<p>La mayor de su familia no mide <strong>más de 200 micras</strong> y lo habitual es que su tamaño se sitúe entre las dos y las 50 micras. No hay ojo humano, por muy afilado que sea, que sea capaz de ver una microalga, pero existen y son, cada vez más, una potente arma para que la agricultura pueda combatir los efectos del cambio climático, además de un negocio pujante que ya no es futuro, sino presente.</p>
Es la empresa más potente de su sector y está en Almería, de donde exporta a decenas de países sus soluciones biotecnológicas. En cuatro años, ha multiplicado por cinco sus cifras y en otros cinco quieren llegar a 100 millones de facturación
La mayor de su familia no mide más de 200 micras y lo habitual es que su tamaño se sitúe entre las dos y las 50 micras. No hay ojo humano, por muy afilado que sea, que sea capaz de ver una microalga, pero existen y son, cada vez más, una potente arma para que la agricultura pueda combatir los efectos del cambio climático, además de un negocio pujante que ya no es futuro, sino presente.
Sobre la base de estos microorganismos fotosintéticos unicelulares ha construido la almeriense Biorizon Biotech un negocio que en apenas 16 años se ha extendido desde el extremo oriental de Andalucía a todo el mundo. Su nacimiento en Almería no tuvo nada de casual, teniendo en cuenta que en esa provincia andaluza la agricultura, la de invernaderos (hay 30.000 hectáreas de cultivos bajo plástico), es el principal motor económico y la demanda estaba asegurada.
Lo cuenta David Iglesias, CEO de Biorizon Biotech, que ha pilotado tanto la fundación de la empresa, de la mano de investigadores y empresarios, como su crecimiento hasta llegar, hoy en día, a un grado de madurez que le permite decir que es la «empresa más potente de su sector», el de la producción de microalgas para usos agrícolas.
Los números que maneja y un mapa del mundo en el que predominan los países en los que vende Biorizon certifican el buen momento de la compañía. En el último año, 2025, la facturación llegó a los 14 millones de euros y la previsión es que el presente ejercicio llegue a los 22 millones, aunque lo más que impresiona es el ritmo de crecimiento. Hace solo seis años, en 2020, las ventas apenas suponían dos millones de euros. Es decir, en este tiempo el negocio se ha multiplicado por once, pero no ha alcanzado todavía el techo.
El plan de futuro diseñado por Iglesias y su equipo se ha marcado la ambiciosa meta de superar los cien millones de euros en un lustro. Tiene el apoyo de un fondo de capital riesgo que entró en el accionariado en 2021, aunque la mayoría del capital, un 55%, sigue en manos de los fundadores, Iglesias y Joaquín Pozo y Fernando Román. De momento, dice el máximo directivo, «podemos seguir creciendo solos».
Podría parecer un objetivo difícil, pero el mercado de los bioestimulantes, biopesticidas y otros productos agrícolas obtenidos a partir de microalgas crece tanto o más rápido que la empresa almeriense, que quiere marcar un hito en su historia en los próximos seis meses con la entrada en el mayor mercado al que se han lanzado nunca, el de Estados Unidos.
Mientras, prosigue su expansión por otros rincones del planeta, algunos tan lejanos y recónditos como Tailandia, Vietnam o Indonesia, donde los productos de Biorizon específicos para frutas exóticas como el durian están teniendo, dice Iglesias, un éxito más que notable.
Hasta en 70 países se comercializan ya las soluciones para una agricultura eficiente y sostenible que se producen en esta empresa de Almería, con filiales en México, Italia, Brasil y Ecuador, además de en Perú, Chile y Marruecos.
El crecimiento, explica el CEO, llegó «de manera lógica». De Almería a la vecina provincia de Granada, a Jaén y luego a Murcia. «Crecimos de forma concéntrica», apunta, y esa misma lógica llevó a que el primer mercado internacional en el que probaron suerte fuese Portugal. La gran expansión se produjo a partir de 2021, cuando la tecnología patentada por Biorizon alcanzó su plena madurez.
El camino, hasta llegar aquí, ha sido intenso. Únicamente han pasado 16 años desde que se constituyó la compañía gracias a una alianza entre empresa y ciencia que «forma parte del éxito», según Iglesias. Desde el primer momento, recalca, tenían un enfoque muy concreto, «la producción de microalgas como eje para producir muchas cosas» y con la investigación como un pilar fundamental.
Biorizon echó a andar tirando de tecnología importada de Israel y Holanda, pero ese sesgo investigador que es una de sus señas de identidad la llevó pronto a desarrollar sus propios procesos de producción, patentados hoy en muchos países y que, muy simplificado, consisten en «replicar los procesos naturales en moléculas para producir esas microalgas», que están llenas de compuestos de gran valor.
En 2012 ya fue reconocida como empresa de base tecnológica, en 2015 se asentó en el Parque Tecnológico de Almería y en 2016 formó parte de un proyecto internacional gracias al cual obtuvo un millar de cepas de microalgas distintas, suficientes para generar sus productos los próximos veinte años. Hace solo un año, el nombre de Biorizon Biotech se paseó por los pasillos de la COP25, la cumbre del clima de la ONU, como empresa invitada.
El secreto sin secretos del éxito de Biorizon está en cómo a partir de microalgas, bacterias y extractos biológicos obtienen, fabrican, bioestimulantes que pueden solucionar problemas de las plantas, que son capaces, por ejemplo, de mejorar su coloración o hacerlas más productivas.
Hasta ocho productos comercializa ahora mismo la biotecnológica almeriense, capaces, entre otras cosas, de compensar algunos de los efectos perjudiciales que está teniendo en el campo el cambio climático. Sus soluciones pueden reducir el estrés que el clima causa en las plantas, mejorar el engorde de los frutos, fijarlos o fortalecer sus raíces.
Producir soluciones específicas para el cereal es otra de las opciones de las microalgas en las que Biorizon está ya trabajando, una vía de crecimiento de enorme potencial.
Todo sale de lo que Iglesias llama, orgulloso, la «joya de la corona», los 45.000 metros cuadrados de instalaciones en los que Biorizon cultiva sus microalgas. Lo llaman Ágora Sabana, se acaba de ampliar y de sus piscinas se sacan, al año, cinco millones de litros de microalgas. «Ahí se replica el proceso de la naturaleza», explica.
Las otras instalaciones, la planta industrial y los laboratorios, ocupan actualmente 6.500 metros cuadrados que ya se han quedado pequeños y que se van multiplicar gracias a una inversión prevista de cinco millones de euros.
En Biorizon, dice su CEO, tienen claro que el futuro pasa por reducir el uso de fertilizantes fósiles aún más y por la generación de herramientas biológicas, como prebióticos y probióticos, y de biopesticidas y ahí, recalca, quieren estar en primera línea.
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