajando en su despacho de Unión Fenosa de la calle Goya (su oficio era el de electricista), a él siempre le gustó, y le sigue gustando, incentivar y ejercer de manitas en todas las materias más cotidianas. Esto lo heredó mi hermano mayor, más masculino que yo. Mientras que a él le encantaba arreglar enchufes, modificar el cable para que el radio casete, regalo de la primera comunión, no diera calambre o ser adicto a la cinta aislante, yo prefería seguir los consejos de mi madre a la hora de hacer la limpieza general de los seis meses, cambiar las sábanas, limpiar cristales y pasar la aspiradora. También aplicar el «blanco España» del Conejito Gentil sobre los azulejos del baño. Me lo pasaba bomba.
Prefería seguir los consejos de mi madre a la hora de hacer la limpieza general de los seis meses
En mi casa siempre estuvieron muy presentes las tareas domésticas y la actitud de ser un manitas. Para empezar, por parte de mi madre, que prefirió trabajar en el hogar antes que tener que acudir a una oficina. Y tan feliz. Lo segundo era cosa de papá, destacando en la electricidad. Aunque desde que tengo uso de razón le recuerdo trabajando en su despacho de Unión Fenosa de la calle Goya (su oficio era el de electricista), a él siempre le gustó, y le sigue gustando, incentivar y ejercer de manitas en todas las materias más cotidianas. Esto lo heredó mi hermano mayor, más masculino que yo. Mientras que a él le encantaba arreglar enchufes, modificar el cable para que el radio casete, regalo de la primera comunión, no diera calambre o ser adicto a la cinta aislante, yo prefería seguir los consejos de mi madre a la hora de hacer la limpieza general de los seis meses, cambiar las sábanas, limpiar cristales y pasar la aspiradora. También aplicar el «blanco España» del Conejito Gentil sobre los azulejos del baño. Me lo pasaba bomba.
Nuestros padres, además del estudio, el decoro, la buena educación y la higiene siempre nos inculcaron que lo más importante en la vida es saber hacer de todo. Sin saberlo, nos transmitieron que «el saber no ocupa lugar». Sobre todo si es en tu propia casa.
Si tienes nociones de fontanería, carpintería, cocina… en definitiva, de los oficios de toda la vida, te irá mejor en tu día a día. Esos oficios que sufrieron el desplante y desprecio más absolutos en una época que se creía ella misma muy moderna y que hizo que a muchos se le olvidara pensar que tan importante es tener un máster en una universidad de Boston como saber pasar la mopa o pintar tú mismo la habitación de tu hijo.
Al casarme perdí las buenas costumbres. Las abandoné y decidí que era mejor que otros hicieran estas tareas por mí. Me arrepiento infinito. Hace unos días, la chica que ha trabajado en casa durante más de 15 años ha decidido emprender una nueva vida. Y el caos más caótico es el nuevo inquilino de nuestra casa. No sé cómo funciona el lavavajillas y no me acuerdo cómo se limpia la ropa a mano. Al abandonar estas tareas me he convertido en un ser muy dependiente de las personas que saben hacerlo, cuando a mí lo que me gusta es la independencia. Y valerme por mí mismo. En fin, que tenemos que hacer de todo, seguir practicándolo, como todo en la vida, como el sexo o el deporte, que luego se olvida y no te hace sentir bien. Es muy importante saber clavar un clavo, cortar tablas de madera… La vida será más fácil y feliz. Mi mujer tiene una caja de herramientas y una Black and Decker que nunca utiliza; lo mismo me pasa con mi costurero. ¿Recuerdan aquella canción que decía algo así como «con estas manitas hago todo, todo todo…»?. Pues eso. Hagámoslo.
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