
Una frágil tregua permite estos días el retorno de miles de residentes al sur de Líbano. En esas aldeas humildes de la región, que Israel considera zona de combate en la guerra contra el grupo libanés Hezbolá, no se percibe alegría por el regreso ni pena por la devastación. Quienes vuelven funcionan como autómatas, sin haber procesado lo sufrido durante casi tres años frenéticos de ofensiva israelí, ininterrumpida desde que la organización proiraní se unió a la guerra de Hamás contra el Estado judío.
Miles de residentes regresan a una región devastada durante una frágil pausa bélica mientras enaltecen a Hezbolá y rechazan una paz negociada con el Gobierno israelí
Una frágil tregua permite estos días el retorno de miles de residentes al sur de Líbano. En esas aldeas humildes de la región, que Israel considera zona de combate en la guerra contra el grupo libanés Hezbolá, no se percibe alegría por el regreso ni pena por la devastación. Quienes vuelven funcionan como autómatas, sin haber procesado lo sufrido durante casi tres años frenéticos de ofensiva israelí, ininterrumpida desde que la organización proiraní se unió a la guerra de Hamás contra el Estado judío.
“No sentí nada”, dice sobre la desaparición de su hogar Youssef Mohammad Abbady, de 42 años. Luce barba de días y rostro fatigado. Habla con EL PAÍS desde los escombros de la que fue su casa en Kafra, donde vivía con sus niños. “Padecemos pérdidas desde hace tiempo”, añade en voz baja, justificando su vacío.
Es uno de los 730.000 libaneses que han regresado a sus casas —o a lo que queda de ellas— desde junio, según Naciones Unidas. Un tercio de los 1,2 millones de personas que Israel desplazó forzosamente desde marzo, cuando estalló la última guerra abierta, siguen exiliadas. Los habitantes de los 68 municipios que Israel ocupa —un 6% del país— tienen el retorno prohibido.
Hay que coger con pinzas los datos sobre regresos a un territorio que Israel sigue bombardeando y donde la destrucción alcanza casas, suministros comerciales y redes de agua y electricidad. Muchos evalúan sus viviendas sin abandonar sus refugios, aprovechando los dos acuerdos de alto el fuego paralelos que exigen sin éxito el fin de las hostilidades en el país.
El primero, acordado el 17 de junio entre Estados Unidos e Irán —patrón de Hezbolá—, prioriza el levantamiento de la ocupación israelí. El segundo, anunciado el 26 de junio y visto como un intento israelí de desmarcarse del anterior, es un pacto entre los gobiernos de Líbano e Israel que antepone, bajo mediación de Washington, el desarme de la milicia a la retirada del invasor.
En Kafra, localidad cercana a la franja fronteriza ocupada, muchos están dispuestos a recibir golpes adicionales con tal de que los israelíes sean expulsados por la fuerza. Rechazan la vía diplomática que Beirut ha iniciado con el Gobierno de Benjamín Netanyahu a espaldas del partido-milicia. Sus seguidores chiíes, mayoría en el sur, utilizan la primera persona del plural cuando hablan del grupo, visto como el único con capacidad de defender el territorio.
“No queremos hacer concesiones”, explica Abbady, contemplando la continuación de la guerra. “No pasa nada si nos desplazan de nuevo. Apoyamos a la resistencia”, dice sobre Hezbolá.
El ejército israelí bombardeó su casa en marzo. Había cinco personas: una, afirma, era cercana al también llamado Partido de Dios, sin ser parte. Describe el bombardeo, que mató a una persona y dejó amputada a otra, como una “venganza”. Abbady y su familia estaban exiliados más al norte, en zonas con otras mayorías confesionales.
Muchos desplazados denuncian la avaricia de sus compatriotas, pues exigen alquileres desorbitados pese a la urgencia humanitaria y a la pérdida de ingresos. Tras comprar un ruidoso generador que enciende para cada café, Abbady gestiona un bar en Kafra, donde duermen. Enfrente, tres hombres entrados en años se ensucian reconstruyendo un comercio antes que sus casas, pernoctando en el coche.
“Lo han bombardeado todo”
Ismail Abbady, de 40 años y cuerpo robusto, deambula atónito por Kafra tras haber pasado meses actuando como rescatista. Sus manos acarician un rosario. Se cuentan 50 víctimas en el pueblo, de pocos miles de residentes, y 4.324 en Líbano desde marzo, según el Ministerio de Sanidad libanés. La cifra supera los 8.000 muertos desde 2023.
Este hombre no recibe su salario desde hace tiempo, pero sigue patrullando vestido de trabajador municipal. Señala lo que la ofensiva ha arrasado, como si al verlo de nuevo lo entendiera un poco más.
“Lo han bombardeado todo”, lamenta. Al llegar a una colina donde no quedan casas ni árboles en pie, muestra heridas en sus brazos. Recuerda la frustrada operación de rescate ante el montón de piedras que tiene enfrente. El primer bombardeo mató a tres niñas y a dos adultos; el segundo les impidió acercarse.
“No podemos negar que hubiera [miembros de] Hezbolá en Kafra”, dice una mujer, que habla bajo condición de anonimato. Cuando regresó del exilio, se encontró cables de fibra óptica sobre el municipio; eran restos de los drones que la guerrilla lanza contra los israelíes en Líbano. Asegura que los milicianos se esperan a que la población huya antes de entrar en sus casas, y señala una villa destruida donde cree que descansaban. Los disparos de tanque sugieren la cercanía de las tropas israelíes y un intenso fuego cruzado.
