En un rincón de Madrid, Elena del Corral (51 años) y su marido, Carlos Ortiz (52 años), posan sobre la mesa del salón de su casa la ropa y útiles escolares de sus hijos. Con el metro en sus manos, comienzan a medir extremidades y ajustar tallas en la etapa final de la época estival. Además de definir la herencia de ropa de sus seis hijos, calculan cómo las prendas de los dos mayores de 20 y 18 años bajarán hacia sus hermanos de 14 y 12, mientras la pequeña de siete aguarda los uniformes de su hermana de 16.
Elena y Carlos, con seis hijos, y Mónica, con dos, viven realidades familiares distintas, pero comparten un mismo desafío. Golpeados por la escalada de precios en plena campaña escolar, ambas familias logran salir adelante recurriendo a la ropa heredada, las compras de segunda mano y el intercambio de útiles con otros apoderados
En un rincón de Madrid, Elena del Corral (51 años) y su marido, Carlos Ortiz (52 años), posan sobre la mesa del salón de su casa la ropa y útiles escolares de sus hijos. Con el metro en sus manos, comienzan a medir extremidades y ajustar tallas en la etapa final de la época estival. Además de definir la herencia de ropa de sus seis hijos, calculan cómo las prendas de los dos mayores de 20 y 18 años bajarán hacia sus hermanos de 14 y 12, mientras la pequeña de siete aguarda los uniformes de su hermana de 16.
En otro sector de la capital la escena es casi parecida; ambas comparten la inquietud por el gasto que se acerca, pero hay una diferencia: Mónica de Tomas (45 años), una ingeniera y madre soltera por elección, ya tiene todo en su ordenador. Sobre su mesa, en este caso, no hay un ejército de ropa para varios hijos, sino dos pares de zapatillas para su niña de casi ocho años y su pequeño de tres, flanqueados por el brillo de la pantalla donde es posible ver una hoja de cálculo ya estructurada para lo que se avecina. Los escenarios ya permiten visualizarlo, las dos familias están ad portas del regreso de los menores a las clases, y cada una de ellas, con dos modelos muy distintos, asumen una realidad compartida: están ante una vuelta al cole de las más costosas de la historia y ambas buscan fórmulas para afrontarla.
«El problema no es exactamente lo que ha podido subir el material escolar, sino que también ha aumentado absolutamente todo», suspira Elena. El testimonio de Mónica, al frente de su familia monomarental, sigue esa línea y da cuenta de la presión al alza por este motivo: «El gasto principal que quito para financiar esta vuelta al cole es el mío porque lo importante es que ellos tengan lo que necesitan».
En un contexto en que los presupuestos familiares afrontan su quinto año consecutivo de encarecimiento, castigados por la erosión del poder adquisitivo, arranca el curso escolar en España. Porque no solo suben los útiles escolares, la inflación en agosto escaló al 4,3%, la factura de la luz se disparó en ese mismo mes y la cesta de la compra ya obliga a gastar más de 50 euros en caja sin apenas adquirir productos frescos. En esta línea, el think tank Fedea ha advertido recientemente de que la coyuntura económica golpea hoy con especial dureza a las familias con hijos, abocadas a asumir cargas de crianza cada vez más inasumibles.
En el caso de Carlos y Elena, el desafío es gestionar el gasto entre sus seis hijos, que abarcan desde primaria a la universidad: la menor cursa segundo de primaria, los siguientes están en primero de la ESO, el otro en tercero, otro en Bachillerato, el siguiente en un grado medio de Formación Profesional en Emergencias Sanitarias en Cruz Roja y el mayor cursa Ingeniería Mecánica en el Reino Unido. Los cuatro menores asisten a un colegio concertado, mientras que los dos mayores cursan estudios en centros privados, tras haber realizado toda su etapa escolar previa en un centro concertado.
Sentados en el salón de su hogar en Alcorcón, detallan que el primer gasto fuerte fue la matrícula universitaria de su hijo mayor, que exigió un desembolso de más de 5.000 euros. «Teníamos un pequeño ahorro y, en vez de hacerlo mensualmente porque nos salía más caro, nos lo hemos gastado de golpe», relata Carlos. Elena matiza que esta cifra es «una cosa más excepcional cada año» y que, descontado ese hito, «un poco de media entre libros, material y uniforme, la factura se sitúa en unos 200 o 300 euros por hijo». Es decir, 1.800 euros sólo en septiembre, «que podría ser mucho más», dicen los dos.
Mientras tanto, Mónica ya tiene los cálculos en la mente: la factura para sus dos hijos en la escuela pública ronda los 1.000 euros, más un gasto mensual que se suma porque abona entre 500 o 600 euros para el comedor y aula matinal para conciliar su jornada laboral de 8.00 a 16.00 horas. «Al ser yo sola, no tengo margen ni red de relevo. Esos servicios no son un extra, son la condición indispensable para poder trabajar», explica. Por su parte, Elena y Carlos explican que en su caso evitan pagar el comedor a sus hijos porque tendrían que costear 150 al mes por niño y dicen que «sería absolutamente prohibitivo en el mes de septiembre».
Uno de los grandes problemas de las familias, tanto numerosas como monoparentales en España, es poder costear la temida cuesta de septiembre. Así lo configuran los datos recogidos por la Encuesta de Condiciones de Vida elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre la capacidad económica de las familias según su estructura. Un hogar con dos adultos e hijos alcanza una renta neta media anual de 47.870 euros, es decir, 3.989 euros netos al mes tras sumar dos salarios. En las familias monoparentales, los ingresos caen a 25.809 euros al año, lo que supone 2.150 euros mensuales. Al contrastar los salarios medios de estos dos modelos y los gastos que asumen estas familias con el desembolso del verano y el pago del alquiler, la factura de septiembre es abrumadora.
