En algunos supermercados de Osaka, los clientes empezaron a descubrir el mes pasado que las bolsas de basura ya no podían comprarse libremente. Los establecimientos limitaron las unidades por persona para evitar el acaparamiento ante la escasez de plástico. En Filipinas, la subida récord del diésel obligó a muchos taxistas a reducir jornadas o dejar el coche aparcado porque llenar el depósito apenas compensaba las ganancias del día. En Vietnam, miles de agricultores afrontaron la temporada de cosecha con dificultades para conseguir fertilizantes o pagando precios impensables apenas unas semanas antes. La guerra en Oriente Próximo había alterado la vida cotidiana al otro lado del mundo.
La escasez de plástico ha golpeado las cadenas de suministro asiáticas, que no comenzarán a reequilibrarse hasta dentro de 60 días, en el mejor de los casos
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En algunos supermercados de Osaka, los clientes empezaron a descubrir el mes pasado que las bolsas de basura ya no podían comprarse libremente. Los establecimientos limitaron las unidades por persona para evitar el acaparamiento ante la escasez de plástico. En Filipinas, la subida récord del diésel obligó a muchos taxistas a reducir jornadas o dejar el coche aparcado porque llenar el depósito apenas compensaba las ganancias del día. En Vietnam, miles de agricultores afrontaron la temporada de cosecha con dificultades para conseguir fertilizantes o pagando precios impensables apenas unas semanas antes. La guerra en Oriente Próximo había alterado la vida cotidiana al otro lado del mundo.
Cuando los petroleros dejaron de cruzar el Estrecho de Ormuz hace tres meses y medio, muchos países asiáticos descubrieron hasta qué punto su prosperidad dependía de un corredor marítimo situado a miles de kilómetros de sus costas: desde el combustible que mueve los autobuses de Manila hasta los derivados petroquímicos que abastecen las fábricas japonesas o los fertilizantes que alimentan los arrozales del Sudeste Asiático.
La anunciada reapertura de esta estrecha franja de agua, por la que circula una quinta parte del petróleo mundial, podría convertirse ahora en el primer respiro económico para una región que ha pagado buena parte de la factura de un conflicto muy lejano.
El shock energético ha golpeado desde Japón hasta India, pasando por Corea del Sur, Taiwán, Indonesia o Filipinas. Más del 80% del petróleo y del gas natural licuado que atraviesan habitualmente Ormuz tienen como destino los mercados asiáticos. En las últimas semanas, esa dependencia se ha hecho especialmente visible con una crisis inesperada: la del plástico.
El origen del problema está en la nafta, un derivado del petróleo esencial para muchas economías asiáticas. Se obtiene durante el refinado del crudo y posteriormente se somete a temperaturas extremas en instalaciones conocidas como crackers. Allí se transforma en etileno, propileno y otros compuestos que constituyen la base de innumerables productos de uso cotidiano.
De la nafta nacen las bolsas de la compra, los envases de alimentos, el film transparente, los pañales, las jeringuillas, las bolsas de suero, los adhesivos industriales, las tintas de impresión, numerosos componentes de automoción y buena parte de los materiales utilizados por la industria electrónica. Incluso muchos de los productos imprescindibles para fabricar semiconductores dependen de derivados petroquímicos obtenidos a partir de ella.
La fuerte dependencia asiática de Oriente Próximo ha convertido la interrupción del tráfico en Ormuz en una tormenta perfecta. Japón obtiene más del 90% de su petróleo de esa región y una parte sustancial de su nafta procede directamente de productores del Golfo. Corea del Sur presenta una vulnerabilidad similar. Indonesia importa prácticamente toda la nafta que consume. Y Taiwán tampoco dispone de demasiadas alternativas.
Muchos fabricantes de estos países han tenido dificultades para conseguir envases para productos tan cotidianos como fideos instantáneos, bebidas o cosméticos. Varias compañías japonesas han comenzado a rediseñar envases para reducir el uso de tinta y plástico. Fabricantes de aperitivos, salsas y otros productos de gran consumo han sustituido diseños coloridos por versiones mucho más sobrias.
En algunas panaderías y establecimientos de comida para llevar, los clientes japoneses reciben descuentos si acuden con sus propios recipientes. En Kofu, al oeste de Tokio, un pequeño restaurante de bentos -las tradicionales cajas japonesas de comida preparada- ofrece guarniciones extra a quienes llevan sus propios envases porque las bandejas de plástico que utilizaba a diario se han convertido en un bien escaso.
En Seúl y sus alrededores, varios productores químicos han llegado a invocar cláusulas de fuerza mayor para justificar retrasos en suministros dirigidos a fabricantes de automóviles y empresas tecnológicas. Sin embargo, la mayor inquietud se concentra en el ámbito sanitario. Mientras un envase alimentario puede rediseñarse o sustituirse, una bolsa de suero intravenoso o una jeringuilla requieren materiales específicos y estándares de seguridad extremadamente estrictos. Hospitales, asociaciones médicas y autoridades sanitarias siguen con preocupación una situación que podría afectar a productos considerados esenciales.
Ahora, el acuerdo entre Estados Unidos e Irán para reabrir el estrecho ha sido recibido con alivio en los mercados financieros. Pero los expertos advierten de que el regreso a la normalidad será lento. Tras más de 100 días de interrupciones, el comercio mundial ha reconfigurado rutas, vaciado inventarios y acumulado retrasos que no desaparecerán de la noche a la mañana.
El diario financiero japonés Nikkei señalaba el martes que, aunque el precio del petróleo ha comenzado a corregirse, los cuellos de botella provocados por el atasco de buques, la reducción de existencias y los daños sufridos por parte de la infraestructura energética seguirán pesando sobre las economías asiáticas durante meses. Incluso si el estrecho reabre según lo previsto, harán falta entre 60 y 90 días para que las cadenas de suministro comiencen a reequilibrarse.
Decenas de millones de barriles almacenados en buques fondeados en el Golfo deberán encontrar salida mientras refinerías y operadores logísticos recuperan gradualmente su capacidad operativa. Asia respira aliviada. Pero, después del shock, la normalidad todavía queda lejos.
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