Una vez terminada prácticamente la labor de recogida de la vendimia, y a pesar de las altas temperaturas que permanecen a estas alturas del mes de septiembre, el agricultor español se prepara estos días para el inminente inicio de la campaña de siembra del cereal de invierno, que acapara la mayoría de cosechas en el territorio durante esta época. Para ello, se adecúa el suelo mediante laboreo con el fin de dejar el terreno con una estructura sin sobresaltos excesivos y con la suficiente humedad para poder plantar la semilla. En los primeros pasos es fundamental el tractor, al que se une después la cosechadora para sembrar con pulcritud la dosis adecuada y hacer desaparecer las malas hierbas, plagas y enfermedades, además de ajustar el abono, según las necesidades del cultivo. De forma muy controlada, el grano aumentará de tamaño, con la introducción de nutrientes, hasta alcanzar la madurez adecuada para la recolección allá por el mes de julio.
Los agricultores del cereal de invierno, que empiezan ahora la siembra, se ven desbordados ante la subida «disparatada» del gasóleo agrícola, el 45,6% en los últimos siete meses
Una vez terminada prácticamente la labor de recogida de la vendimia, y a pesar de las altas temperaturas que permanecen a estas alturas del mes de septiembre, el agricultor español se prepara estos días para el inminente inicio de la campaña de siembra del cereal de invierno, que acapara la mayoría de cosechas en el territorio durante esta época. Para ello, se adecúa el suelo mediante laboreo con el fin de dejar el terreno con una estructura sin sobresaltos excesivos y con la suficiente humedad para poder plantar la semilla. En los primeros pasos es fundamental el tractor, al que se une después la cosechadora para sembrar con pulcritud la dosis adecuada y hacer desaparecer las malas hierbas, plagas y enfermedades, además de ajustar el abono, según las necesidades del cultivo. De forma muy controlada, el grano aumentará de tamaño, con la introducción de nutrientes, hasta alcanzar la madurez adecuada para la recolección allá por el mes de julio.
Esta labor casi milimétrica la lleva realizando durante décadas Lorenzo Ribera en una explotación de 160 hectáreas (40 de regadío) en Peleas de Abajo (Zamora), de unos 235 habitantes. A sus 66 años, comparte la titularidad de las tierras junto a sus dos hermanos en sistema de cooperativa y cuenta con la suficiente experiencia para haber padecido todo tipo de circunstancias en el campo. Sin embargo, y evitando caer en el prejuicio del catastrofismo generalmente asociado al sector agrario, el veterano productor no tiene dudas en el diagnóstico: «Nunca he conocido una situación como la actual».
El último dato oficial del precio del gasóleo agrícola -y es del 7 de septiembre- sitúa la subida del gasóleo agrícola en un 45,6% en los costes con respecto a hace siete meses, cuando comenzó la guerra de Irán. El máximo histórico ha llegado, y seguramente hoy sobrepasado, los 1,405 €/litro. No se trata de una situación puntual, matiza Lorenzo: «Llevamos cuatro campañas muy duras, desde el inicio de la Guerra de Ucrania». Es precisamente en las ayudas que estableció la UE para aliviar la situación de este país -uno de los líderes mundiales en la producción de cereales –más de 40,2 millones de toneladas al año-, donde este agricultor sitúa la clave del deterioro de los productores españoles: «Estoy a favor de la solidaridad con los agricultores ucranianos, pero la situación allí se ha enquistado, no se vea el final del conflicto y la medida de no aplicarles aranceles no está perjudicando a nosotros muchísimo». A todo ello se une que el 50% de toda la producción del cereal ucraniano se deriva a nuestro país («y no Francia o Alemania, con unos porcentajes mucho menores, porque quieren proteger sus cosechas, no como aquí», lamenta). El resultado: precios de venta por los suelos y la producción nacional almacenada en las naves o, como mucho, vendida por debajo del coste de producción.
España produce alrededor de 26,64 millones de cereal de invierno (trigo, cebada y avena en la campaña 2025), pero «las cuentas no salen», critica Lorenzo: «Lo lógico sería que desde allí sólo llegasen las toneladas sólo necesarias para abastecer las necesidades de nuestro país, que podría ser unos cinco millones de toneladas, pero se les deja enviar mucho más, y eso tira los precios por los suelos y nos termina hundiendo». En 2024, Ucrania fue el principal origen del grano importado a España, a través de los puertos del mar negro, con envíos por valor 2.120,97 millones de euros. En 2025, la cifra ascendió a 4.279,1 millones de euros.
Este agricultor zamorano además se queja de que esa permisividad no repercute de forma directa en el agricultor ucraniano sino en los grandes fondos de inversión extranjeros que se hicieron a un coste muy económico con tierras muy productivas en Ucrania, capaces de tener una producción de 9.000 kg por hectárea (España alrededor de la mitad). La queja se extiende a la falta de aplicación de las cláusulas de salvaguarda para equilibrar el mercado y poder proteger al producto nacional: «A mí me va a costar producir alrededor de unos 800 euros por hectárea y luego me van a pagar seguramente 600 euros por el cereal producido en esa extensión, así que es imposible mantenerse así», calcula. La previsión, con la subida estos meses del gasoil es mucho peor: «Llenar un tanque para mi tractor me costaba antes unos 2.000 euros, ahora se me ha disparado casi a 4.000, el doble«. La consecuencia es clara: «Es inviable, no se puede arar la tierra con estos precios, así no podemos aguantar, es imposible que levantemos cabeza», admite. Por ejemplo, Castilla y León tuvo un déficit d producción de 3.000 kg de cereal de invierno y 200.000 hectáreas menos. Los cálculos para esta nueva que ahora empieza son terribles: «Hay mucho desencanto entre nosotros, llevamos muchos años ya así», reconoce Lorenzo.
La misma situación padece Javier Fatás (60 años), cerealista aragonés con 270 hectáreas. «La subida disparatada del combustible y de los fertilizantes nos lleva a muchos a plantearnos el no plantar esta campaña o, en todo caso, a hacerlo en unas mínimas condiciones para cumplir con la reglamentación de las ayudas de la PAC y nada más, sin arriesgar, yendo a lo básico», señala de forma tajante. De tradición familiar, con una producción propia desde que tenía 20 años, Javier apunta a un gasto mensual de entre 10.000 y 12.000 euros en el depósito del tractor para la siembra de invierno.
«Aunque prorroguen las ayudas más allá del 30 de septiembre (como se ha comprometido el ministro de Agricultura Luis Planas esta semana con las organizaciones agrarias que amenazaron masivas protestas), no es suficiente porque se necesitan ayudas estructurales, que incluyan también la bonificación de los fertilizantes, entre otras cuestiones». Si esto no ocurre, «hay muchas zonas donde no se va a sembrar, eso es seguro, porque la situación para la mayoría de los agricultores es complicadísima y hay muy pocas alternativas al cultivo de secano». Javier recuerda que los agricultores «estamos acostumbrados a campañas buenas y malas, dependiendo de las temperaturas y otros factores, eso esos años donde no hay compensación en las ventas a los costes de producción y la situación es límite». Como para animar a que se produzca el relevo generacional…
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