Pero hay estrategias para hacerle frente. La presión requiere una táctica para no caer en la «novatada» de gastar demasiado en los primeros años, como explica Mónica, y tanto ella como Carlos y Elena recurren a aplicaciones de segunda mano para adquirir algunos útiles escolares y prorratear los gastos.
«Recurrimos a plataformas como Wallapop o el Portal del Estudiante para conseguir los libros a mitad de precio», explica Carlos. Asimismo, acuden al «ropero del colegio», donde compran americanas del uniforme en buen estado por 10 o 15 euros, frente a los 60 o 70 de una prenda nueva. «Es exactamente igual que heredar de un hermano mayor», añade. Mónica -que comparte esta opción- también adquirió hace unas semanas una máquina de coser que ha sido útil para evitar gastos innecesarios: «Con un buen tutorial de ChatGPT ya puedo reutilizar una mochila que antes usaba mi hija y que pensaba tirar», dice.
Esta estrategia, que es compartida por buena parte de los padres y madres del país, también tiene límites porque no siempre las zapatillas o los calcetines pueden repararse y entonces, sí o sí, toca asumir el coste de comprarlos nuevos.
En la odisea por encontrar libros a buen precio, Elena y Carlos han quedado con personas por Wallapop para recoger libros y detectan que existe cierta complicidad entre las familias por recuperar el dinero gastado en año anteriores. «Al final, cuando quedas en un lugar concreto y te das cuenta de que la persona que tienes enfrente está haciendo exactamente lo mismo que tú, que es reinvertir lo gastado, te das cuenta de que no eres la única familia en esa situación».
Sin embargo, la pareja menciona algo que notan entre las páginas y es que, en su opinión, las editoriales en los últimos años modifican ligeramente las ediciones para forzar la adquisición de ejemplares renovados, anulando la segunda mano y la herencia entre hermanos. «Nos ha tocado hacer desembolsos importantes de golpe simplemente porque la editorial ha cambiado una ilustración o la portada de un libro que ya teníamos en casa», lamenta Elena.
Por otro lado están las ayudas del Estado y las comunidades autónomas a las que se acogen estas familias. Aunque la pareja recurre al Plan Accede de la Comunidad de Madrid para obtener préstamos de libros, los criterios de devolución son exigentes. «Los libros tienen que devolverse perfectos, sin un solo subrayado ni las esquinas dobladas», detalla Carlos. «Para niños pequeños es una presión porque necesitan estudiar y lamentamos que prácticamente no pueden tocarlos si no queremos que nos excluyan del programa».
Para suavizar el impacto económico, Mónica por su parte aplica la compra fraccionada, adquiriendo desde el mes de junio lo que necesitará su hija y únicamente los cuadernillos y unas pocas cosas más en septiembre. Además, aprovecha la primera semana del mes para buscar en supermercados descuentos que le permitan no gastar la totalidad de su presupuesto o también ofertas en las que los supermercados devuelven el 20% o 25% de las compras en vales de alimentación.
Ante estos gastos, las familias expresan su pesar: «Hemos reducido las vacaciones, cenas y ropa para pagar esto». La decisión, aunque resulte difícil, parece unánime. Carlos y Elena, sabiendo que la vuelta a las aulas exigiría un esfuerzo desmedido, han recortado su descanso estival a la mitad, pasando de dos semanas a siete días, y han descartado algunas partidas. «Pagar un apartamento o un hotel para nosotros es imposible. Ir a un hotel con seis hijos es sencillamente impensable, por eso este año hemos estado una semana en casa de la abuela y en Portugal porque sale mejor que en España», explican.
Misma reacción de parte de Mónica: «Me gustaría hacer más viajes con mis hijos», dice, pero el alcance del impacto por volver a clase no deja espacio para el ocio. «No nos compramos mucha ropa, no salimos a cenar y celebrar un cumpleaños fuera de casa en familia es inviable, gastarte diez euros por chaval implica ochenta euros de golpe y estás obligado a ir a comida basura», relata Carlos. Mónica replica que para amortiguar los costes escolares ha optado por estancias en campings económicos organizadas con meses de antelación y ha congelado proyectos como mudarse a una vivienda más grande. «Me gustaría mucho cambiar de casa porque se nos queda pequeña y también no me compro ropa para gastar en ellos», asevera.
Una situación que cada año se agrava. Según Mónica, «las familias monoparentales salimos perjudicadas porque con dos hijos, una familia biparental divide entre cuatro y en mi caso se divide entre tres. A igualdad de ingresos y cargas, salimos impactadas y quedamos excluidas de las becas. Sin contar con que las monoparentales con dos hijos no somos consideradas familia numerosa, mientras que las viudas sí lo son».
En este contexto surge la Alianza por la Crianza, que integra a una serie de agrupaciones, tanto de familias numerosas como monoparentales, que denuncian la desprotección de los distintos núcleos familiares al advertir que «la vuelta al cole pone de manifiesto que criar es cada vez más caro y las familias siguen asumiendo en solitario un esfuerzo económico que debería ser compartido por toda la sociedad». Por ello, reclaman un cambio urgente: «Es necesario que se sitúe el apoyo a la crianza como una prioridad de las políticas y se garantice el derecho de todos los niños y niñas».
Porque si hoy estos dos núcleos totalmente distintos agotan sus últimos márgenes de ahorro este año, el próximo curso o el siguiente la situación será aún peor.
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