Entre las muchas interpretaciones que se han hecho de los acontecimientos de Ceuta, hay una que me ha llamado la atención. Es de Guillaume Duval y apareció publicado en Social Europe. Su tesis, muy a tener en cuenta, es que tanto el asalto a Ceuta como la caída del muro de Berlín provocaron una profunda ruptura geopolítica en Europa. Del segundo sabemos que hizo posible la reunificación pacífica del continente y una rápida expansión de la democracia; en el caso de Ceuta podríamos estar asistiendo al fenómeno inverso: el blindaje de la frontera podría estar empujando a Europa hacia la xenofobia y el autoritarismo.
Tan importante es garantizar la seguridad de las fronteras como evitar que ese propósito destruya nuestros principios y valores
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Tan importante es garantizar la seguridad de las fronteras como evitar que ese propósito destruya nuestros principios y valores
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Entre las muchas interpretaciones que se han hecho de los acontecimientos de Ceuta, hay una que me ha llamado la atención. Es de Guillaume Duval y apareció publicado en Social Europe. Su tesis, muy a tener en cuenta, es que tanto el asalto a Ceuta como la caída del muro de Berlín provocaron una profunda ruptura geopolítica en Europa. Del segundo sabemos que hizo posible la reunificación pacífica del continente y una rápida expansión de la democracia; en el caso de Ceuta podríamos estar asistiendo al fenómeno inverso: el blindaje de la frontera podría estar empujando a Europa hacia la xenofobia y el autoritarismo.
El resto del artículo mencionado se detiene sobre todo en analizar las causas de los acontecimientos ceutíes, pero creo que su tesis nuclear merece una reflexión pausada. Para empezar, por su poderosa carga simbólica. Un muro se derrumba; otro se refuerza. Si el de Berlín puso punto final al gran enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría, el otro nos muestra de forma inequívoca cuál es hoy la principal fuente del conflicto político. Y también cuáles son los valores que cotizan al alza en cada época. El derrumbe del socialismo de Estado se hizo en nombre de la libertad y la democracia; el valor que guía el fortalecimiento de las fronteras exteriores se justifica en el de la seguridad, cuando no en el de la búsqueda casi desesperada por preservar las identidades nacionales. El muro de Berlín fue levantado por los enemigos de la libertad; el hoy simbolizado por Ceuta lo erigimos quienes seguimos empeñados en presentarnos como sus defensores.
Dejémoslo claro de entrada: nadie tiene derecho a vulnerar las fronteras estatales, la ley está para cumplirse, del mismo modo que no hay libertad sin seguridad. Todos los valores son inconmensurables en cierta medida, pero entre estos dos no hay más remedio que encontrar un equilibrio razonable. Ceuta debe ser protegida por todos los medios. Ahora bien, a la vista de las histéricas reacciones que provocó la avalancha entre los políticos europeos, sobre lo que quiero llamar la atención es si no habremos comenzado ya a subordinar todos los valores que nos distinguían a la lógica de la securitización. Hemos entrado de lleno en el famoso dilema que Rafael del Águila presentaba a través de los tipos ideales del impecable y el implacable. Este último subordina toda acción política a los criterios de la razón de Estado, caiga quien caiga. La versión impecable, por su lado, haría suya la conocida máxima fiat iustitia, pereat mundus: lo único importante es la dimensión ética; una suerte de hiperbolización de la moralidad kantiana.
Que la visión de la defensa de las fronteras de Europa propugnada por los gobernantes populistas se desliza hacia la posición del implacable creo que ofrece pocas dudas, siendo incluso inmune a cuestiones de humanitarismo básico, como hemos podido apreciar en su ausencia de empatía hacia los menores atrapados en Ceuta. El problema es que esta actitud se está extendiendo también a otras fuerzas políticas y amenaza con monopolizar, junto con la cuestión de la defensa, casi toda la conversación pública europea. La magnitud del desafío nos obliga, sin embargo, a aprender a navegar entre el Escila del implacable y el Caribdis del impecable: a poner en práctica la ética de la responsabilidad weberiana, que quizá sea el punto de equilibrio entre ambos. Esto es, atender a las consecuencias de cada una de las decisiones que vayamos adoptando. Tan importante es garantizar la seguridad de las fronteras como evitar que este fin acaba devorando aquello que merece protegerse con igual intensidad, los principios y valores que son, estos sí, nuestra principal fuente de identidad común. Ceuta no debería hacernos renunciar a lo que nos trajo Berlín.
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