“Agentes del enemigo”
Desde Kafra se oyen las detonaciones de viviendas en lo que Israel presenta como una zona de seguridad para alejar a Hezbolá. El lunes hubo explosiones a tres kilómetros. Pese a ello, el rescatista Abbady no teme que Israel ocupe su pueblo y acusa al presidente libanés, Joseph Aoun, y al primer ministro Nawaf Salam de ser casi agentes del “enemigo” por negociar el desarme del grupo islamista con el Estado judío.
Este martes, Israel y Líbano retomaron las conversaciones en Roma. El acuerdo anunciado en junio contempla la creación de “zonas piloto”: Israel se retiraría de esas áreas en algún momento indeterminado después de que se compruebe, bajo criterios no detallados, que las fuerzas libanesas las controlan en detrimento de Hezbolá.
Parte de los libaneses ajenos a la comunidad chií apoyan la iniciativa del Gobierno, el primero en ponerse como objetivo el desarme del grupo. Hezbolá, nacido en 1982, fue el proyecto de exportación más exitoso de la Revolución Islámica de Irán y hoy es un paraestado o autoridad de facto con amplios servicios sociales que amenaza con desencadenar una guerra civil si tocan su arsenal. Hezbolá defendió el sur cuando Beirut no lo hacía y se adueñó del concepto de la resistencia contra Israel, enmarcándolo en un eje regional y religioso. Eso le llevó a disparar contra el país enemigo en 2023 —cuando no había ocupación sobre Líbano— en solidaridad con Gaza, y a atacar de nuevo en marzo de este año bajo órdenes de Teherán.
La impopularidad de esas acciones —que persiguen intereses iraníes, según el Gobierno— sana después, cuando Hezbolá se queda solo luchando contra cada ocupación israelí mientras el infradotado y neutral ejército se repliega. Aunque rechazan establecer relaciones formales, la idea de negociar con Israel para frenar la violencia gana adeptos en Líbano. Pero no en el castigado sur.
“Hay una cosa que EE UU e Israel no entienden”, dice Youssef Ezzeddine, dirigente municipal en Kafra de 53 años, polo por dentro de los tejanos y mirada triste. Desconfía de las zonas piloto: “Piden eliminar la resistencia, pero son hijos de esta tierra, nuestros hermanos. ¿A dónde quieren que vayan?”. Y prosigue: “Lean sobre la masacre de Hula en 1948, cuando aquí no había resistencia ni milicianos palestinos. Es la mentalidad expansionista israelí, indispuesta a convivir con nadie”, advierte. “No queremos que los periodistas aumenten ni disminuyan nada. Israel destruyó las casas de la gente; transmítanlo como es”, señala el hombre.
“Convertimos el sur de Líbano en Gaza”
Los líderes israelíes, que aumentan la ocupación en Gaza, Cisjordania, Siria y Líbano, echan gasolina a la desconfianza. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas israelí, pide anexionarse el 10% de Líbano. Su homólogo de Defensa, Israel Katz, se felicitó la semana pasada “por convertir el sur libanés en Gaza”. Según la traducción del diario Middle East Eye, Katz aseguró haber arrasado el 90% de viviendas en “24 aldeas con siglos de existencia” que Hezbolá “explotaba militarmente”.
“Debe emitirse una orden de arresto contra este criminal de guerra confeso”, escribió en X Francesca Albanese, relatora de la ONU para los territorios palestinos. Otros relatores ven indicios de limpieza étnica en suelo libanés. Las treguas que Israel ha cerrado en Gaza y Líbano bajo mediación estadounidense impiden a la otra parte acudir a la justicia internacional, dado que pesa una orden de detención sobre Netanyahu por supuestos crímenes contra la humanidad y se investiga a su país por posible genocidio en Gaza.
Mohammed Namer Baydoun, de 52 años, es de la arrasada Bint Jbeil, donde Hezbolá tiene apoyo y Beirut pide iniciar las zonas piloto para desarbolar el discurso de la milicia. Lleva el chaleco de los paramédicos al grupo proiraní y atiende a EL PAÍS desde el cementerio provisional que gestiona frente al hospital de Tibnin, cerca del territorio ocupado.
Los retratos de combatientes caídos se suman a los de paramédicos; Israel ha matado a 135 desde marzo. “Quienes rescatamos a gente no luchamos ni disparamos”, protesta. Está lesionado y enfermo, y duerme alejado de su familia en una ambulancia manchada de sangre.
Por sus manos han pasado decenas de cuerpos de entre 12 y 80 años. Baydoun mira las tumbas y niega con la cabeza. Muestra una fotografía de Hussein, su hijo de 27 años muerto en combate contra Israel. “Defendía su tierra”, razona ese padre con pesar. Pero sonríe al explicar que otros dos hijos —uno en Suiza— le han hecho abuelo.
Asegura haber visto “muchas cosas”. “Israel no quiere seguridad, quiere expulsarnos como a los palestinos en 1948”, advierte. “Les mando un mensaje: será difícil que se queden con nuestra tierra”, concluye, mientras repara el espacio donde enterrará cuerpos durante los próximos días. O durante la próxima guerra.
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