La decisión de aumentar los gastos de defensa, aunque sea sin presupuestos, como en España, ha disparado la cotización de las empresas privadas de armamento. En el caso español esta situación ha dado lugar a muchos artículos de prensa como consecuencia de las decisiones del gobierno sobre Indra; la denuncia de la empresa Santa Bárbara sobre la adjudicación de contratos públicos y el retraso en la entrega de los vehículos de combate sobre ruedas por parte del consorcio Tess, del que forma parte la empresa de los hermanos Escribano. Estamos hablando del programa estrella del Ejército de Tierra.
La decisión de aumentar los gastos de defensa, aunque sea sin presupuestos, como en España, ha disparado la cotización de las empresas privadas de armamento. En el caso español
La decisión de aumentar los gastos de defensa, aunque sea sin presupuestos, como en España, ha disparado la cotización de las empresas privadas de armamento. En el caso español esta situación ha dado lugar a muchos artículos de prensa como consecuencia de las decisiones del gobierno sobre Indra; la denuncia de la empresa Santa Bárbara sobre la adjudicación de contratos públicos y el retraso en la entrega de los vehículos de combate sobre ruedas por parte del consorcio Tess, del que forma parte la empresa de los hermanos Escribano. Estamos hablando del programa estrella del Ejército de Tierra.
Sin embargo, no he visto artículos sobre cómo de efectivo es este tipo de inversión ante la nueva realidad de los conflictos bélicos, tal como se ha puesto de manifiesto en Ucrania, donde la evolución actual lleva a repensar todas las decisiones de inversión en defensa; por no hablar de la nueva visión estratégica, tras los ataques americanos a Irán y la posterior crisis de Ormuz.
Intentar pasar muchos mensajes en un artículo de prensa es difícil, por lo que intentaré hablar de qué ha cambiado y cómo la consecuencia de esos cambios es que más políticas de introducir renovables y descarbonizar a toda velocidad van en contra de la seguridad nacional y favorecen a China.
¿Qué ha cambiado? Durante décadas, el debate sobre defensa tendió a concentrarse en grandes plataformas como carros de combate, cazas, fragatas o submarinos. Todas ellas siguen siendo necesarias y ninguna fuerza armada moderna puede prescindir de ellas. Sin embargo, el campo de batalla contemporáneo ha elevado el peso de sistemas más pequeños, numerosos y relativamente baratos, cuyo valor depende menos de su tamaño que de los componentes que integran.
El dron se ha convertido en el ejemplo más visible de esta transformación. En Ucrania, algunas estimaciones han llegado a atribuir a los drones alrededor del 80% de las bajas en determinados periodos, frente a una proporción mucho menor al inicio de la guerra.
Los drones han comprimido el espacio de maniobra, han hecho más peligrosa la rotación de tropas, han aumentado la vulnerabilidad de los vehículos blindados, – hasta el punto de que los rusos los pintan tipo cebra, con el fin de evitar su reconocimiento por la AI-. Su gran ventaja no radica únicamente en que sean baratos, sino en que combinan observación, precisión, disponibilidad y sacrificabilidad. Esta última capacidad es novedosa y estratégica, se necesita estar seguro de que se puede renovar el material sacrificado.
Ahora bien, el dron barato encierra una paradoja que resulta central: su bajo precio no equivale a simplicidad material. Un dron FPV o táctico puede parecer un artefacto elemental comparado con un misil de crucero, pero en su interior condensa muchas de las dependencias materiales que sostienen la guerra contemporánea. En el motor aparecen imanes permanentes, a menudo asociados a tierras raras; en la batería entran litio, grafito y, según la química utilizada, níquel, manganeso o cobalto
El dron no solo consume materias primas críticas en su fabricación; obliga a desplegar un ecosistema defensivo igualmente intensivo en electrónica, óptica, comunicaciones y componentes críticos.
Esta dinámica tiene una consecuencia industrial y geopolítica de primer orden. La superioridad militar ya no depende únicamente de producir el sistema más avanzado, sino de sostener un ciclo permanente de experimentación, pérdida, aprendizaje y reposición. Ucrania ha ofrecido un ejemplo extremo de esta adaptación acelerada. En pocos años ha multiplicado su producción autóctona de drones, ha creado un ecosistema de pequeños fabricantes, talleres, unidades militares y empresas tecnológicas y ha convertido la necesidad bélica en un laboratorio de innovación.
Intentemos aclarar mi segunda proposición: por qué la descarbonización en Europa no es buena política y solo incrementa la dependencia de la seguridad nacional de las decisiones del partido comunista chino.
Los grandes revisores de la estrategia militar ya están procesando los conflictos y proponiendo nuevas estrategias, aunque los cambios son rapidísimos, hay una constante estructural: los materiales críticos cada vez son más importantes.
Esta distribución de la complejidad afecta de forma directa a Europa. El continente puede reforzar las cadenas de producción de sus sistemas tradicionales, pero si no controla mejor los componentes que permiten escalar drones, municiones de precisión, sensores, guerra electrónica y defensa anti dron, una parte de su rearme seguirá dependiendo de proveedores externos – China – situados lejos del contratista visible.
Mi punto es que hay que repensar en qué invertir, y cuáles son los chocking points o elementos que se constituyen en cuellos de botella; por cierto, algo cuyo mejor ejemplo es el actual cuello de botella de Ormuz. Claramente los chocking points de la nueva defensa son las tierras raras y los minerales críticos.
En este punto conviene introducir la paradoja del gasto en defensa. Desde el inicio de la guerra de Ucrania, Europa ha emprendido un esfuerzo de rearme significativo, pero lo decisivo no es solo cuánto aumenta el gasto militar sino en qué.
Un análisis experto estima que más del 78% de los sistemas de armas del Departamento de Defensa de Estados Unidos contienen antimonio, galio, germanio, tungsteno o telurio. Aunque el dato procede de la base industrial estadounidense, ilustra bien la naturaleza del problema. Materiales que pesan poco en el coste o en el volumen agregado pueden aparecer de forma recurrente en sistemas muy distintos y convertirse en un punto común de vulnerabilidad.
El problema es que los materiales críticos, -más decisivos en la nueva defensa por la creciente importancia de reponer los sacrificados-, son intensivos en energía, generan mucho CO2 y su producción es altamente contaminante. Recordemos: Europa tiene la energía más cara, el precio del CO2 más caro y las regulaciones ambientales más exigentes. Como diría el protagonista de la película Casablanca, «siempre nos quedará China», o dijo ¿siempre nos quedará París?
Pedro Antonio Merino García es técnico comercial y economista del Estado
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