Si ustedes no tienen hijos o los tuvieron en tiempos más sensatos, cuando no se imitaba a las películas de adolescentes estadounidenses, deben saber que ahora hay ceremonias de graduación para niños de 11 y 12 años. Sí, en efecto, cuando acaban sexto de Primaria, sin saber resolver ecuaciones y antes de mandarlos al instituto a una edad improcedente, se celebra un vodevil con bailes, ropa cuqui y diplomas. No hay birretes porque nadie sabría dónde comprarlos. Y no les hablo de colegios privados, que con algo tienen que justificar la pasta que sacan antes de poder hacerlo inflando notas para la PAU, sino de públicos. Y así te ves un miércoles por la mañana en un salón de actos abarrotado, preguntándote si nadie trabaja en esta ciudad.
Sin saber resolver ecuaciones y antes de mandarlos al instituto a una edad improcedente, se celebra un vodevil con bailes y diplomas. Menuda estupidez, ¿o no?
Si ustedes no tienen hijos o los tuvieron en tiempos más sensatos, cuando no se imitaba a las películas de adolescentes estadounidenses, deben saber que ahora hay ceremonias de graduación para niños de 11 y 12 años. Sí, en efecto, cuando acaban sexto de Primaria, sin saber resolver ecuaciones y antes de mandarlos al instituto a una edad improcedente, se celebra un vodevil con bailes, ropa cuqui y diplomas. No hay birretes porque nadie sabría dónde comprarlos. Y no les hablo de colegios privados, que con algo tienen que justificar la pasta que sacan antes de poder hacerlo inflando notas para la PAU, sino de públicos. Y así te ves un miércoles por la mañana en un salón de actos abarrotado, preguntándote si nadie trabaja en esta ciudad.
Como sucede a menudo con la educación en España, también para esto tienes que currar tú más que tus hijos. Escribes una carta para ella, buscas fotos antiguas, compras un vestido y pides cita para que se pinte las uñas a juego porque no vas a ser el padre grinch que revienta su ilusión explicándole que todo esto es una soberana chorrada. Joder, qué guapa está, todo hay que decirlo. Luego, madrugas. Sí, ni siquiera las hacen a las cinco de la tarde. Si ya asumimos que ni dios trabaja, lo mínimo es respetar el sueño. Sólo pido coherencia.
La expectación es tal que dan dos entradas por niño y ponen a un puerta a controlar el acceso. No valoran el conflicto que esto crea en familias que llevamos 10 años abusando de los abuelos para conciliar lo inconciliable. Tu madre se planta a las 8.30 en la puerta de casa «para darle un beso a la enana», pero sabes perfectamente que lo que pretende es colarse. Normal, si ya logró entrar en el paritorio en 2014 no le va a detener un segurata amateur, pero la frenas tú para evitar la escena. Y te duele y juras en arameo. ¿Qué sentido tiene todo este numerito? A nosotros nos daban las notas el último día, quizás unas gominolas, y adiós muy buenas. No nos creó un trauma. Creo.
La ceremonia dura dos horas. Actúan y cantan, han preparado coreografías y diapositivas, están entusiasmados, pero no puedes dejar de pensar en por qué diablos tantos adultos a tu alrededor gimotean por esta farsa ñoña. De repente, escuchas: «¿Quieres un clínex?». Y no es que lo quieras, es que lo necesitas para no ahogarte en lágrimas. Luego, cuando es tu hija la que llora emocionada al leer la carta en que le has escrito la verdad absoluta, que no hay palabras para plasmar cierto amor, ese paripé estúpido pasa a ser imborrable.
Es cierto, en nuestros tiempos esto no se hacía. Ya me hubiera gustado. Que el cinismo y la pose no les roben momentos felices. Son cuatro. Agárrenlos.
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